Enfoque simbólico del Corán (3/3): la Tabla guardada y los signos del mundo
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Síntesis viva que supera la dualidad del mundo y de la conciencia, el símbolo permite poner el universo al unísono. El Corán, donde Dios declara: «Les mostraremos Nuestros signos en el universo y en ellos mismos hasta que vean claramente que esto es la Verdad» (XLI, 53), presenta a menudo la naturaleza como un libro: la contrapartida macrocósmica del propio Corán, que ha de ser igualmente leído y comprendido, y después superado1.
Un maestro sufí, ’Azîz al-Nasafî (m. 1300), compara la naturaleza con el Corán: cada género corresponde a una azora, cada especie a un versículo, cada ser particular a una letra. «Cada día, escribe, el destino y el paso del tiempo colocan ante vosotros este Libro, azora por azora, versículo por versículo, letra por letra, para que podáis estudiar el contenido de esas líneas y de esas letras […] Pero quien trasciende el mundo del mandato obtiene el conocimiento del Libro entero en un instante; y quien posee un conocimiento completo del Libro entero y libera de él su corazón, cierra el Libro y lo aparta […] Este es el sentido de las palabras: «Ese día enrollaremos los cielos como se enrollan los rollos de escritura» (Corán XXI, 104)»2.
La Tabla guardada
Los pensadores y místicos del islam no llevaron siempre tan lejos la búsqueda de las «correspondencias», pero fueron constantemente proclives a esa visión del mundo en la que todo significa, todo está enlazado, todo procede por series y por analogías; en una palabra, a la presencia de lo espiritual en el universo material, que no es en definitiva sino el espejo de los arquetipos. El Corán, modelo arquetípico del cosmos, ¿no está compuesto de versículos que son a su vez signos (âyât) que permiten pasar del signo a la cosa significada, es decir, retornar (ta’wîl) al origen de los signos, puesto que la naturaleza y el Corán tienen el mismo Autor?
En los místicos musulmanes, la lectura simbólica del Corán se ejerce en dos niveles principales: se aplica unas veces a una expresión, otras a un relato que pone o no en escena personajes o hechos históricos, los cuales asumen entonces un alcance transhistórico. Algunos ejemplos.
Es conocida la importancia del simbolismo de la pluma (qalam) y de la Tabla guardada (al-lawh al-mahfûz), sobre la que fue «escrito» el Corán eterno. Para Ghazâlî, el hombre es un microcosmos que, por su naturaleza original (fitra), es «capaz» de Dios:
El corazón se parece a un espejo en el que se reflejan las formas y las realidades. Todo lo que Dios ha fijado por Su decreto desde el comienzo de la creación del mundo hasta su fin está consignado en un objeto creado por Dios, designado en el Corán unas veces como «la Tabla», otras como «el Libro manifiesto» […] Hay que entender de una vez que la Tabla no se parece a los libros de aquí abajo, del mismo modo que Su esencia y Sus atributos no se parecen a la esencia y a los atributos de las criaturas. Si buscas una comparación, recuerda que la presencia de los decretos en la Tabla se parece a la presencia de las palabras y las letras del Corán en el cerebro y la memoria de quien se sabe ese libro de memoria. El Corán está allí representado, de modo que cuando ese hombre lo recita lo tiene como ante los ojos. Sin embargo, si se examinara su cerebro átomo por átomo no se hallaría en él ninguna letra. Así hay que imaginarse la Tabla donde todos los decretos de Dios quedan consignados sin escritura ni letra visible.
La Tabla, por su parte, se parece igualmente a un espejo en el que aparecen las formas. Cuando un segundo espejo se halla frente a ella, su forma se refleja en aquel, a condición de que no haya velo entre los dos. Cuando el corazón es libre y puro, el velo que hay entre él y la Tabla bien guardada se levanta, de modo que algo de lo que ella contiene cae en el corazón como una imagen pasa de un espejo a otro3.
Mística y ortodoxia
Si el mundo visible es un medio de alcanzar lo invisible (el mundo de la malakût), no hay nada en el primero que no sea símbolo de las realidades del segundo. A propósito del «valle sagrado» (al-wâdî al-muqaddas) del que habla el Corán (XX, 12)4, Ghazâlî escribe:
Si la primera estación de los profetas es aquella en que abandonan el desorden de los sentidos y de la imaginación para elevarse al mundo sagrado, la imagen de esa estación es el «valle sagrado». No se puede entrar en ese valle sin abandonar las dos existencias (este mundo y el otro) y sin dirigirse hacia el Uno, la Realidad. Este mundo y el otro están frente a frente y ambos se presentan a la sustancia luminosa del hombre, de modo que le es posible ora abandonarlos, ora acercarse a ellos. La imagen del abandono de los dos mundos corresponde a la acción de tomar el ihrâm5, y la de «quitarse las sandalias» a la acción de dirigirse hacia la santa Kaaba.
El propio Ghazâlî comenta ese pasaje señalando la necesidad de no oponer zâhir y bâtin, temporalidad y espiritualidad:
Sería erróneo deducir de los ejemplos de este simbolismo que declaro lícita la negación del sentido exterior del Corán, o que lo niego al afirmar por ejemplo que Moisés no tenía sandalias ni oyó el mandamiento de quitárselas. ¡Que Dios me proteja! […] Solo posee el método perfecto quien combina las dos maneras, es decir, quien se abstiene de negar tanto el sentido exterior como el interior. […] Moisés obedeció exteriormente al quitarse las sandalias, e interiormente al rechazar los dos mundos (este de aquí y el Paraíso). Tal es el buen método de comprensión del simbolismo: tomar la indicación exterior como símbolo de la disposición interior6.
El pasaje ilustra el afán constante de Ghazâlî por unir mística y ortodoxia sin oponerlas jamás. En un comentario del «versículo de la Luz»7 (Corán XXIV, 35), donde describe la estructura de la psique, Ghazâlî considera que la hornacina de luz simboliza el sentido común, que centraliza las percepciones sensoriales. El vidrio figura la imaginación, que debe hacerse transparente a la luz: su papel es dejar pasar la luz que brilla en la lámpara y, a la vez, protegerla gobernando el conocimiento intelectual. La lámpara, que irradia la luz, simboliza la inteligencia, capaz de reconocer los atributos de Dios. El árbol representa la función de meditación y reflexión, capaz de ramificarse en diversas ramas. Es un olivo, cuyo aceite simboliza el Intelecto activo, presente en todo hombre y capaz de alumbrar sin ayuda exterior, «sin que el fuego lo toque».
Los símbolos coránicos
Símbolos de la interioridad, como el del corazón, o símbolos cósmicos: el agua, de tan gran importancia en el Corán (símbolo de la vida y de la gracia divina); el jardín, cuya imagen influyó tanto en la arquitectura y la poesía y que, según los comentarios esotéricos, compone el Paraíso bajo un cuádruple aspecto (jardín del alma, jardín del corazón, jardín del espíritu y jardín de la Esencia); el árbol, que el propio Corán propone como símbolo de la buena palabra que da frutos8.
Otra categoría de símbolos la forman los personajes que participan en historias. Esos relatos anecdóticos pueden parecer extraños e incluso chocar al hombre común. Rûmî se opone a esa actitud: «Se cuenta, dice, que Juan Bautista, en el seno de su madre, se prosternó ante Jesús. El necio objeta que toda esa historia es imposible. Pero quien conoce el sentido oculto la entiende, no como quien ha oído fábulas y queda prendido a su sentido literal.» Igualmente, la historia de Moisés y el Faraón no es a los ojos del hombre de experiencia una simple historia: es la descripción de un estado espiritual.
La mención de Moisés se ha vuelto un obstáculo en los pensamientos de mis lecturas, que suponen que son historias acaecidas antaño.
La mención de Moisés sirve de máscara; la Luz de Moisés es lo que de verdad te concierne, ¡oh hombre de bien!
Moisés y el Faraón están en tu propio ser: en ti mismo es donde debes buscar a esos dos adversarios9.
Para concluir, Shabestarî, evocando la simbólica del mar, sintetiza la odisea humana en un destello fulminante:
¿Qué es ese mar del que la palabra es la ribera?
¿Qué es esa perla que se encuentra en sus profundidades?
El Ser es el océano, la palabra es la orilla,
las conchas son las letras, las perlas, el conocimiento del corazón.
No se encuentra la almendra sin romper la cáscara,
y sin embargo la almendra no madura sin ella.
Del conocimiento exotérico nace el dulce conocimiento de la fe.
Oh alma de mi hermano, escucha mi consejo:
ve a purificar las tablillas de tu corazón, para que un ángel venga a morar contigo.
Adquiere de él ese conocimiento que es tu herencia,
empieza a labrar tu campo para la cosecha del más allá.
Lee los libros de Dios: el de tu alma y el de los cielos10.
Por Eva de Vitray-Meyerovitch. Extracto de Universalidad del islam*, Albin Michel, 2014.*

Para saber más
- Enfoque simbólico del Corán (2/3): disposición interior
- La estructura del Corán
- El simbolismo de las letras árabes
Footnotes
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A cotejar con esta cita de Ghazâlî: «El mundo visible fue creado para corresponder al mundo invisible, y no hay nada en este mundo que no sea símbolo de algo en ese otro mundo», en La Revivificación de las ciencias de la religión, Entreprise nationale du livre, Argel, 1985. ↩
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Nasafî, Kashf al-haqâ’iq (La revelación de las verdades), ed. Mahdawi Damghani, 1965. ↩
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Ghazâlî, La Revivificación de las ciencias de la religión, t. IV, 457, trad. A. Massouli, Entreprise nationale du livre, Argel, 1985. ↩
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Y cuando se acercó, una voz lo interpeló: «¡Oh Moisés! Yo soy tu Señor. Quítate las sandalias, porque estás en el valle sagrado de Tuwâ» (Corán XX, 11-12). ↩
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Ihrâm: vestidura tradicional del peregrino de La Meca y Medina. ↩
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Ghazâlî, El Tabernáculo de las luces, trad. Roger Deladrière, Points Sagesses, Le Seuil, 2000. ↩
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Dios es la Luz de los cielos y de la tierra, y el símbolo de Su luz es un hogar donde se encuentra una lámpara encajada a su vez en un recipiente de cristal con el brillo de un astro luminoso, que saca su luz de un árbol bendito: un olivo que no es ni de Oriente ni de Occidente y cuyo aceite despide su claridad casi por sí mismo, sin haber sido tocado por ninguna chispa, dando así luz sobre luz. Dios guía hacia Su luz a quien quiere y propone parábolas a los hombres, porque Su ciencia no tiene límites (Corán XXIV, 35). ↩
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¿No has visto cómo Dios propone en parábola una muy buena palabra? Es comparable a un árbol excelente de raíz sólida, copa elevada en el cielo y frutos abundantes en toda estación (Corán XIV, 24-25). ↩
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Rûmî, Odas místicas, n.º 863, trad. E. de Vitray-Meyerovitch y Mohammad Mokri, Seuil, 2003. ↩
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Citado en Eva de Vitray-Meyerovitch, Anthologie du soufisme, p. 135-137, ed. Sindbad, 1978, reed. Albin Michel, 1995. ↩




