El sufismo y el tercer milenio, por Larbi Rahim

Comunicación del Dr. Larbi Rahim en el seminario «El sufismo y el tercer milenio» organizado en Casablanca por la Tariqa Qadiriya Boutchichiya; texto publicado en Le Matin du Sahara et du Maghreb y reproducido de la revista de prensa de tariqa.fr.
En el seminario organizado por la Tariqa Qadiriya Boutchichiya en Casablanca sobre «El sufismo y el tercer milenio», el doctor Larbi Rahim trató el tema «El sufismo y la modernidad».
«Nos encontramos en la víspera de un nuevo siglo, dijo, pero también en la víspera de un nuevo milenio que abordamos con cierta aprehensión, aunque también con esperanza.
El siglo que acaba de transcurrir nos ha legado un inmenso patrimonio científico y tecnológico y un volumen de conocimientos considerable, pero también un auténtico arsenal de destrucción y de perdición de proporciones apenas imaginables.
Nuestra era nos recuerda curiosamente esa sentencia coránica:
«¡Por estos tiempos! El hombre se halla en perdición, salvo los que tienen la fe, los que han hecho obras útiles y se encomiendan mutuamente la verdad y se encomiendan la perseverancia.»
¿Cuáles son, pues, esa fe, esas obras útiles, esa verdad y esa perseverancia a las que aluden esos versículos, capaces de salvar a la humanidad?
El desarrollo técnico extremo al que ha llegado el mundo civilizado solo puede sobrevivir si se integra en un macrocosmos de espiritualidad. Si el sufismo ha sido siempre la expresión mayor de la espiritualidad en el mundo musulmán, cabe plantearse hoy las siguientes preguntas:
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¿Cuál puede ser la aportación del sufismo al mundo moderno? ¿Puede ayudar al hombre del siglo XXI a vivir su modernidad con armonía?
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¿Hay una modernidad en el sufismo? ¿Una renovación capaz de adaptar el sufismo a las estructuras actuales de nuestra sociedad?
Para poder responder a la primera pregunta, intentemos esbozar el perfil del hombre del tercer milenio y escuchar sus verdaderas aspiraciones.
La gigantesca oleada tecnológica actual ha inundado el mundo entero y ha desbordado hasta los rincones más recónditos del planeta.
Esa mundialización, o más bien esa universalización, nos empuja irremediablemente hacia una homogeneización progresiva, a veces incluso brutal, de nuestra vida cotidiana y de nuestro marco de existencia.
Asistimos a una estandarización de nuestras viviendas, de nuestras calles y de nuestras ciudades; a una estandarización de nuestro vestido y de nuestra alimentación.
El género humano se reduce a un solo modelo, de morfotipo casi idéntico, cualesquiera que sean sus orígenes y su marco de vida.
Derivamos fatalmente hacia la desnaturalización, hacia el borramiento de las grandes civilizaciones y la elaboración de una sociedad uniforme, sin carácter alguno.
Esa monotonía ambiental se insinúa insidiosamente hasta la interioridad del ser humano. Este se ve amputado de un derecho fundamental: el derecho a los puntos de referencia. Necesita tener una identidad, volver a ver un rostro íntimo, reencontrar su verdadero rostro.
Busca un espejo de verdad que no encuentra en ninguna parte a su alrededor.
Porque en realidad ese espejo de verdad se encuentra en lo más profundo del hombre, límpido y luminoso, pero oculto por innumerables velos: el velo de nuestras necesidades sobremultiplicadas, el velo de nuestros deseos sobrexcitados, el velo de toda suerte de informaciones que hostigan cada día nuestro cerebro.
Y sin embargo, nuestra aspiración más ardiente es esa paz interior, esa serenidad que permita al océano de nuestro ser calmarse y que podamos ver claro en él, para percibir un principio de verdad hacia el que tienden nuestro espíritu y nuestra alma.
Pero somos demasiado orgullosos. Para los hombres modernos que somos, los estados de ánimo se consideran debilidades en un mundo donde hay que parecer siempre fuerte e insensible.
Vestimos nuestra personalidad con una verdadera coraza que nos aísla, pero que también nos pesa.
Y bastaría tan poco para que pudiéramos florecernos; bastaría con que admitiéramos sinceramente nuestra debilidad como seres humanos, con que escucháramos en nosotros esa voz tenue que nos llama, para que nos reencontráramos como por encanto a la entrada del camino: la vía de la salvación. La vía de la verdad, la vía espiritual.
¿Pero cómo estar seguros de que el sufismo es precisamente la vía de la salvación?
En primer lugar, hay que mirar lo que ha podido representar a lo largo de la historia del islam y, en segundo lugar, observar cómo se vive en el mundo contemporáneo. En el plano histórico, ¿cuáles han sido las obras más editadas, las más consultadas, las que siguen vigentes, sino los escritos legados por los grandes maestros sufíes?
¿Quiénes son los hombres que codificaron los distintos modos de lectura del Corán, que establecieron los madhhabs en el islam, que recopilaron los hadices del Profeta, sino los imames y los shuyuj sufíes?
Y hoy hay que buscar quién ha podido continuar en esa vía de la autenticidad, quién trabaja toda su vida para enseñarnos a no conservar de nosotros mismos más que lo mejor, y quién está él mismo amasado de las cualidades más nobles, para comprender lo que es realmente un maestro sufí.
A veces basta con encontrarlo, o con cruzarse con su mirada…
Cuando se preguntó al Profeta quiénes son los awliyâ’, respondió:
Son aquellos que nos hacen evocar a Allah en cuanto los vemos…
Se puede también juzgar a un shaij por su acción, escuchando el testimonio de todos los que lo rodean, y evaluar así realmente todo su poder espiritual.
Pero la mejor manera de comprobar y de estar enteramente convencido es intentarlo: hay que hacer la experiencia.
En nuestra sociedad actual, orientada hacia el consumo, el hombre moderno ha adoptado un principio vuelto sagrado: no creer más que en dos cosas, lo que ha experimentado y lo que ha gustado y consumido.
Pues bien, el sufismo es precisamente una práctica, una experiencia vivida a escala individual, en la mayor intimidad de nuestro ser… Pero también una experiencia que procura un sabor. Es ese sabor el que nos inclina a comprometernos y a ir más lejos en la vía.
Ese caminar iluminado, si uno se invierte en él con sinceridad, puede abrirnos horizontes de una riqueza extraordinaria, tanto en el dominio del conocimiento como en el del bienestar, en todos los compartimentos de nuestra individualidad.
Y se toma cada vez más conciencia de que ese caminar se está cumpliendo hacia el principio divino.
¡Una delectación suprema! El destino último al que aspira todo adepto del sufismo a través de su aniquilamiento, en el summum de sus invocaciones.
«Los ángeles descienden hacia quienes dicen: Allah es nuestro Señor, y hacia quienes alcanzan la rectitud. No temáis ni os entristezcáis. Y alegraos del paraíso que os ha sido prometido. Nosotros somos vuestros aliados en la vida de aquí abajo y en el más allá.»
Esa transformación milagrosa de la naturaleza humana que el sufismo induce puede operarse incluso si, de partida, el discípulo tenía una dimensión religiosa reducida o aparentemente inexistente. Basta con que la sed de nuestra alma esté suficientemente expresada y que nuestra escucha esté suficientemente atenta.
Hace falta todavía que el fluido sea suficientemente energizante y abundante para poder volver a impregnar esos corazones resecados por la materialidad extrema de los tiempos modernos.
«Luego, después de ello, vuestros corazones se endurecieron; se volvieron como la piedra, o más duros todavía. Pues hay piedras de las que brotan ríos, piedras que se henden y dejan salir el agua. Y las hay que se inclinan por temor de Allah. Y Dios no ignora lo que hacéis.»
Así es como hoy, gracias al sufismo, hombres han podido gustar los frutos de la espiritualidad y luego los de una fe naciente, una fe que, sabiamente regada por el dikr, se refuerza y cultiva en nosotros virtudes insospechadas.
El discípulo se desprende progresivamente, como por repulsión, de lo que está proscrito y se conforma con atracción y delectación a todo lo que está prescrito.
El discípulo va a evolucionar entonces como una crisálida que, en su capullo, se transforma en mariposa y pronto podrá eclosionar y volar hacia la luz. Para el discípulo será la luz del islam.
«¿Acaso el que estaba inerte y al que hemos dado vida, al que hemos conferido una luz para evolucionar entre los hombres, es semejante al que está en tinieblas de las que no puede salir?»
Esa evolución espontánea de un espíritu antes hermético hacia la piedad y la adoración, por mediación del sufismo, es la mejor prueba de su autenticidad y del papel que puede desempeñar en los tiempos modernos.
Pero quizá se pueda replicar que en el mundo actual no solo hay descarriados, que no todo el mundo vive fuera de cualquier contexto religioso. Franjas enteras de las poblaciones modernas viven simultáneamente en la modernidad tecnológica y en la intimidad de una vida religiosa cuyas normas observan escrupulosamente.
¿Se puede afirmar entonces que apenas necesitan el sufismo, puesto que cumplen concienzudamente todos sus deberes religiosos?
Pues el cumplimiento de los preceptos no constituye más que la base del sistema de adoración, el mínimo requerido para pretender pertenecer a la umma islámica. ¿No se dice en el Corán: «La oración aparta de la torpeza y de lo reprobable, pero la invocación de Dios es más grande»?
Y como se estipula en el famoso hadiz profético de Yibril, la adoración se escalona en tres niveles: maqâm al-islâm, maqâm al-îmân y maqâm al-ihsân. Es decir:
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Un primer nivel correspondiente a la conformidad con los dogmas del islam.
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Un segundo nivel, el de la fe autentificada, esa convicción íntima y profunda cuya intensidad sentimos variar según los días y las circunstancias; es esa llama la que hay que alimentar y reforzar siempre.
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Un tercer nivel, el de la realización del hombre, el de la perfectibilidad creciente de su ser y de la excelencia de sus obras.
La práctica del sufismo, al avivar la llama de la fe por el dikr, permite a los creyentes profundizar el cumplimiento de sus rituales y conferirles una dimensión de interioridad. El sufismo reúne el fondo y la forma.
La práctica religiosa deja entonces de reducirse a un simple deber y se convierte en una sucesión de beneficios vividos, una plenitud.
El creyente se encuentra, en sus rituales, en la serenidad de un aura particular que lo irradia y le calienta el corazón. Percibe cada vez más íntimamente la grandeza y la gloria de su Señor, cuya proximidad siente.
Al favor de esos instantes paroxísticos, cuando la fe se vuelve chispeante, los tres niveles espirituales (al-islâm, al-îmân y al-ihsân) se conjugan e interpenetran para tender y fundirse hacia un solo fin: un ideal de unicidad. La unicidad con el Creador y con su creación. Como la sombra reencuentra su luz. O quizá como una luz a través de la Luz.
Es ese islam de fluido poderoso y embriagador el que el Profeta difundió a su alrededor, llevándose rápidamente la adhesión de las poblaciones hermanas y rebeldes de su época.
Es ese mismo fluido, ese mismo madad, el que se vehicula de generación en generación a través de los compañeros del Profeta y luego a través de los awliyâ’ hasta nuestros días, confiriendo al islam toda su vitalidad.
Es ese islam el que, en los siglos y milenios futuros, permitirá al hombre permanecer en armonía consigo mismo y con su universo.
El hombre moderno formado en ese islam dinámico e iluminado, como el que inicia el sufismo, puede permanecer plenamente activo en el mundo creado y, al mismo tiempo, seguir reabasteciéndose sin cesar y orientándose hacia su Creador.
Podemos ahora responder a la segunda pregunta que nos planteábamos al principio: ¿comporta el sufismo un parámetro de modernidad? ¿Evoluciona con el tiempo o sigue siendo una disciplina ancestral inmutable que impone un modo de vida de reglas estrictas y constantes?
Pero antes, ¿qué imagen puede tenerse hoy del sufismo a través de todos los medios de información que nos rodean? ¿Cómo lo concibe el espíritu del hombre moderno?
Unos consideran el sufismo como una filosofía o una forma de cultura que marcó los primeros siglos del islam. Otros lo consideran como epopeyas legendarias de las que testimonian esas bellas y antiguas poesías líricas o esos tipos de danzas vueltas algo folclóricas. En cualquier caso, lo más frecuente es estar casi seguro de que se trata de una corriente que ya no existe o que no debería existir más, pero cuyos nombres célebres se respetan, como Yunayd, Yalal al-Din Rumi o Ibn Arabi.
A veces se imagina a los sufíes como marginados que abandonan bienes y familias para ir a vivir una ascesis en la soledad de una montaña o errar por los desiertos. Sin embargo, el tasawwuf sigue ahí, bien vivo, y confiere al islam toda su dimensión espiritual.
Evoluciona y se moderniza constantemente, y aporta remedios específicos a cada época.
«El sufí es hijo de su tiempo.» Es decir: el sufí vive en la contemporaneidad.
El tasawwuf es el único elemento susceptible de aportar a la religión parámetros de variabilidad capaces de adaptarla a todas las épocas.
Ciertamente, el sufismo tuvo su tiempo de retiros espirituales obligatorios.
El-Ghazzali, por docto y dignatario que fuera, pasó más de diez años en retiro espiritual.
Era el tiempo en que los sufíes se sustraían enteramente de su medio para vivir en las condiciones más elementales, a veces incluso en la indigencia más completa. Fue el caso de Rabi’a al-’Adawiyya, que todos conocemos, que había reducido su vida a su más simple expresión para poder consagrarse enteramente a la devoción.
Además, las antiguas vías sufíes basaban su enseñanza en reglas de gran rigor e imponían a veces a los discípulos pruebas muy duras para poner a prueba su perseverancia y su humildad.
Así, los grandes nombres del sufismo fueron obligados por su maestro, al inicio de su iniciación, a pedir limosna a la entrada de los mercados a título de prueba.
Pero hoy, en este mundo de velocidad y precipitación, el hombre, en su extravío, es tan impaciente, tan exigente… Entonces Dios, en su infinita misericordia, ha facilitado al extremo las condiciones de esa enseñanza espiritual.
Ya no hace falta buscar desesperadamente un guía ni correr tras la vía: es la vía la que llega hasta nuestras puertas. ¡Con tal de que podamos reconocerla!
Es la Tariqa Qadiriya Boutchichiya la que ha inaugurado esa era de simplicidad del sufismo: primero con el shaij Hayy Abbâs y luego con Sidi Hamza, nuestro guía actual.
Hemos pasado de un tasawwuf basado en el rigor a un tasawwuf basado en la dulzura y la sutileza.
No se trata en modo alguno de un sufismo aproximativo o de segunda categoría, sino sencillamente de un cambio de metodología inspirado por el Todopoderoso a sus awliyâ’ para inaugurar un tasawwuf más grande aún, por operar en condiciones humanas excepcionalmente tenebrosas.
Hoy el murid puede llevar una vida familiar normal, una actividad profesional normal, disfrutar normalmente de su vida y de sus bienes, permaneciendo evidentemente dentro de los límites de la legalidad establecida por la sharia.
En cambio, es el principio de la relatividad el que desempeña un papel esencial en este nuevo tipo de enseñanza sufí: un reajuste de nuestra escala general de valores.
Las relaciones, los bienes materiales, las carreras profesionales pierden su significación primordial, su parte hipertrofiada entre nuestras prioridades. Ya no se sacralizan. Se les da un lugar muy relativo respecto a lo que ahora nos preocupa más que todo: nuestra alma.
Se puede, en efecto, ser rico y a la vez muy sencillo, lleno de humildad, faqîr en el corazón; como se puede estar materialmente limitado y ser dominador, galvanizado enteramente por el dinero.
Se puede vivir en un desierto y tener la mente completamente dispersa, ser presa de los sueños y de los fantasmas más maquiavélicos; como se puede vivir en la multitud y el anonimato de la muchedumbre permaneciendo en el desprendimiento y la serenidad del espíritu.
Y el mayor mérito (si puede atribuirse mérito alguno a un sufí) es precisamente poder afrontar lo cotidiano y todas sus vicisitudes materiales permaneciendo en un sistema individual santo y puro, bien al abrigo en esa burbuja invisible que es la espiritualidad. Hayy Abbâs decía: «¡El retiro espiritual del murid está en su corazón!»
Por otro lado, en los siglos anteriores el acceso a la vía sufí era extremadamente selectivo; durante años, los discípulos recorrían penosamente el mundo con la esperanza de encontrar un maestro espiritual, a veces en vano. Shadhilî había llegado hasta Egipto antes de que un espíritu iluminado le indicara que el shaij que buscaba lo había dejado en su país de origen, Marruecos. Se trataba de Mulay Abdeslam Ben Mashish, de quien por lo demás había sido el único discípulo.
Además, la enseñanza sufí era extremadamente preciosa; solo podía dispensarse a creyentes consumados con una formación muy sólida en ciencias islámicas. Debían además ser de muy alta moralidad, doblada de una humildad extrema. Porque en aquella época el shaij también estaba constantemente en busca de un murid digno de ese nombre, al que pudiera transmitir su enseñanza y, quizá, su sucesión.
Y cuando el discípulo por fin lograba encontrar un guía, ya no podía dejarlo. Su primer deber era cuidar constantemente de la persona del shaij hasta el menor detalle de su vida cotidiana. Hoy lo que caracteriza también nuestra vía es su profusión: los discípulos se cuentan por millares, repartidos por todos los continentes. Algunos no conocían nada del sufismo y ni siquiera sospechaban su existencia.
Se encontraron en la vía por el más feliz de los azares: sencillamente porque estaban en una búsqueda sincera de la verdad. Dios los orientó entonces hacia la vía más adaptada para poder descubrirla. Además, hoy la relación entre el shaij y el murid ya no comporta rigor alguno, ningún protocolo particular; a veces se tiene incluso la impresión de que mima a sus discípulos y los consiente. Él sabe que sus pruebas son precisamente las que soportan en su vida cotidiana, con todas sus obligaciones y tentaciones. Y el guía tiene el arte de crear situaciones casi virtuales que, en realidad, constituyen pruebas cuasi imperceptibles, pruebas que se desarrollan en la sutileza y que, sin embargo, tienen un impacto incisivo sobre el ego y sobre la evolución del murid.
La enseñanza misma es simple: no pide ninguna condición previa y se apoya en técnicas de invocación fácilmente aplicables que constituyen una verdadera terapéutica para el alma.
Se puede concluir, pues, que la enseñanza sufí ha evolucionado hacia la simplicidad y la modernidad, que está perfectamente adaptada a nuestra época, pues es abierta y tolerante. Es una enseñanza práctica, de experimentación individual, que da nacimiento a un sabor sutil y estimulante, una verdadera cura de bienestar que nos libera de todo apego ficticio y nos trasciende. Esa transformación benéfica, que se opera en el individuo como elemento, puede irradiar por contigüidad y ganar su entorno, luego los distintos tejidos de la sociedad.
«Dios no modifica a un pueblo si sus elementos no cambian en su interioridad.»
Pero el fin último está en otra parte: es la orientación hacia el principio divino y la búsqueda de la proximidad de Allah, subhânahu.
Dr. Larbi Rahim
Le Matin du Sahara et du Maghreb, viernes 31 de diciembre de 1999, nº 10.571




