El simbolismo de las letras árabes: el nombre de Allah como creación

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Nadjm oud Dîne Bammate procedía de una larga estirpe de sufíes de Asia Central. Doctor en derecho romano, se dedicó muy joven a los estudios islámicos en Lausana y Cambridge, en al-Azhar de El Cairo y luego en la École des hautes études de París, con Louis Massignon. Delegado de Afganistán ante la ONU en 1948, emprendió después una carrera de treinta años en la UNESCO: coordinador del proyecto Oriente-Occidente, director de la división de filosofía y ciencias humanas, luego del departamento cultural y, por último, consejero especial del director general para la cultura y la comunicación. Pedagogo sutil y lleno de humor, ejerció también su docencia en la Sorbona y en la universidad de París VII como profesor de estudios islámicos. Testigo infatigable de la realidad espiritual y pluricultural del islam, fue embajador de la Organización de la Conferencia Islámica y presidente de la Asociación Educativa y Cultural de los Musulmanes de Francia. Políglota de doce lenguas, Bammate encarnaba «la aventura chispeante del diálogo de las culturas». Murió súbitamente el 15 de enero de 1985. Había publicado numerosos artículos, pero muchos otros, así como varios libros, quedaron en estado de proyectos. Hombre de palabra ante todo, pero también de la literatura, de la escritura en el sentido noble, ha dejado textos de gran belleza y de un rigor sin fisuras.

Soufisme d’Orient et d’Occident quiere hacerles gustar, a través de uno de esos textos, la alegría de leerlo.

El orden alfabético

La tradición musulmana conoce la ciencia de las letras (’ilm al-hurûf), que se vincula a la de los números (‘ilm al-arkâm) así como al conocimiento de los nombres divinos (asmâ’ al-husnâ). Esa ciencia se remonta al Corán. El libro sagrado no es solo una guía para los fieles: cada versículo, cada letra, es una revelación divina. Más aún, el Corán es la palabra misma de Dios. Contra todas las tentaciones heterodoxas, la teología musulmana ha mantenido con estricto rigor que el libro es, como el Verbo, eterno e increado. Las afirmaciones de los doctores de la ley son retomadas y amplificadas en el simbolismo místico. Así, las páginas que salmodian los creyentes no son otras que los signos inscritos desde toda la eternidad en «la Tabla guardada» junto al trono divino.

La primera palabra revelada a Muhammad fue iqra’, «lee». Sigue la frase: «Lee en el nombre de tu Señor que creó al hombre y le enseñó el uso del cálamo». Así, el pacto entre Dios y el hombre que es la escritura queda concluido en el momento mismo de la creación de Adán. El universo entero puede además ser considerado como una escritura de Dios. La creación del mundo obedece al mismo ritmo, repite la misma arabesca del espíritu divino que el Corán. Igualmente, a la inversa, el simbolismo de la escritura se aplica a la alabanza que las criaturas rinden a su Señor. Se dice que si el océano fuera un prodigioso tintero y todos los árboles del mundo tantos cálamos, esa caligrafía cósmica no agotaría el elogio de Su magnificencia.

La raíz de la palabra iqra’, que es el verbo qara’a, leer, se encuentra en el nombre de al-qur’ân. Corán significa, pues, lectura. La Biblia, las Escrituras, el Corán: por esas mismas palabras, las tres religiones se colocan bajo el signo del libro. Y la tradición musulmana las reúne a las tres bajo la expresión ahl al-kitâb, las gentes del Libro. Sin embargo, el cristianismo es ante todo la religión de la Encarnación. El islam, en cambio, como el judaísmo, afirma la trascendencia sin condición, de donde un prestigio más vivo de la escritura: esta hace las veces de encarnación. Es, pues, el Corán, un libro, y no Muhammad como a menudo se cree, quien ocupa el lugar del Cristo en el islam. El creyente del desierto se estremece de escándalo metafísico ante la sola idea de atribuir a Dios una forma carnal. Solo la escritura es lo bastante abstracta para manifestar el Verbo. La caligrafía es el arte de los iconoclastas. Se ha dicho de las catedrales que eran evangelios de piedra. Para el islam hay que invertir los términos y decir que su verdadero monumento, su templo, sus iconos, sus Piedad, son las letras del libro sagrado. Escritura y dibujo a la vez, la arabesca es el arte musulmán por excelencia. El dibujo, como la escritura, se reduce a lo esencial, a su forma más desnuda, la más intelectual: un puro juego de ritmos lineales, más cercano a las matemáticas que a la plástica. «El dibujo arabesco es el más ideal de todos», decía Baudelaire en una de sus Fusées. La arabesca es un texto que sería su propia ilustración, una imagen que sería su propio comentario. Imposible ir más lejos en la economía de medios. «Que nadie lo toque si no está purificado»: la frase está inscrita en la cubierta de algunos ejemplares del Corán. Como para la oración, hay que hacer la ablución antes de abordar el Libro sagrado. Copiarlo de su propia mano constituye uno de los actos más meritorios. Todavía hoy, en tiempos de la imprenta, es preferible edificarlo a partir de un manuscrito sobre el que el cálamo ha vibrado, en lugar de fabricarlo directamente con caracteres de plomo, es decir, con objetos inertes.

La dignidad de lo escrito

Un hombre de fe profunda no vendería un ejemplar del Corán. La palabra de Dios, literalmente, no tiene precio. Un Corán no se vende, se da, porque solo lo dado es inestimable.

Muchos musulmanes llevan al cuello, a guisa de imagen santa o de crucifijo, algunos versículos cosidos en un saquito. Algunos guardan siempre encima una edición en miniatura. El prestigio del Corán se extiende a toda escritura. Un papel, cualquiera que sea, con tal de que lleve signos alfabéticos, debe ser respetado, porque puede ofrecer la palabra divina. En realidad, todo libro publicado en país musulmán, e incluso una simple carta entre amigos, empieza por la fórmula «En el nombre de Dios clemente y misericordioso». Llevan obligatoriamente en dedicatoria el nombre del Señor. En cierto sentido, todo texto escrito se presenta como un germen de Corán. De ahí el gesto popular, aún familiar, de recoger el trozo de papel que yace por el suelo y ponerlo a resguardo, sobre uno mismo, entre las piedras de un muro, donde sea con tal de que la escritura se salve. Los signos del alfabeto, como tales, comparten así la dignidad del pan. Como no está permitido tirar un pedazo de pan, tampoco se puede abandonar una página escrita. Uno y otro gesto serían una profanación.

El trazado del nombre de Allâh

El simbolismo de las letras árabes alcanza su punto culminante en la teoría de los nombres divinos. Toda la creación puede resumirse en el solo trazado del nombre de Allâh. La primera letra, el alif, que suena como «a», se presenta como una recta vertical. Pero esa recta está coronada por un pequeño signo, un punto que representa el ataque gutural, la llamada de aire antes de la palabra. Del mismo modo el silencio precede al verbo, y el secreto, más allá de toda manifestación, precede a la unidad del ser. Sin embargo, los dos signos no son sino una misma realidad. El trazo vertical se interpreta como una proyección del punto; el punto no es más que la recta vista «de canto». Los dos conjuntos simbolizan que Dios está a la vez «más allá de las estrellas» y «más cerca de nosotros que nuestra arteria yugular».

Viene después el signo «l» del nombre de Allâh. Esa letra es llamada barzaj, la letra de la vinculación, la mediadora. Por esa letra, Dios se manifiesta en el mundo, desarrolla la creación, toma posesión de las cosas. El símbolo es a la vez visual, sonoro y numérico.

La letra lâm se tensa como un gancho. Además, está doblada. La voz hace vibrar la letra de la manifestación dándole toda la resonancia posible. La cifra de lâm, que es 30, significa también la expansión infinita.

Por último, la letra «h», el «hâ’», soplo espirado final, reconduce hacia el alif en forma de un bucle que vuelve sobre sí mismo. El círculo queda consumado.

Las correspondencias no se limitan ni al nombre de Allâh, pues Dios tiene 99 nombres, siendo el centésimo secreto, ni a la serie: idea, forma, sonido, cifra. Innumerables analogías vienen a añadirse. Por ejemplo, los gestos de la oración musulmana pueden interpretarse como una transcripción, en los movimientos del cuerpo, de las letras que forman el nombre de Allâh.

Los místicos del islam han sabido extraer de las letras las variaciones más asombrosas. Mansûr al-Hallâj compara el estado de unión espiritual con Dios con la ubicación de un signo que puntúa una letra.

En otro lugar dice que el fin de la vida consiste en hacer pasar por encima de la letra «n» el punto situado bajo la letra «b». Los dos signos se componen de un arco en círculo; la única diferencia es, en efecto, la ubicación del punto. La letra «b», inicial de la palabra bâb, la puerta, es la de la creación. La letra «n», inicial de la palabra nûn, el pez, simboliza la resurrección. Las oraciones por los muertos riman a menudo en «n».

Observemos de paso la identidad de significación del pez en el simbolismo de los primeros tiempos de la cristiandad. Hacer saltar el punto de abajo arriba del arco en círculo es pasar del mundo de la creación al de la resurrección. La operación equivale al renacimiento espiritual, a la iluminación.

Extracto de un texto de Nadjm oud Dîne Bammate.

Referencias:

Caligrafía de la letra árabe bâ’

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