Eva de Vitray-Meyerovitch: el otro rostro del islam

Artículo de prensa retomado de la revista de prensa de tariqa.fr. Véase también el texto de la propia Eva de Vitray-Meyerovitch: «Eva, por ella misma».
Un canto como viático
Muchos occidentales, algunos de los más ilustres, se han convertido al islam a raíz de su descubrimiento maravillado de la vida y de la obra de grandes místicos musulmanes.
Fue el caso de Eva de Vitray-Meyerovitch, nacida en 1909 en una familia católica de la aristocracia francesa, y que acaba de fallecer recientemente.
El nombre de su «iniciador»: Yalâl ad-Dîn ar-Rûmî (m. 1273), el mayor poeta místico de lengua persa.
En su introducción al Memorial de los Santos, Eva de Vitray, después de citar varias definiciones del sufismo, concluye:
«Quizá podemos simplemente definir el sufismo como la interiorización vivida del islam».
En una serie de entrevistas publicadas bajo el título «Islam, l’autre visage», encontramos una explicitación de lo que la autora entendía por «interiorización» del islam. Tres ideas fundamentales se desprenden de ello.
At-Tawhid (La unidad)
A nivel de la fe, el dato fundamental de la revelación coránica se refiere a la Unidad, at-Tawhid. Unidad de Dios, a quien nada debe ser asociado, ni metafísica ni psicológicamente.
De ahí se desprende la Unidad fundamental de todas las revelaciones, más allá de las formulaciones diferentes, según los pueblos y las épocas. Por su significación etimológica, el islam, «sumisión» (o «entrega») a Dios, expresa esa Unidad y adquiere de hecho una dimensión supraconfesional.
La fórmula de la Shahâda, el testimonio musulmán, recuerda y actualiza esa sumisión porque, según el Corán, esta tuvo lugar más allá del tiempo. Dios interroga a los hombres aún no creados, cuando están en los lomos del Adán primordial. Les pregunta: «¿No soy yo vuestro Señor?». Y esos seres, que están todavía en el pensamiento de Dios, responden: «En verdad, lo eres».
Los sufíes musulmanes han meditado largamente ese versículo. Así, Rûmî distingue en el hombre entre su pequeño «yo» de la vida cotidiana y su «yo» superior, el gran «Sí mismo». Una distancia inmensa, «más grande que el mar», escribe, separa esos dos «yo» que, añade, tienen sin embargo la posibilidad de fundirse en una supraconciencia que llama: Sirr. Es el secreto del hombre, la chispa divina que hay en él, que a menudo olvida, pero que nunca se apaga.
Ach-chawq (El deseo esencial)
La profunda sed de absoluto, el shawq, ese deseo esencial del Rostro de Dios, es el primer paso sobre el sendero sufí. Entonces comienza una nueva orientación del alma; entonces, dice Rûmî:
«En el corazón pasa una imagen: “Vuelve a tu fuente”. El corazón huye por todos lados, lejos del mundo de los colores y de los perfumes, gritando: “¿Dónde está pues la fuente?”, y se desgarra los vestidos por amor».
Es lo que se lee en las Odas místicas de Rûmî, traducidas por Eva de Vitray.
Yalâl ad-Dîn ar-Rûmî es también el creador del Samâ’, una danza cósmica sagrada perpetuada hasta nuestros días por la cofradía de los derviches giróvagos que fundó.
Para él, más que una danza, era una liturgia; lo mismo que la música, que consideraba como una forma de la oración. Eva de Vitray refiere la respuesta dada por Rûmî a un amigo que, oyendo la llamada a la oración, le pidió interrumpir un concierto al que asistían: «No, pues esto es también una oración. Ambas se dirigen a Dios. Él quiere una exteriormente para Su servicio, y la otra interiormente para Su amor y Su conocimiento». Se conocen también las vastísimas perspectivas antropocósmicas que Ibn ’Arabî abrió a la oración, que calificaba de «coloquio íntimo», munâyât, entre la criatura y su creador. Es en la estela de esos grandes maestros que Eva de Vitray escribirá su libro «La prière en Islam».
«El centro de la rueda»
En la obra de los grandes sufíes musulmanes se encuentra, antes de la letra, un verdadero ecumenismo. Un ecumenismo que fascinó a Eva de Vitray y del que habla en estos términos:
«Sin saberlo muy claramente, es lo que buscaba: un ecumenismo que no sea un sincretismo. Pienso que cada cual debe ir hasta el fondo de su tradición. Entonces, y solo entonces, cuando llegas al centro, reencuentras a los otros».
Ese símbolo de la rueda es el gran símbolo de los sufíes. Y el centro inmutable de esa rueda es, volvemos a ello, esa actitud fundamental de abandono, de aceptación, de entrega a Dios:
«En vuestra aceptación, reencontráis a todos los otros, venidos de todas las tradiciones».
Tal es la enseñanza que Eva de Vitray recibió junto a los sufíes. Iluminó su vida y ella no cesó, convertida a su vez en «iniciadora» entre las diversas culturas y tradiciones espirituales, de transmitirla a través de todos sus escritos.
Mohamed LEFTAH
Le Temps du Maroc, del 20 al 26 de agosto de 1999 - N.º 199




