Santa Sofía: luz, memoria y preservación de lo sagrado

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Santa Sofía de Estambul

El tafakkur, la contemplación reflexiva de los signos de Dios, consiste a menudo en descubrir vínculos allí donde la mirada ordinaria solo ve realidades separadas. Ciertos versículos, leídos aisladamente, parecen hablar de temas diferentes. Pero cuando se les acerca, revelan a veces una coherencia inesperada y abren una comprensión más profunda de la historia.

Es el caso de tres pasajes del Corán que evocan sucesivamente la preservación de los lugares donde Dios es invocado, la luz divina y luego las moradas elevadas para Su recuerdo.

Lugares donde el Nombre de Dios es invocado

«Si Dios no rechazara a unas personas por medio de otras, serían destruidos monasterios, iglesias, sinagogas y mezquitas donde el Nombre de Dios es abundantemente invocado. Dios sostiene ciertamente a quienes Le sostienen. Dios es por cierto Fuerte y Poderoso.» (Corán XXII, 40)

Este versículo es notable por su universalidad. El Corán no evoca en él solo la preservación de las mezquitas, sino la de todos los lugares donde Dios es invocado. Monasterios, iglesias, sinagogas y mezquitas quedan así situados en una misma perspectiva: la de espacios donde permanece viva la memoria de lo divino en el seno de la historia humana.

Pero el versículo dice también otra cosa. Sugiere que los conflictos, los cambios de poder y las convulsiones de la historia no son solamente fuerzas de destrucción. Pueden convertirse, de manera paradójica, en instrumentos de preservación. Dios «rechaza a unos por otros», y es a través de ese movimiento complejo que ciertos lugares continúan existiendo.

Luz sobre luz

«Dios es la Luz de los cielos y de la tierra. Su luz es semejante a una hornacina donde se encuentra una lámpara.» (Corán XXIV, 35)

Luego el versículo prosigue su descripción de esa luz:

«Encendida a un árbol bendito, un olivo ni de Oriente ni de Occidente, cuyo aceite parece alumbrar aun sin que el fuego lo toque. Luz sobre luz.»

Inmediatamente después, el Corán añade:

«En unas casas que Dios ha permitido elevar y donde Su Nombre es invocado.» (Corán XXIV, 36)

Tomados juntos, estos versículos dibujan una visión sobrecogedora de lo sagrado en la historia. Ciertos lugares son elevados para la invocación, se convierten en receptáculos de luz y atraviesan los siglos porque participan de una memoria que supera a las civilizaciones mismas.

Resulta entonces difícil no pensar en Santa Sofía.

Una ciudad entre dos mundos

Construida en el siglo VI por el emperador Justiniano, no es un edificio entre otros. Está concebida como el símbolo visible de una vocación imperial universal, destinada a afirmar la centralidad espiritual y política de Constantinopla frente a Roma. Desde su origen, se inscribe en una historia que desborda ampliamente el marco local.

El tafakkur comienza a veces por un asombro. ¿Cómo no quedar impresionado por el eco que parecen encontrar estos versículos en Estambul? El Corán habla de una luz procedente de un árbol «ni de Oriente ni de Occidente», luego de moradas elevadas para la invocación divina. Y he aquí una ciudad situada precisamente entre Europa y Asia, entre varios mundos, varias herencias y varias memorias.

Esa correspondencia no es una demostración; es un signo que invita a mirar de otro modo.

Situada sobre las dos riberas del Bósforo, heredera de los mundos griego, romano, bizantino y otomano, Estambul aparece desde hace casi dos milenios como un lugar de paso entre varios universos. Es oriental y occidental a la vez, sin reducirse a ninguna de esas categorías.

En el corazón de esa ciudad se alza Santa Sofía. Su luz, su cúpula y su historia parecen hacer eco a los versículos que asocian la luz divina a las casas elevadas para el recuerdo de Dios. Como si la arquitectura se convirtiera ella misma en una meditación de piedra sobre el encuentro entre luz, memoria e invocación.

Esa simbólica se ve reforzada por la experiencia misma del lugar. Desde su origen, el edificio fue concebido para hacer entrar la luz en el corazón del espacio sagrado. La cúpula parece flotar sobre el vacío mientras las aberturas crean una impresión de claridad casi irreal. Mucho antes de los debates religiosos o políticos, esa luz toca algo universal en el visitante.

Una preservación paradójica

Lo más asombroso es quizá que Santa Sofía no se contenta con ilustrar uno solo de esos versículos. Parece reunirlos todos. Es una casa elevada para la invocación. Fue concebida en torno a la luz. Y su historia aparece como una ilustración sobrecogedora de esa preservación paradójica evocada por el versículo XXII, 40.

Tras haber sido la mayor iglesia de la cristiandad oriental durante casi mil años, se convierte en mezquita con la toma de Constantinopla en 1453. Ese acontecimiento desborda ampliamente la historia de la ciudad misma. En la historiografía clásica, la caída de Constantinopla marca uno de los grandes vuelcos de la historia mundial: el fin de la Edad Media y la entrada en la época moderna. Luego el monumento se convierte en museo en el siglo XX, antes de volver a ser mezquita en el siglo XXI.

Se podría ver en esa historia una sucesión de rupturas. Sin embargo, otra mirada es posible. A pesar de todos esos cambios, Santa Sofía nunca ha dejado de ser considerada un lugar excepcional. Ha sido mantenida, protegida y transmitida de generación en generación.

Bajo ese ángulo, Santa Sofía aparece como una de las ilustraciones históricas más sobrecogedoras del versículo coránico. Allí donde cabría esperar la desaparición o el borramiento, la historia se convierte paradójicamente en instrumento de preservación. Las rupturas mismas contribuyen a mantener vivo un lugar donde el Nombre de Dios sigue siendo invocado.

¿Por qué preservar el patrimonio?

Esta reflexión reúne por lo demás una cuestión muy actual: ¿por qué preservamos el patrimonio?

Hoy, las instituciones encargadas de la conservación de los monumentos históricos hablan de memoria, de historia o de herencia común. Sin embargo, comparten a menudo una misma intuición: ciertos lugares portan algo precioso que merece ser transmitido.

Preservar un monumento no es solo conservar piedras. Es mantener vivo un vínculo entre el pasado, el presente y el porvenir.

El Corán invita sin cesar al ser humano a contemplar los signos de Dios en la creación; y a la luz de esa contemplación, la historia de Santa Sofía cobra una profundidad particular. Construida para afirmar la vocación universal de Constantinopla, transformada en el acontecimiento que marca simbólicamente el paso de la Edad Media a la época moderna, preservada a través de imperios, guerras, cambios de civilización y de religión, parece seguir una trayectoria que supera las intenciones de quienes la edificaron, conquistaron o gobernaron sucesivamente.

El creyente puede entonces discernir en ella algo de la acción de Quien sigue siendo el único actor verdadero de la historia. Los hombres toman decisiones, persiguen sus intereses y defienden sus causas; sin embargo, a través de sus actos se despliega a veces una coherencia más vasta que ellos mismos no perciben. Lo que parecía ser de la ruptura se convierte en instrumento de continuidad. Lo que parecía anunciar una desaparición se convierte en medio de preservación.

Esa intuición no deja de recordar las reflexiones de Ibn ’Arabî, para quien la verdad divina se manifiesta bajo formas múltiples sin ser reducible a ninguna de ellas.

Santa Sofía se convierte entonces en mucho más que un monumento. Se convierte en un signo. Un signo de esa sabiduría por la cual Dios preserva lo que quiere preservar, a veces por caminos que nadie habría podido prever. Lo que parecía anunciar una desaparición se convierte en instrumento de continuidad; lo que parecía ser de la ruptura se convierte en medio de transmisión; y lo que al principio no aparecía sino como una sucesión de acontecimientos históricos revela poco a poco una profundidad oculta.

Santa Sofía aparece así como una de las ilustraciones más sobrecogedoras de los versículos coránicos sobre la luz, las casas donde Dios es invocado y la preservación de lo sagrado. A través de sus metamorfosis sucesivas, atestigua una realidad más profunda: la historia no preserva siempre lo sagrado a pesar de las transformaciones; lo preserva a veces a través de ellas.

Es precisamente ahí donde comienza el tafakkur: cuando la historia deja de ser solamente humana para convertirse en el lugar donde se dejan entrever las huellas de la acción divina.

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