Oriente, Occidente: el sufismo como puente

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El sufismo, espiritualidad viviente, ha regado durante siglos las diferentes expresiones culturales de la civilización islámica, tanto en sus singularidades como en sus valores universales.

De esas expresiones poéticas, literarias, arquitectónicas o comportamentales cabría decir con Platón: «La belleza es el esplendor de lo verdadero».

En el extremo último de Oriente asoma Occidente. Y a la inversa. «Como la noche se enrolla en el día, dice el Corán, y el día en la noche.» La globalidad del mundo no puede ser percibida sino en el juego de esas oposiciones y complementariedades, ese juego de espejos entre los dos hemisferios de nuestro planeta. Pero más allá de su disposición geográfica, Oriente y Occidente constituyen ante todo continentes culturales y simbólicos.

Los términos de mundialización o, peor aún, de «globalización» expresan sobre todo la voluntad de dominación de un área cultural sobre otra, de un sistema triunfante gracias a valores y sistemas de organización venidos de Occidente.

Esa dominación, trate de ejercerse en un sentido o en el otro, nunca es sino provisional, si no el fruto de una ilusión óptica.

El sufismo, a través de los siglos, ha sabido tejer puentes entre esos dos mundos y hacer viajar por ellos, a través de coloraciones múltiples, ideas, valores, símbolos universales.

Porque solo una espiritualidad auténtica alía en el hombre mismo el Oriente del alma y el Occidente de la razón; hace brotar esa luz divina que se alimenta de «un árbol bendito, un olivo, que no es ni de Oriente ni de Occidente» (Corán XXIV, 35).

La caballería espiritual

Así ocurre con ciertos valores compartidos entre Oriente y Occidente, los de la «caballería espiritual» (futuwwa), del sentido de la elevación y de la nobleza del comportamiento humano. Aquella por la que el hombre desarrolla cualidades intrínsecas de humildad, de generosidad, de compasión, de coraje, de integridad y muchas otras, que le permiten estar en la mejor articulación posible con lo real y con la justeza de la acción.

Es ese espíritu de «caballería» el que ha presidido la asociación, en los artesanos y los gremios, entre trabajo, ética y valores espirituales. Como en el caballero, el trabajo, o la acción en general, no es sino la montura; lo dirige el espíritu, que orienta su sentido y su finalidad.

El trabajo es, desde luego, alimentario, pero nunca es «solo eso». Es también uno de los vectores del desarrollo de nuestra humanidad.

La dimensión de lo femenino

La cultura sufí nos abre también a la importancia esencial de la dimensión de «lo femenino», y de los valores que le son adscritos, en todo desarrollo social.

Las figuras de Laylâ, de Mayya… tomadas del patrimonio poético árabe preislámico, del amor cortés «’udhrî» y platónico, van a constituir los principales símbolos del amor universal de los sufíes, expresado en la poesía de Râbi’a al-’Adawiyya, de Hallâj, de Ibn ’Arabî o de Rûmî. Van a constituir también la trama de las expresiones artísticas y musicales desarrolladas a través de la extraordinaria diversidad de las culturas sufíes por el mundo, de África o de Europa, de Oriente o de Occidente, medios y extremos.

El romanticismo espiritual del sufismo, sea expresado por hombres o por mujeres, ha concedido sin embargo a estas últimas una significación simbólica esencial, que es la condición previa del reconocimiento natural de la importancia de su lugar y de su papel en el seno de la sociedad.

Una civilización del amor

En esa función de mediación entre Oriente y Occidente, entre el hombre y la mujer, el sufismo desarrollará también una capacidad de encontrar soluciones de armonización y de complementariedad, un reconocimiento natural y fecundo de las diferencias y de la diversidad, allí donde pueden instalarse actitudes de rechazo, de crispación y de conflicto. Sabe reemplazar progresivamente, por un largo proceso de conocimiento y de transformación de sí, las lógicas del odio por las del amor.

El desarrollo civilizatorio de una sociedad puede medirse por su puesta en obra de los medios por los que el más simple ciudadano puede acceder, por relevos múltiples, al patrimonio más amplio posible de conocimiento, de cultura y de espiritualidad; pero también por su capacidad de afinar y de desarrollar lazos sociales, o con su entorno, en el sentido de una elevación y una armonía muy grandes, ya sean esas relaciones internas a esas sociedades o definan la filosofía de sus relaciones internacionales. El «desarrollo civilizatorio» significa en suma la posibilidad de crear hoy, según modalidades concretas, colectivas y sociales, una «civilización del amor y del conocimiento».

La intensidad de esa «energía de amor», que circula en sus coloraciones y expresiones diversas en el seno de la sociedad, constituye para el sufismo el corazón mismo de toda civilización. Implica y engloba las dimensiones de equidad y de justicia. Es esa vocación la que se asigna también a su diseminación y a su difusión, recurrentes, a través del Festival de Fez de la cultura sufí.

Por Faouzi Skali.

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Faouzi Skali

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