Correspondencia El Cairo - Amiens (1): cartas inéditas de René Guénon
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Cartas inéditas de René Guénon
A lo largo de toda su vida, René Guénon mantuvo una correspondencia muy abundante, sobre todo con personas francófonas interesadas en su obra. Los pasajes que publicamos aquí proceden de una correspondencia de 73 cartas escritas entre 1932 y 1950. Su destinatario era un francés residente en Amiens, lector asiduo de las obras de Guénon, que desempeñó un papel importante en el nacimiento de una vía sufí en tierra occidental. A través de las respuestas y precisiones que Guénon da a su interlocutor pueden extraerse elementos de información sobre puntos doctrinales, pero también aspectos prácticos y consejos para quienes se plantean vincularse a una vía sufí viviendo en un país no musulmán como Francia.
A diferencia de lo que ocurre con los estados relativos y condicionados, el estado supremo no es algo que se obtenga por una «efectuación» cualquiera; se trata únicamente de tomar conciencia de lo que es. Pero entonces ya no puede ser cuestión de individualidad, pues esta, manifestación transitoria del ser, está esencialmente caracterizada por la separación o la limitación (definida por la condición formal), de modo que cabría decir que solo tiene una existencia en cierto modo separativa.
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Por lo que respecta a la «caída» (evocada en la Biblia), no creo que pueda verse en ella otra cosa que una manera de expresar el alejamiento del Principio, necesariamente inherente a todo proceso de manifestación. Entendida así, cabe decir que la formación del mundo material es una consecuencia suya (aunque, naturalmente, también puede considerarse en otros niveles, dentro de ese mismo mundo, y más particularmente en un ciclo cualquiera); solo hay que añadir que ese mundo tiene que realizarse así, por el mero hecho de que representa una posibilidad de manifestación.
Carta a L. C., El Cairo, 29 de enero de 1933
Es bien cierto que la observancia de ritos como los islámicos, en las condiciones de existencia propias del mundo occidental, constituye en sí misma un problema bastante complicado; y sin embargo es la base indispensable de una vinculación efectiva a cualquier rama del sufismo. (No hablo, sobra decirlo, de las organizaciones fantasiosas inventadas para uso de los occidentales.)
En cuanto a las posibilidades de restauración de la tradición iniciática occidental, no digo que no existan a pesar de todo, pero la cosa no es tan sencilla como usted parece pensar. Varias personas de mi conocimiento acarician desde hace tiempo la idea de constituir una logia masónica de carácter verdaderamente iniciático, sin haberlo logrado hasta ahora; en efecto, además de que el reclutamiento de los primeros elementos no resulta tan fácil, el asunto suscita multitud de cuestiones, como la de la vinculación a una obediencia y otras de las que difícilmente podría darle una idea. En fin, si algo de ese género llegara a realizarse algún día, no dejaría de avisarle; no es usted, por lo demás, el primero a quien hago esa promesa…
[…]
¡No exagere mi importancia! En el fondo, mis trabajos no son más que una «ocasión» para despertar ciertas posibilidades de comprensión que nada podría dar a quienes carecen de ellas; pero al menos me resulta siempre una satisfacción comprobar que no es esfuerzo perdido, por poco numerosos que sean los que realmente sacan provecho de ello…
Carta a L. C., El Cairo, 15 de enero de 1935
A decir verdad, no comprendo muy bien el «llamamiento» que me dirige, porque por mí mismo no soy nada; jamás he hecho, por lo demás, la menor promesa… salvo, si se quiere, la de escribir todo lo que pueda para quienes sepan aprovecharlo. Dicho esto, intentaré responder a sus preguntas; la respuesta es tanto más sencilla cuanto que debo abstenerme de influir en la decisión de nadie, pues a cada cual le corresponde elegir la vía que mejor le convenga.
En suma, usted tiene ahora ante sí, sin salir de Europa, la posibilidad de vincularse a dos organizaciones iniciáticas, una occidental y otra oriental. Quienes deseen vincularse al sufismo no podrán hacer nada mejor que dirigirse a S., que está ahora plenamente cualificado para ello y muy dispuesto, creo, a ocuparse activamente de ello. Quienes prefieran la masonería no tendrán más que dirigirse a otro de nuestros amigos, que proyecta constituir una logia de espíritu verdaderamente tradicional e iniciático. Debo añadir que no existe la menor incompatibilidad entre esas dos vinculaciones y que, para una misma persona, no son en absoluto excluyentes.
Ahora bien, es cierto que el ambiente actual de Europa es poco favorable para una «realización» emprendida por cualquier vía; sin embargo, esa dificultad no es absolutamente insuperable: solo obliga a tomar precauciones particulares para evitar en lo posible el peligro que puede venir de la agitación exterior. Por otra parte, la vía del sufismo me parece capaz de llevar más lejos que la otra y de dar resultados más seguros, tanto más cuanto que, dado el estado presente de la masonería, lo que le acabo de contar tendrá forzosamente, en cierta medida, el carácter de una «experiencia»…
En cuanto a la ayuda de Oriente, va de suyo en lo que toca al sufismo y queda en suma adquirida por el mero hecho de la vinculación a esa forma tradicional. Respecto de la masonería, todo depende lógicamente del resultado que pueda obtenerse con la constitución de una logia como la que está en proyecto y de la que le hablaba más arriba; sería prematuro hablar de ello ahora.
Sobre la dificultad de practicar los ritos islámicos en países como los de Europa, la cuestión se discute a menudo; el parecer que parece prevalecer, y que a mi juicio es el más conforme a los principios mismos de la «sharía», es que cabe efectivamente admitir excepciones para las personas que viven en países no islámicos, cuya condición puede asimilarse a un estado de viaje o de guerra; pero hay que añadir que esto solo concierne a quienes se atienen al punto de vista exotérico. Para una «realización» de orden esotérico, en cambio, no debe olvidarse que la observancia de los ritos constituye aquí la base necesaria; y es evidente, por lo demás, que quien quiere el «más» debe primero, como condición previa, hacer el «menos» (es decir, observar los ritos comunes a todos).
Carta siguiente: Correspondencia El Cairo - Amiens (2)




