Ni de Oriente ni de Occidente: superar la oposición
Índice

Para calificar la oposición entre Oriente y Occidente, René Guénon escribía en 1930 que era «en el fondo idéntica a la que se suele establecer entre la contemplación y la acción».
Llevaba su reflexión más lejos a través de preguntas que inducían por sí mismas elementos de respuesta: «¿Son realmente dos contrarios? ¿O no serían más bien dos complementarios? ¿O acaso no habría, en realidad, entre uno y otro una relación, no de coordinación, sino de subordinación?». Durante muchísimo tiempo, Oriente y Occidente eran fácilmente diferenciables por su localización geográfica y por los valores que sus sociedades respectivas portaban en su seno. Sin embargo, con la mundialización, muchos países orientales se han «occidentalizado», mientras que Occidente, a la inversa, se dejaba influir por tradiciones venidas de Oriente. ¿Se puede todavía, en las condiciones propias del siglo XXI, oponer Oriente a Occidente? El shaykh Khaled Bentounès y Faouzi Skali dialogan sobre el sentido que pueden revestir hoy esas nociones.
Aparentemente, todo opone a Oriente y Occidente. Occidente puede asociarse a la multiplicidad y Oriente a la unicidad: Occidente ha desarrollado lo mental, la racionalidad, la individualidad y la sociedad del tener, mientras que Oriente privilegia la unidad del ser por el despojamiento y el retorno hacia la vía de la realización espiritual. Hoy, la sociedad materialista domina el mundo y justifica su hegemonía por el progreso técnico y material realizado en provecho del hombre convertido en consumidor de apetito sin fin. Frente a eso, ¿qué puede aportar el mundo oriental, sino valores que alimentan la interioridad del hombre, su relación con lo sagrado, para reequilibrar su vida y darle sentido?
¿Dónde empieza Oriente?
Pero, en definitiva, ¿dónde se sitúa Oriente? ¿Y dónde Occidente? Para los europeos de principios del siglo XX, Oriente empieza más allá de Gibraltar. Tánger era el símbolo de Oriente, con sus olores y sus colores. Para los musulmanes de Oriente Medio, Marruecos es el extremo Occidente; para otros, Oriente comenzaba en Atenas o en Alejandría. ¿No era Estambul, la antigua Bizancio, la capital del mundo cristiano de antaño? Los filósofos griegos han nutrido tanto a Oriente como a Occidente. Hoy en día, la localización geográfica ya no corresponde forzosamente a las consideraciones simbólicas evocadas más arriba. Así, vuelvo de un viaje por los Estados del golfo Pérsico y he descubierto que esos países eran de hecho más «occidentalizados» que la región de Francia donde vivo. Esos países, sin embargo, se encuentran en Oriente, aunque su civilización ya no tiene nada de oriental: es la cultura de la sociedad de consumo. Las personas que viven allí no piensan de la mañana a la noche más que en ganar dinero.
En la mayoría de los países musulmanes, el islam que se transmite no es sino una herencia cultural. Ya no se trata de búsqueda ni de profundización de la vía espiritual y universal contenida en ese mensaje. El sufismo verdadero es, por lo demás, muy poco conocido, y es finalmente gracias a ciertos occidentales, por sus escritos y sus caminos, que los musulmanes redescubren su propio Oriente. En cuanto al Occidente de hoy, tiene poco que ver con los valores del Occidente cristiano del pasado; y en realidad, es en el seno mismo de su propia población donde habría que realizar un verdadero trabajo de evangelización.
Las dos caras de una misma moneda
En mi opinión, Oriente y Occidente no son sino las dos caras de una misma moneda. «A Dios pertenecen Oriente y Occidente; adondequiera que os volváis, ahí está la faz de Dios. ¡Dios está presente en todas partes y Él sabe!» (Corán II, 115). Una moneda se compone de una cara que lleva la efigie del rey o de la nación que la ha emitido, mientras que la otra indica la cifra o el valor. Pero esa moneda solo tiene valor con relación a la soberanía del país o de la autoridad que la avala. Oriente es también el símbolo de la salida del sol, siendo Occidente el símbolo de la puesta. Esas dos partes no forman sino una, como espejos donde se refleja la realidad. Si vivimos en la unidad, constatamos que Oriente y Occidente se encuentran en cada uno de nosotros. Todos estamos, en realidad, unidos culturalmente a un Occidente o a un Oriente por el destino de nuestro nacimiento. Todos somos el occidente de alguien y el oriente de otro. Lo que buscamos es la unidad de nosotros mismos; entonces partimos en busca de una vía que pueda conducirnos hasta ella.
Esa búsqueda da un sentido a nuestra vida y nos despierta a valores que hasta entonces nos eran desconocidos. Nos revela la existencia de una vía de fraternidad, entre hombres y mujeres de culturas, de colores y de lenguas diferentes, capaz de reunir y reconciliar las dos caras de nosotros mismos: lo material y lo espiritual, el tener y el ser. Poco a poco, reconciliamos esas dos partes de nosotros. La Realidad última nos sorprende, aparece unas veces de una manera, otras de otra, y nos sumerge en situaciones que son otros tantos espejos para nosotros mismos, hechas para iluminarnos. Dios muestra Sus signos donde quiere y cuando quiere, y ello a través de encuentros y bajo formas a menudo inesperadas. El camino no se limita a tal tarîqa (vía), a tales prácticas, a tal ritual, a tal shaykh, y menos aún a una nación o a un país, porque devienen la trampa de nuestro propio mundo de ilusión, en el que nos encerramos y que nos separa para siempre de esa fuente de sabiduría y de enseñanza que nos llega de todas partes.
La vía del medio
El tasawwuf es la vía de todos los que buscan a Dios humildemente, con sinceridad, por una búsqueda personal y resuelta, con fe en la misericordia divina, mano invisible que conduce el destino de cada ser. «Hemos hecho de vosotros una comunidad alejada de los extremos, para que seáis testigos contra los hombres y para que el Profeta sea testigo contra vosotros» (Corán II, 143). El tasawwuf es precisamente esa vía del medio: es el camino de la búsqueda permanente de lo verdadero, más allá de Oriente y de Occidente; es también el fruto de ambos, que no forman sino uno en el corazón del siervo apaciguado.





