«La sabiduría, o el reconocimiento del Amor como meta última por alcanzar»

La sabiduría comienza por una pregunta interior: ¿en qué fallamos? ¿Qué disfunciones tenemos con respecto a lo central, la espiritualidad, y a su adyuvante, el amor inextinguible?
Se trata, ante todo, de reconocer la unidad del género humano: el monogenismo. «¡Oh, gentes! Os hemos creado de un hombre y de una mujer y os hemos constituido en pueblos y tribus para que os reconozcáis. El más noble de vosotros ante Dios es el más piadoso» (Corán XLIX, 13). «La piedad no consiste en absoluto en volver el rostro hacia Oriente o hacia Occidente; la verdadera piedad consiste en ayudar al ciego, al indigente, al huérfano, al hijo del camino».
Pero decir unidad del género humano no significa en absoluto uniformidad. Esa diversidad es querida, como un plan divino para los hombres. En Su omnipotencia y Su omnisciencia, Dios podía haber hecho de nosotros una sola comunidad y no lo hizo; y ello no escapa ni a Su poder ni a Su sabiduría.
Una alusión a ello se encuentra en el versículo 48 de la azora V: «Si Dios lo hubiera querido, habría hecho de vosotros una sola comunidad, pero quiso probaros con el don que os hizo. Procurad superaros unos a otros en las buenas obras. Un día volveréis a Dios, y Él os iluminará acerca de vuestras diferencias».
Nuestra diversidad, la de las lenguas, las culturas, los rasgos étnicos, las religiones, es un plan divino. Y es, a la vez, una prueba y un don inconmensurables.
Prueba dura cuando se da rienda suelta a la hipertrofia del ego, a la arrogancia; la diversidad se convierte entonces, por desgracia, en fuente de conflictos.
En cambio, cuando se exorcizan los miedos y se doman las obsesiones, cuando los obstáculos se hacen lugar de mediación y de encuentro, esa misma diversidad se vuelve fuente de una dicha inconmensurable.
Como aquel sufí que decía: «Señor, dilata mi corazón para acoger a todas Tus criaturas; si no, pulverízalo, para que, atomizado, cada una reciba una parcela»: ahí, más allá de la mera tolerancia, que puede encubrir una actitud altiva y condescendiente hacia el tolerado, cabe una exigencia de amor oblativo, teologal, incandescente.
Dos versículos coránicos hablan de ese amor: «Diles: si amáis a Dios, seguidme; Él os amará y os perdonará vuestras faltas»; «En verdad, Dios suscitará un pueblo al que amará y que le amará».
Y Teilhard de Chardin decía: «Cuando se hayan agotado los recursos de las mareas, del viento, de la energía de todo cuanto nos rodea, aún nos quedará la energía del amor de la que hurgar, y ahí redescubriremos un fuego que nos abrasará a todos».
A Râbi’a al-’Adawiyya se la encontró con una antorcha en una mano y un cubo de agua en la otra, y decía: «Voy a incendiar el Paraíso y a apagar el fuego del Infierno, para que los hombres adoren a su Señor solo por Él». Y compuso su famoso poema de los dos amores: «Te amo con dos amores: un amor verdaderamente digno de Ti, y un amor que busca mi propia dicha; el amor de la pasión es no ocuparme sino en pensar solo en Ti; y el amor verdaderamente digno de Ti es que Tus velos caen y Te veo. Ni en uno ni en otro, gloria alguna para mí: alabanzas a Ti, por este y por aquel».
Ibn ’Arabî, para algunos el mayor maestro de todos los tiempos, había dicho en eco: «Mi corazón se ha vuelto capaz de todas las formas: convento para el monje, pradera para la gacela, Kaaba para el peregrino, folio del Corán, tabla de la Torá. No profeso más que la religión del Amor; adondequiera que se dirijan sus caravanas, el Amor es mi religión, mi fe».
Esa omnipresencia del amor ha de ser el faro que nos guíe a nosotros, embarcados en este navío planetario que no queremos ver averiado. Lo que queremos es que llegue a buen puerto, a un remanso de paz cuyo sustrato sea la justicia. Una justicia verdadera debe ser seguida del perdón y la reconciliación, porque nada hay mejor que sanear el alma de la infame animosidad, que purificar el corazón de todos los rencores.
Un místico del siglo XIII decía: «Pasé la vida ennegreciendo la blancura de las páginas para adquirir el saber, y comprendí que debía haber purificado también la negrura de mi corazón».
Como el heliotropo sigue al sol, el alma humana es ella misma «teótropa»: busca a Dios. A veces la gana la duda; no quiere soltar la presa por la sombra ni huir de las angustias de la hora por un señuelo. Hay primero un enorme trabajo interior, una verdadera efervescencia, y después la gracia divina, el concurso divino, hace el resto, como constató al-Ghazâlî: «Dios proyectó en mi pecho una luz que me hizo comprender que…».
Si ha de haber una sabiduría, una espiritualidad, una orientación para la humanidad en este comienzo de siglo, es decir, con mucha humildad, mucho recato, pero también mucha presencia y mucho testimonio, que el alma humana no está envilecida ni pervertida, que procede de Dios y que queda camino por recorrer. Lo que cuenta es dar el paso. El viaje más grande empieza por un paso.
Ghaleb Bencheikh
Fragmentos de un diálogo, en el marco de los Encuentros mediterráneos sobre el sufismo, entre Ghaleb Bencheikh (físico, especialista del islam, escritor) y Faouzi Skali (antropólogo, escritor, especialista del sufismo, director del festival de Fez).


Ghaleb Bencheikh

Faouzi Skali




