La ciencia alusiva (ishâra), por Kalâbâdhî

Las ciencias de los sufíes son las ciencias de los estados espirituales. Y los estados espirituales son la herencia de las obras: solo hereda de las obras quien obra con rectitud. Para obrar con rectitud, lo primero es conocer las ciencias que a ello atañen: la de las prescripciones legales, objeto de los fundamentos del derecho y de sus aplicaciones, como la oración, el ayuno y las demás prescripciones; y la de las relaciones sociales, como el matrimonio, las transacciones y todo lo que Dios ha impuesto o recomendado, además de todo lo indispensable para vivir. Cada una de esas ciencias se adquiere por el estudio, y lo importante es prodigar esfuerzos para alcanzar ese saber en la medida de las propias posibilidades, de las capacidades naturales y de las facultades de comprensión. […]
La preocupación del discípulo ha de ser emplear sus conocimientos y poner en práctica lo que sabe. Lo primero que necesita es la ciencia de los defectos del alma: conocer su alma, orientarla y rectificar sus inclinaciones naturales. Desde ahí se hace posible desbaratar las asechanzas de Satanás y las tentaciones del mundo, y hallar los medios de preservarse de ellas. Esa ciencia es la de la sabiduría.
Cuando el alma ya observa ciertas disciplinas de vida, al discípulo le resulta más fácil rectificar sus disposiciones personales y depurar sus manifestaciones. El fin es vaciar el alma de todo lo que la adula, apartarla del mundo, desprenderla de lo perecedero. El discípulo queda entonces en condiciones de domeñar sus pasiones y de purificar las profundidades de su conciencia. Tal es la ciencia del conocimiento de uno mismo.
Más allá vienen las ciencias de lo que aflora en la conciencia, las ciencias de las contemplaciones y los desvelamientos. Ellas constituyen la ciencia de la alusión simbólica (ishâra), propia de los sufíes, que se obtiene después de las anteriores.
Por qué hablar por alusiones
Se habla de «alusión simbólica» porque las contemplaciones de los corazones y las revelaciones a lo íntimo de los seres no pueden expresarse verdaderamente. Es más: al no ser objeto de saber sino a través de las «moradas» y los «descubrimientos interiores», solo las conoce quien recorre esos estados y reside en esas estaciones espirituales.
Según Abû Hurayra, el Profeta Muhammad dijo: «Hay una suerte de ciencia escondida, conocida solo por quienes son sabios por Dios. Si hablan de ella, solo la contradicen los que desconocen a Dios». Otro hadiz sobre la ciencia de lo interior (bâtin) evoca una palabra divina: «Es uno de Mis misterios; lo deposito en el corazón de Mi siervo y ninguna de Mis criaturas lo comprende».
Cada estación espiritual (maqâm) tiene un principio y un fin, y entre ambos hay distintos estados. A cada estación corresponde una ciencia (’ilm), y a cada estado, una alusión simbólica. Toda estación comporta, además, una afirmación y una negación: lo que se niega en ella no lo está en la estación precedente, y lo que en ella se afirma no lo está en la que queda por debajo. Puede ocurrir, pues, que un sufí hable de cierta estación, con las afirmaciones y negaciones que le son propias, ante oyentes que no la han alcanzado. Precisamente lo que él niegue será para ellos lo que afirman, y supondrán en seguida que el sufí niega lo que la enseñanza tradicional afirma. Esos oyentes tildarán entonces lo oído de error, de herejía, cuando no de señal de impiedad.
Como estas cosas son bien conocidas en la historia del sufismo, es preferible recurrir a expresiones simbólicas: comprensibles para quien ha alcanzado cierto grado, impenetrables para el oyente que aún no está en él. Y entonces, de dos cosas una: o ese oyente tendrá buena opinión de quien habla, aceptará lo que dice, mirará dentro de sí y se juzgará incapaz de captar tales expresiones; o tendrá mala opinión de él, lo tendrá por un extravagante y lo tratará de loco, lo cual sigue siendo preferible para él a rechazar o negar una verdad.
Un teólogo preguntó a Ibn ‘Atâ’ al-Adamî (muerto en 922) por qué los sufíes usaban expresiones que sumían a sus oyentes en el mayor asombro. Ibn ‘Atâ’ respondió: «Lo hacemos porque nuestra adoración por Él es demasiado celosa y Su grandeza nos es demasiado cara para que otros (los no iniciados) gusten sus secretos». Y prosiguió recitando estos versos:
Es preferible que vistamos lo que Él manifiesta, y que conocemos cuando la Verdad aparece en los corazones.
Esa manifestación me habla de Él, y a mi vez le hablo de Él. Cubro Su fulgor con lo que Lo ocultará al ignorante, que corrompería su sentido al expresarlo.
Este no sabría emplear las palabras convenientes ni revelar siquiera una ínfima parte, e iría luego a referirlo a otros ignorantes.
Entonces aparecerían las cohortes de la ignorancia, mientras la verdadera ciencia se desvanecería y sus huellas quedarían borradas.
Cuando las gentes que hablan el lenguaje común (’ibâra) nos interrogan, les respondemos con las expresiones del lenguaje simbólico (ishâra).
Damos testimonio de las experiencias espirituales tornándolas oscuras, de modo que no puedan ser traducidas a lenguaje claro.
Pero de ellas damos testimonio ante todo por la alegría que impregna cada miembro de nuestro cuerpo.
Así ves que las palabras son cautivas de los «estados», del mismo modo que los hombres extraviados son cautivos de los sabios.
Kalâbâdhî (muerto en 990), Tratado de sufismo*, ed. Actes Sud.*




