«La espiritualidad como un recuerdo de lo esencial, bajo formas propias de cada época»

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En lo que toca a la espiritualidad y al tiempo, cabe evocar esa famosa sapientia del sufismo: «el sufí es el hijo del instante», o, en otra traducción igualmente válida, «el sufí es el hijo de su tiempo».

Es cierto que en todo el planteamiento espiritual del sufismo hay una idea permanente: según los contextos y las épocas, existen formas pedagógicas distintas y formas de iniciación espiritual distintas.

Ya en el siglo II de la hégira (siglo VIII de nuestra era), en Basora, en Bagdad, personalidades sin vínculo alguno con las instituciones, que enseñaban de manera muy poco codificada, atraían a la gente de su tiempo y la llamaban a lo esencial, a la sabiduría.

La civilización del islam estaba entonces bien institucionalizada, con una «casta» de sabios, de «profesionales de la religión», como los llamará al-Ghazâlî. Y quizá por esa misma razón recordar lo esencial era más necesario que nunca.

Las religiones no escapan al riesgo de la cristalización: también ellas pueden petrificarse, formalizarse, olvidar lo esencial que es el corazón. Y el corazón es la razón misma por la que las religiones fueron reveladas.

Râbi’a y la vía del amor

Râbi’a al-‘Adawiyya era de esos sabios, de esos precursores de la enseñanza espiritual esencial. Dejó odas místicas que los conjuntos de samâ’ retoman a menudo y que hablan de ese amor espiritual. En uno de sus poemas, dirigiéndose a Dios, dice: «Unos Te adoran porque quieren el Paraíso, otros Te adoran porque temen el Infierno; yo no tengo opinión que dar ni sobre uno ni sobre otro, no cambiaré nada por mi Amor». Es esa vía del amor, la vía del corazón, de lo esencial, la que ella recuerda, y con ella muchos otros.

La religión no es una suerte de «pensar enlatado» ni de «creer enlatado» que bastaría con vestirse. Es un camino que transforma, y es a la vez un combate contra nuestras inclinaciones: esas tendencias que todos conocemos en nosotros, la autosatisfacción, el orgullo, la vanidad, la búsqueda del poder, la voluntad de dominio. Son otros tantos velos que habitan nuestro corazón y nos impiden entrar en contacto con esa otra dimensión, la del corazón y del amor: la presencia divina.

Para transmitir su enseñanza, los sabios recurren con sus discípulos a juegos de espejos.

La enseñanza espiritual no es algo programable, en el que a cada pregunta del discípulo correspondería una respuesta única del maestro. Como en este ejemplo: alguien vino a ver a Râbi’a, muy ufano de sí mismo, y le dijo: «Râbi’a, hace veinte años que no cometo el menor pecado». Râbi’a lo miró y le respondió, un poco cruelmente, es cierto: «Querido mío, hace veinte años que no haces otra cosa». No era la respuesta que esperaba, y ante su asombro ella precisó: «Hace veinte años que estás satisfecho de ti mismo».

Ese tipo de intercambio solo se da en una relación viva de iniciación. Por eso la espiritualidad no puede nacer sino de esa relación, ni ser sino relativa a personas vivas que se interrogan y buscan. No hay respuesta estándar. Solo hay una respuesta que reajusta una orientación, que abre de pronto a una percepción, a una comprensión.

Una sed de sentido

Esos seres espirituales que sirven de espejo de la sabiduría son quizá menos visibles hoy que en ciertas épocas. Pero no creo que el mundo pueda prescindir de ellos definitivamente, porque necesitamos la búsqueda misma del sentido, hoy tan intensamente necesaria.

La ausencia de sentido es tal que uno se percata de que algo falta. Y la sed se hace más fuerte, como en aquel verso: «He bebido el vino del Amor, copa tras copa; el vino no se ha agotado y mi sed no se ha apagado».

Esas preguntas sobre el sentido son al menos tan importantes como las respuestas que podamos darles. Por eso, hoy, la cuestión de la espiritualidad no es subsidiaria sino central; y no solo a título individual, sino también colectivo: a título del mundo y de las orientaciones que hoy toma.

Faouzi Skali

Fragmentos de un diálogo, en el marco de los Encuentros mediterráneos sobre el sufismo, entre Ghaleb Bencheikh (físico, especialista del islam, escritor) y Faouzi Skali (antropólogo, escritor, especialista del sufismo, director del festival de Fez).

Retrato de Faouzi Skali

Faouzi Skali

Retrato de Ghaleb Bencheikh

Ghaleb Bencheikh

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