Rabi'a al-'Adawiyya, cantora del amor divino

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El sufismo es la dimensión mística del islam. Esa dimensión, experimentada por ciertos compañeros del profeta Muhammad en vida de este, recibió el nombre de «sufismo» algunas décadas después de su muerte. Esa noción se refería entonces a vivencias individuales. Como corriente espiritual, el sufismo emergió en el siglo II de la hégira (o sea, el siglo VIII) y, en ese contexto, una mujer cumplió un camino interior que iba a llevarla a ser conocida como una de las más grandes figuras del sufismo. Su nombre: Rabi’a al-’Adawiyya (713-801).

Rabi’a nació unos setenta años después de la muerte del Profeta del islam, en una familia de Basora (actual Irak) muy pobre y muy piadosa. Apenas había salido de la infancia cuando se quedó huérfana. Se convirtió entonces en esclava de un rico mercader que la sorprendió un día en oración, iluminada por una luz sagrada. Trastornado por esa visión, decidió emanciparla para que pudiera consagrarse a su único y verdadero Maestro y Señor. Comenzó entonces para ella la vida a la que aspiraba: una vida de extremo ascetismo, de meditación y de oraciones.

Rabi’a dio un impulso determinante a la dimensión espiritual del islam. Sus contemporáneos, y luego los investigadores que se han inclinado sobre su vida, han reconocido todos en ella un grado de realización muy elevado que le permitió elevar el amor por Dios por encima de toda otra aproximación religiosa y espiritual, profesando lo que los especialistas del islam llaman «la doctrina del amor absoluto». Tres grandes temas destacan del recorrido sagrado de Rabi’a al-’Adawiyya: la renuncia a todo lo que no es Dios, la sinceridad y, por supuesto, el amor.

La renuncia

Entre los místicos de la época, el ascetismo aparece como el primer paso en la experiencia del recorrido espiritual, la herramienta por excelencia para llegar a domar el ego. Abnegación y renunciación a los placeres del mundo se practican con el fin de acceder a los más altos grados de la espiritualidad. Rabi’a es una de las primeras místicas del islam en haber superado la aproximación ascética tradicional. Cierto, vivía sola, comía poco, dormía poco, prefiriendo pasar sus noches y sus días en oración. Sin embargo, con ella, el ascetismo reviste los colores de una verdadera mística del amor, de una renuncia feliz, testimonio de una sinceridad y de una nobleza de comportamiento hacia Dios sin las cuales no puede haber amor verdadero. Al desapegarse de los seres y de las cosas de este mundo, no hacía más que armonizar su vida exterior con el objeto de su búsqueda: elevarse hacia Dios y fundirse en una unión perfecta con Él.

A pesar de su muy grande pobreza, Rabi’a no aceptaba ninguna limosna: «¿Cómo aceptar algo de una persona cuando esta, en realidad, no lo posee, puesto que pertenece a Dios? Me avergonzaría pedir los bienes de este mundo a Aquel a Quien pertenecen; ¿cómo entonces los solicitaría a gentes a quienes no pertenecen?».

La renuncia a los bienes y a los placeres terrestres en favor de un apego exclusivo a Dios se tradujo también, en esa gran santa sufí, por su elección de permanecer célibe. Por una parte, estimaba no poder disponer de sí misma puesto que pertenecía a Dios; por otra, todo matrimonio, afirmaba, debe estar fundado sobre el amor. Ahora bien, su amor estaba enteramente consagrado a Dios. Solitaria por elección, encontraba su gozo y su satisfacción en el amor divino:

Mi alegría, mi Deseado, mi Apoyo,

mi Compañero, mi Provisión, ¡mi Polo!

Tú eres de mi corazón el Soplo, Tú eres mi Entera Esperanza,

oh mi Íntimo, el deseo que tengo de Ti es mi viático.

La sinceridad

«Si no hubiera ni paraíso ni infierno, ¿no serviríais pues al Señor Altísimo?». Así es como Rabi’a apostrofaba a las gentes de su entorno, incluidos los devotos y místicos. La verdadera sinceridad hacia Dios, proclamaba, se expresa por la superación de las nociones de recompensa y de castigo para ser pura adoración de la Belleza y de la Grandeza divinas. Es por eso que pedirá en una de sus oraciones: «¡Oh Dios mío, si Te adoro por temor a Tu infierno, quémame en sus llamas, y si Te adoro por deseo del paraíso, prohíbeme entrar en él! Pero si Te adoro por el amor de Ti solo, entonces no me prives de contemplar Tu eterna belleza».

Es difícil superar una sinceridad tan grande. Y sin embargo, jamás Rabi’a cesó de ponerla en duda. Es por eso que se recomendaba, tanto como lo recomendaba a los demás: «Si pedimos perdón a Dios, aún hay que solicitar Su perdón por la falta de convicción en nuestra demanda».

El amor absoluto

Toda la vida de Rabi’a al-’Adawiyya fue shawq, es decir, aspiración ardiente a encontrar al Ser divino. Su pasión por Dios le hacía vivir alternadamente éxtasis, contemplación, temor reverencial e intimidad. Su amor por Él era tan profundo y tan exclusivo que nada lograba desviarla de Él. Así, cerraba sus contraventanas en primavera, sin contemplar las flores nacientes, prefiriendo perderse en la contemplación de su Creador.

Esa fundadora de la doctrina del amor, que ella asocia al develamiento de la visión beatífica, no pretende haber alcanzado el amor absoluto del que será sin embargo el símbolo. En un diálogo poético con Dios, afirma amarlo por Él mismo, pero también con una parte de egoísmo. Habla entonces de amor «de su dicha»; al-Ghazâlî (1058-1111), muchos años más tarde, llamará a eso el amor interesado, el amor instintivo, que se aplica a amar a Dios para obtener Su favor, Su gracia, Su recompensa. Lo que Rabi’a insinúa ser, es decir, egoísta, concierne de hecho a su propia dicha, que resuena no obstante de devociones y de acciones de gracias hacia Dios:

De dos amores Te amo: de un amor de pasión

y de un amor de alto mérito del que Tú eres digno.

Por el amor de pasión, he perdido el recuerdo

de cualquier amado que no seas Tú.

Por el amor de mérito del que solo Tú eres digno,

¡que caigan Tus velos para que Te vea!

Pues por estos dos amores no espero ninguna alabanza:

¡por uno y otro, que la alabanza Te revierta a Ti!

El ejemplo de Rabi’a al-’Adawiyya provocó una gran admiración, no solo entre las gentes de su época, sino también en los sufíes notorios como Ibn ’Arabî (1165-1240) o Jalâl al-Dîn Rûmî (1207-1273). Su fama por su amor exclusivo y absoluto de Dios, incompatible con toda medida a medias, impresionó igualmente a Juan de Joinville (1224-1317), representante en el Próximo Oriente del rey de Francia san Luis (1214-1270). Joinville llevó a Francia varios de sus actos y palabras, y en particular la famosa escena, popularizada tres siglos más tarde por el escritor católico Jean-Pierre Camus (1584-1652), que evoca a una mujer que marcha por las calles portando una antorcha en una mano y un odre de agua en la otra. A quienes le preguntaban por qué deambulaba así, respondía invariablemente que aspiraba a incendiar el paraíso con la antorcha y a apagar el infierno con el odre, de manera que Dios fuera amado por Él mismo y no por temor al infierno o por deseo del paraíso. Se ve aquí, con una nitidez excepcional, la transmisión de un mismo tema entre dos culturas y dos religiones, tan cierto es que la experiencia del amor divino es de una universalidad que trasciende naciones y religiones.

Karim Ben Driss, artículo publicado inicialmente en los «Cahiers de spiritualité ignatienne», enero de 2011, Quebec.

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