El corazón del camino: el guía espiritual y la transmisión del secreto

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Reenlazar con esa «verdadera naturaleza de la religión» pide un esfuerzo de distancia frente al acontecimiento y de discernimiento frente a una tendencia natural y tranquilizadora del hombre: la de reducirlo todo a lo que cree conocer y descuidar el espíritu que lo desborda, para refugiarse en la letra que cree dominar.

El soplo de la aspiración religiosa, contenido por nuestras meras limitaciones intelectuales, se petrifica en una forma reseca y sin sabor, vaciada de su dimensión puramente espiritual, que es sin embargo la más fundamental. Velados a esa dimensión, codificamos sistemas de valores morales y de conducta, factores de equilibrio social y personal que, por haberse alejado demasiado de su sustancia, acaban confinados al contexto en que se expresan, hasta ser instrumentalizados en grado extremo.

Esa tendencia al formalismo no perdona a ninguna religión. En la tradición musulmana, el mensaje vivificante del Profeta Muhammad será percibido, a lo largo de los siglos, como un mero cemento social, fácilmente moldeable con fines completamente ajenos al sentido profundo del islam.

En semejante contexto, las comunidades sufíes, nutridas por la ejemplaridad del Profeta y por la más pura simplicidad de su enseñanza, van a cultivar y transmitir la dimensión interior de la Revelación coránica. Su transmisión, ininterrumpida, se hará de guía a discípulo, oculta o manifiesta a los ojos de la mayoría según las condiciones de la época y según designios providenciales cuya sabiduría y alcance cuesta comprender mentalmente. Esa enseñanza supone que seamos sensibilizados a otra percepción, a otra dimensión distinta de la razón discursiva: una percepción del corazón, abierta a la presencia de un shaykh (maestro espiritual) despierto a su vez a esa dimensión, y alrededor del cual se constituirá una comunidad ligada a una educación espiritual viva.

La importancia de la comunidad

La justificación fundamental de una comunidad espiritual, su corazón palpitante y su verdadera razón de ser, es la presencia de un ser realizado cuya vocación consiste en transmitir un influjo espiritual recibido por inspiración divina, sin que su propia voluntad intervenga. En árabe, ese influjo se designa con la palabra «sirr», que significa literalmente «el secreto», aunque ninguna traducción alcance a penetrar la realidad íntima de que se trata.

Si la búsqueda espiritual es un misterio, el sirr es un misterio dentro del misterio. Es, en cierto modo, la energía espiritual que caracteriza a una vía vivificada por la presencia de un guía mandatado por Dios para transmitirla al corazón del discípulo.

Asistido por Dios en el cumplimiento de esa tarea, el shaykh comunica una sabiduría comparable a la fuente que brota en medio de la comunidad y lo riega todo a su alrededor: los corazones, las relaciones, la conducta, las actitudes de cada uno. Los discípulos son entonces como jardineros que canalizan el agua divina y la conducen hasta donde debe derramarse, para que comunique allí su potencia y su fuerza de transformación. Son ese vínculo, esa correa de transmisión, y llegan a ser a la vez quienes reciben y quienes dan.

Hacia la curación interior

El Profeta Muhammad dijo: «Esta religión llegó como algo extraño y extraño será su fin».

La enseñanza espiritual más acabada pasa forzosamente por la perplejidad, es decir, por el cuestionamiento de nuestras certezas y la pérdida de nuestros puntos de referencia. Que el maestro coloque al discípulo en estado de perplejidad es una manifestación de esa dimensión extraña de la enseñanza, que no pertenece al orden de lo conocido ni a lo que puede interpretarse con palabras. Esa perplejidad llevará al discípulo a descubrir algo radicalmente otro, que lo transformará desde dentro bajo el efecto del secreto espiritual. Ahí reside el fuego sagrado que hay que preservar, porque es todo el peso del ser.

En esto, el maestro espiritual aporta un remedio a la dolencia del corazón, pues la ignorancia del corazón es una forma de enfermedad. Todas las figuras del ego son trabas, señuelos. La ciencia que transmite la enseñanza del guía permite llegar hasta esa raíz de uno mismo; permite una transformación interior, un cambio, la simplificación y luego la disolución de ciertos aspectos del ego. Es lo que los santos realizan en sí mismos, y el guía permite alcanzar ese punto. La transparencia total es, en realidad, el corazón mismo del guía, pues ese corazón se ha desprendido de todos los ídolos, de la búsqueda del poder, y ha vuelto al estado de servidumbre absoluta, el estado en que se es verdaderamente ’abd Allâh (siervo de Dios).

«El maestro no es aquel cuyas palabras te transportan, sino aquel cuya presencia te transforma», dice una máxima sufí. El maestro es un barquero: «el que ha llegado y hace llegar» de la orilla del ego a la ribera donde ya no hay ego. Con su enseñanza transporta al discípulo al origen de la Revelación. En semejante camino, la religión deja de ser un simple sistema para volverse una realidad vivida por el corazón del discípulo. Todo se pone en marcha por esa relación que se instala de corazón a corazón con el guía espiritual. Orientarse hacia el guía es orientarse hacia esa transparencia que abre una ventana sobre el absoluto. Así recobra la religión su dimensión: ser de fuente divina.

Por Faouzi Skali.

El guía en el Corán

El Corán evoca en varias ocasiones la noción de guía espiritual:

Este último versículo define las dos condiciones que debe reunir un maestro espiritual para guiar discípulos:

  1. Debe ser ante todo un walî, un santo cuya individualidad se ha extinguido en Dios y que contempla la unidad divina en todas las cosas y en todo momento. «Es Él quien elige a los santos» (Corán VII, 196). Un santo que ha muerto a sí mismo para renacer en Dios. Ciertos hadices aluden a esa «muerte» del ego: «Morid antes de morir»; «Los hombres duermen; cuando mueren, despiertan»; «Si queréis ver a un muerto que camina, mirad a Abû Bakr». Al-Junayd, gran maestro sufí, definía así la vía: «El sufismo es que Dios te haga morir a ti para hacerte resucitar en Él.»
  2. Debe ser además un murshid, un guía que ha recibido la autorización espiritual (idhn) de guiar.

Ilustración

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Faouzi Skali

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