El sufismo en la vida cotidiana: vivir lo universal en el mundo ordinario
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A diferencia del devoto asceta (zâhid), que rechaza el mundo porque no reconoce a Dios en él, quien sigue la vía sufí desposa el mundo de aquí abajo (dunyâ) para trascenderlo mejor. «Los devotos y los ascetas se espantan de toda cosa, porque todo los ausenta de Dios. Si Lo vieran en toda cosa, no se espantarían de nada». Al consumar ese matrimonio cósmico (dunyâ es femenino en árabe), el sufí rompe el dualismo que suele existir entre el mundo y nosotros. Tiende así a la unión, es decir, a realizar interiormente la unificación (tawhîd). Por la contemplación, capta y atraviesa la multiplicidad de los fenómenos para remontar a la fuente: lo que Ibn ’Arabî llama «la unicidad subyacente tras la multiplicidad» (ahadiyyat al-kathra). De ahí la incitación constante del Corán a percibir y descifrar los «signos» (âyât): «Les mostraremos Nuestros signos en el universo y en ellos mismos hasta que comprendan que esto es lo Real» (Corán XLI, 53). Este bajo mundo es, en verdad, un auténtico laboratorio alquímico donde cada signo exterior puede transmutarse en alusión interiorizante (ishâra). Nos toca, pues, permanecer en estado de vigilia (murâqaba), porque «Cada día Él está en obra» (Corán LV, 29), y Se manifiesta bajo atavíos siempre renovados.
La dificultad mayor consiste, en efecto, en reconocer a Dios en todas Sus teofanías (tajalliyât). Es más fácil presentirLo en compañía del shaykh, durante una sesión de dikr o ante un bello paisaje, que en un entorno sórdido, en el estrés de la actividad cotidiana, en la morosidad que a menudo destila la vida moderna, o sencillamente en la tibieza y el sopor (ghafla). Ahora bien, sean cuales fueren esas situaciones, positivas o negativas, es siempre Él el Agente. «¡No injuriéis al tiempo, porque Dios es el Tiempo!», dice un hadîth qudsî. Es la reacción sana e instintiva de todo fiel cuando dice «Al-hamdu li-Llâh ’alâ kulli hâl» (alabanza a Dios en toda situación), y es lo que da su fuerza a la fe musulmana más sencilla. Dios cultiva la paradoja y siempre sorprende: está donde a priori no Lo esperamos. Ante esa ambivalencia a veces desconcertante, el Profeta buscaba la disolución en la unidad: «Me refugio en Ti contra Ti».
Servidores del Viviente
Nuestra experiencia cotidiana se forja siguiendo los meandros de la pequeña realidad, de la realidad aparente, hasta que caemos en la cuenta de que todos esos indicios no son otros que la Realidad, la haqîqa del sufismo. Es la estratagema (hîla), la pedagogía si se prefiere, con que Dios nos conduce de la trampa de las apariencias a la única y sola Realidad. Hay que observar esos meandros sin perderse en ellos, no tomar el signo por el Significado, y vivir con atención y humildad las tribulaciones que comporta el caminar en esta vida, porque por ahí crece la experiencia de la vía. ¿Es el caminar espiritual (sulûk) un «río largo y tranquilo»? En el fondo, sí; pero los datos de las criaturas nos obligan a contar con el movimiento de las olas en su misma superficialidad. «La llegada de las tribulaciones es fiesta para los novicios». «A veces adquirirás por las tribulaciones un excedente de gracia que no hallarás ni en el ayuno ni en la oración». El sufismo, corazón vivo y cálido del islam, permite vivir lo universal a diario y adaptarse sin cesar a la evolución del mundo.
Si somos realmente servidores del Viviente (al-Hayy), que renueva sin cesar la creación, debemos vivificar nuestra práctica espiritual adaptándola al contexto y, en general, a las condiciones cíclicas. No en vano es el sufismo la espiritualidad del islam, última expresión de la voluntad divina en la tierra. Puesto que, según un hadîth, «la tierra entera es una mezquita pura», el hombre es su propio templo: adondequiera que vaya, lleva en sí su eje interior, el eje universal del tawhîd, ya esté en casa o en la naturaleza, pero también en el metro, en el trabajo o en cualquier lugar aparentemente profano. Históricamente, se sabe que el sufismo tuvo un gran papel en la difusión del islam en Occidente, y justamente porque sabe superar los clivajes étnicos, nacionalistas, culturales y civilizacionales para ir a lo esencial. Por su universalismo, puede actuar sobre conciencias diferentes. ¿Por qué restringir la misericordia divina (rahma), que «abarcó todas las cosas» (Corán VII, 156)? Es una de las múltiples aplicaciones de la palabra de Junayd: «El color del agua procede del color de su recipiente».
Ir a lo esencial
Se admite que vivimos un fin de ciclo cósmico, con todos los desórdenes y la decadencia que ello supone. Pero nos toca valorar positivamente esa situación, primero por cortesía (adab) con Dios: la contaminación de la tierra y de la conciencia humana no son sino efecto de la voluntad divina. Y es en este período, que algunos califican de mesiánico, cuando más se pone a prueba nuestro «abandono confiado en Dios» (tawakkul). Dios, por lo demás, compensa: en lo más espeso de las tinieblas es donde brota la luz. ¿Queda una solución horizontal para los problemas del planeta? Si nos atenemos a la perspectiva metafísica del descenso y la remontada a lo largo del arco de la Manifestación, está claro que la humanidad debe tocar fondo antes de poder remontar, según una modalidad que presentimos pero que aún se nos escapa. Aquí la paradoja es reina. En este entorno de globalización, de estandarización, de instantaneidad informativa, quizá Dios nunca ha sido tan inmanente. Tenemos la suerte de vivir la fase última del «último tercio de la noche», en el que, según un célebre hadîth, Dios desciende hasta este bajo mundo. La noche simboliza, por supuesto, la duración del cosmos y de la humanidad. Para Ibn ’Arabî como para el emir ’Abd al-Qâdir, Dios está, pues, más cerca de nosotros en este período y, en consecuencia, la ciencia espiritual de la comunidad muhammadí sería más acabada que nunca (Kitâb al-Mawâqif, II, 919).
Para quien tiene cierta conciencia espiritual, el estado del mundo es tal que no puede remitir sino a Él: «Quiere dejarte insatisfecho de todo para que nada te distraiga de Él». El desfase entre lo Real (al-Haqq) y la parodia del mundo actual hace que Dios resulte cada vez más evidente: las estructuras sociales se desmoronan, los puntos de referencia exteriores se derrumban, y nuestros puntos de referencia interiores deben reforzarse. Nuestra «pobreza» (faqr) ya no es exterior: somos cada vez más ricos materialmente y ya no llevamos sayales remendados. Nuestra pobreza debe, pues, interiorizarse cada vez más. En lo tocante a la práctica espiritual, estamos llamados a ir a lo esencial, a poner en obra una contemplación activa, casi instantánea. Por la compresión del tiempo de la que habló el Profeta, y por el sentimiento de aceleración que la acompaña, la duración de ritos como la invocación individual (wird) se reduce a veces, y el retiro espiritual (khalwa) no siempre es fácil de observar. Más que antaño, sin duda, nos incumbe aplicar el viejo principio naqshbandî: «Mi lugar de retiro está en medio de la multitud».
Por Eric Geoffroy.




