La vida del Profeta Muhammad (3/11): matrimonio y madurez
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Muhammad se convierte en un adulto consumado: matrimonio y madurez
Viniéndole la confianza, el Profeta de Dios, que tenía una veintena de años, vio confiada por una rica viuda mequí, Jadîya, la conducción de sus caravanas comerciales, y supo atraer tan bien su atención e impresionarla por el éxito de sus transacciones que ella consideró contactarlo para pedirle en matrimonio. El protegido de Allâh tenía entonces 25 años. Con todo, había que obtener, para Jadîya, el consentimiento de su padre, que tenía a Muhammad por un huérfano sin herencia, indigno de su hija. Un subterfugio lo llevó finalmente a dar su consentimiento. Ello ocurrió en el año 595. La tradición refiere que tuvieron 2 hijos, muertos en corta edad, Qâsim y ’Abd Allâh, y 4 hijas, Zaynab, Ruqayya, Fâtima y Umm Kulthûm1, en el marco de una unión monógama hasta la muerte de Jadîya, en el año 619, que será llamada «el año de la tristeza»; pues ese mismo año debía fallecer también Abû Tâlib, el tío y protector del Profeta, jefe de los Banû Hâshim. Esa unión monogámica, a diferencia de las costumbres del tiempo, se desarrolló en La Meca, y fue central2, como veremos, en la vida del Profeta de Dios. Por lo demás, su presencia íntima y su influencia se prolongaron para siempre en el corazón del Profeta de Dios y son de comparar, para ser comprendidas, con lo que se ha llamado, en lo sucesivo, el harén (harîm) del Profeta del islam, principalmente en Medina.
Del año 595, que marca el comienzo de la vida familiar del Profeta de Dios, hasta el año 610, marcado por la Revelación, un día 27 del mes bendito de Ramadán, es decir, sobre un largo período de una quincena de años, hay que constatar que el conjunto de los relatores de la sîra están más o menos mudos. En realidad, el Profeta de Dios, que aún no ha sido enviado en misión, madura, se vuelve constantemente hacia Dios, en numerosos retiros; y así se apropia el conjunto de los aspectos humanos de la búsqueda de Dios; preparándose así a ser un pedagogo, un educador siempre pertinente, en fase con cada uno de sus interlocutores.
Un acontecimiento, sin embargo, es revelador del estatuto particular del Profeta de Dios en la comunidad coraichita, antes incluso de que emprendiera su predicación. Ese acontecimiento es el de su participación en la finalización de la reconstrucción de la Kaaba, emprendida por el conjunto de los clanes coraichitas, que debía permitirle marcar y afirmar, en la continuidad de sus antepasados, tanto su autoridad moral como su ascendiente espiritual sobre sus contemporáneos. En efecto, los coraichitas no pudieron ponerse de acuerdo cuando, habiendo acabado la reconstrucción de la Kaaba, quisieron recolocar en su ángulo, que indica ’Arafât, la Piedra negra (al-hayar al-aswad), descendida del cielo, que simboliza el descenso de la Presencia divina y por tanto el eje de los cuatro pilares de la Kaaba3. Pues bien, es en ese momento decisivo y crucial cuando apareció Muhammad, el futuro Profeta. Fue entonces acogido por todos, que conocían su ascendencia, con el nombre de al-Amîn, que significa «el hombre de confianza», «el garante»; y, tras haber transportado la Piedra negra sobre una alfombra sostenida por los cuatro ángulos por los representantes de los diferentes clanes, le encargaron sellarla, en sobre elevación, en su ángulo que designa ’Arafât, el lugar del conocimiento, como indica la etimología; estación suprema de la peregrinación al santuario antiguo4.
Para sí mismo, el Profeta tenía conciencia de aquello a lo que se preparaba, y que resumía así, respondiendo a sus interlocutores: «que ya era Profeta cuando Dios estaba a punto de insuflar un alma al cuerpo de Adán; luego añadía: soy el primer hombre de la creación y el último de los profetas»5.
Así, durante ese período, los acontecimientos ligados a la sola vida privada, como puede comprenderse, no tienen todavía, en sí mismos, el alcance de una enseñanza para la comunidad, que se aferrará más tarde, hasta la confianza más absoluta, a la persona del ser enviado en misión.
Por Michel Abdallah Grimbert, discípulo de la tarîqa Qadiriya Boutchichiya.
Para ir más lejos
- La vida del Profeta Muhammad (2/11): la primera infancia
- La vida del Profeta Muhammad (4/11): la Revelación
Footnotes
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La hija mayor del Profeta de Dios, Zaynab, fue casada con Abû-l-’Âs, que persistió largo tiempo en la incredulidad y a quien debió dejar para volver a casa de su padre; tras diversas peripecias, este acabó por convertirse al islam. Su segunda hija Ruqayya se convirtió en la esposa del futuro tercer califa ’Uthmân ibn ’Affân. Su tercera hija Fâtima esposó al futuro cuarto califa ‘Alî ibn Abî Tâlib, cuyos 2 hijos supervivientes, Hasan y Husayn, son los antepasados de los churafâ’ (sing. charîf). Por último, su cuarta hija Umm Kulthûm, tras un matrimonio disuelto con uno de los hijos de Abû Lahab, enemigo odioso del islam, esposó, tras el fallecimiento de su hermana mayor Ruqayya, a ’Uthmân ibn ’Affân, que desde entonces fue apodado Dhû al-Nûrayn («el poseedor de las dos luces»), porque había esposado a 2 de las hijas del Profeta de Dios. ↩
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En el sentido aquí de un cumplimiento total del potencial humano en este mundo, tal como lo expresa el Cheikh ’Abd al-Wâhid Yahyâ en el cap. XXXIX, «Grands mystères et petits mystères», de sus Aperçus sur l’initiation, ed. Traditionnelles. ↩
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Según Ibn ’Abbâs, el Enviado de Dios dijo: «¡Por Allâh! En el día de la resurrección, Allâh resucitará la Piedra negra con dos ojos por los que verá, y una lengua gracias a la cual hablará; atestiguará en favor de quienes, en el curso del tawâf, la hayan tocado con (por su) fe verdadera». La razón de ese tocamiento es muy profunda y sobrepasa los planos exteriores. Según un hadiz referido por Ibn Juzayma: «la Piedra negra es la Mano derecha de Dios, por la que hace o renueva el pacto con Sus criaturas». Esto debe aproximarse directamente al versículo XLVIII, 10, relativo al pacto hecho con el Profeta de Dios, donde se dice: «Quienes te prestan un juramento de lealtad no hacen sino prestar juramento a Dios. La Mano de Dios está puesta sobre sus manos». ↩
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Un hadiz profético dice muy claramente, de forma redoblada: «¡La peregrinación es ’Arafât!», monte del conocimiento supremo, lugar de una estación pura (wuqûf) sin ritual, ni gestualidad, ni palabra. Ese estado corresponde directamente a la estación incondicionada del ihsân. ↩
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Michel Chodkiewicz, cap. IV, «La réalité muhammadienne», en Le sceau des saints, coll. Tel Gallimard. ↩



