Las zauías de Fez en la topografía de lo sagrado

Reportaje de la prensa marroquí reproducido de la revista de prensa de tariqa.fr.

Periplo espiritual

En tiempo de Ramadán, las zauías, esos pequeños edificios sagrados coronados de cúpulas, son el lugar privilegiado de la meditación silenciosa y de la iniciación mística de la gente del banco (ahl al-suffa).

Adeptos y discípulos, pero también diletantes de paso, acuden en gran número después de la tercera oración del día, al-’asr, para cumplir el ritual de las letanías, las invocaciones y las lecturas del Corán.

Situadas en los barrios de la medina (Rcif, Blida, Bab Ftouh y Zqaq Lahjar), las trece zauías de Fez son históricas.

Con frecuencia han dado que hablar a la crónica religiosa por el comportamiento del padre fundador, que se distinguió por una caballería espiritual, una bravura, un espíritu de desinterés, de sacrificio o, sencillamente, por la nobleza del gesto.

A lo largo de su periplo espiritual llegaron a adquirir una importancia político-religiosa considerable.

Siempre ligadas a la materialidad de un hombre santo, las zauías de Fez son reconocidas por su organización, su seriedad y su abnegación.

Las más célebres son, naturalmente, las de Sidi Ahmed Tiyani, Mulay Larbi Darkaui y Mulay Abderahman Kadiri, pero la primera de todas es la zauía de Mulay Ahmed Sqali.

Estas órdenes religiosas, como subraya el profesor Tayeb Boutbouqalt a propósito de los franciscanos y los benedictinos, son una herencia de los siglos II-III de la hégira, la de los ahl al-suffa de Medina, la gente del banco.

Aparecieron en Fez hacia 1745 y se constituyeron en polo gracias al desarrollo del sufismo (tasawwuf), corriente mística caracterizada por la dimensión interior del islam y por el borramiento de la apariencia en la adoración de Dios. Desde entonces, los círculos de meditación y de adoración de tendencias particularistas han proliferado, y las vías espirituales (tariqa) se multiplican en torno a un maestro, un shaij.

El primero fue Mulay Ahmed Sqali (1700-1763). Este vendedor de perfumes del barrio de Attarine se dedicaba en su tienda a la lectura de libros de iniciación. En la ciudad de Uazzan, adonde fue en viaje iniciático, recibió la baraka del maestro Mulay Tayeb Uazzani. Pero fue en La Meca donde su encuentro con un shaij de Egipto resultó determinante. Por medio de ese shaij se introdujo por primera vez en Marruecos la vía shadhiliyya jalwatiyya.

A su muerte, sus discípulos compraron una casa y lo enterraron en ella. Convertida en zauía a causa del santuario, sigue viva. Se practican todavía las invocaciones en común (wadifa) una vez por semana, generalmente el jueves por la noche y, recientemente, también el viernes. Las invocaciones (dikr) y el oratorio (sama’) siguen un ritmo estudiado que debe conducir a la danza extática (yadba), controlada por un moqqadem o por otra persona de la asamblea que se coloca en el centro del círculo de discípulos.

La más ortodoxa es la de Mulay Larbi Darkaui (1760-1823). Su cofradía conoció una extensión y una irradiación considerables, hasta el punto de que los Darkawa constituían en el siglo XIX una potencia político-religiosa con la que el poder debía contar. Hoy, casi abandonada, esa zauía vive replegada sobre sí misma y solo abre los viernes para los descendientes directos del maestro espiritual.

La más célebre y la más ecléctica es la zauía de los tiyanies del barrio de Blida. La fundó Sidi Ahmed Tiyani, gran maestro sufí de Ain Mahdi (Argelia), que llegó a Fez en 1758, a los 21 años, para completar su formación teológica.

Recibió también la iniciación del maestro de Uazzan. Más tarde, expulsado por los turcos, eligió Fez en 1798 como lugar de asilo.

La vía espiritual que introdujo es la que más ha marcado la historia del Magreb y de África.

Contaba sobre todo entre sus discípulos a la clase aristocrática y a los intelectuales.

La historia recuerda, en este sentido, que algunos sultanes alauíes, como Mulay Sliman (1792-1822) y sobre todo Abdelhafid, fueron adeptos de esa tariqa y apoyaron firmemente la corriente hasta su apogeo.

La comunidad tiyaní se reúne para dos invocaciones al día, una a la hora de la tercera oración (al-’asr) y otra a la de la cuarta (al-maghrib). Esas invocaciones colectivas las dirige un moqqadem o uno de los descendientes directos de Sidi Ahmed. Esa zauía madre es visitada especialmente por poblaciones de Senegal y Mauritania antes de proseguir su viaje hacia la peregrinación a La Meca. Varias células de la zauía existen por todo Marruecos, en particular en Rabat y Casablanca, en algunos países europeos y también en el África negra.

Así, la historia de Fez va ligada a la de sus zauías. Y Fez, ciudad santa, en la expresión del antropólogo Faouzi Skali, se convierte en la ciudad-zauía.

Reflejo de la topografía de lo sagrado, la ciudad ha facilitado, por su historia política y civilizacional, la emergencia y la implantación de ese tipo de estructuras. Las zauías, lugar de iniciación y de experiencia mística, han evolucionado hacia círculos de estudio y de reuniones comunitarias, hacia asilos para viajeros y pobres, hacia ejercicios culturales. Esos centros se han convertido en núcleos de difusión de una cultura, en embriones de creación comunitaria, organizándose de manera más o menos explícita en torno a un modelo de santidad, a un personaje central.

Materializada por la existencia de un pequeño edificio que alberga el cuerpo sepultado del padre fundador, la zauía simboliza el Panteón de toda la cofradía. Es un haram, un derecho de asilo que nadie osaría violar.

Zauía o cofradía: las vías espirituales difieren.

Sin embargo, el telón de fondo es la fe en la unicidad divina. Cada cual entra libremente, atraído sin duda por el carisma que da al visitante de un día ganas de interesarse y, por qué no, de quedarse.

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