Ofrendas reales en el santuario de Mulay 'Abd al-Salâm ibn Mashîsh

Reportaje de la prensa marroquí reproducido de la revista de prensa de tariqa.fr.
Los sufíes del Reino
Es tradición entre los soberanos marroquíes celebrar a los santos verdaderos en conmemoraciones de un día en las que se mezclan, para felicidad y serenidad de todos, la oración en todas sus formas: lectura del Libro, oraciones, dikr, bendiciones (futûhât); las ofrendas a los descendientes del santo; los votos y los sermones; y también placeres más terrenales, ricos ágapes que honran a los emisarios portadores de la Hadiyya del sultán.
Esos días son el símbolo de la rememoración necesaria de esos grandes santos, hombres predestinados cuya vida ejemplar, ¡ay!, no meditamos lo bastante; hombres que han escrito las páginas eternas del libro de la Historia del islam occidental, realizando la palabra del Profeta (la paz sobre él) recogida por Muslim sobre los fieles del Magreb, en la que Sidna Muhammad decía: « Una parte de mi pueblo permanecerá en el Magreb, conservando la verdad hasta la llegada de la Hora ».
Marruecos es, en efecto, esa tierra de espiritualidad que ha visto nacer santos de gustos ricos y múltiples, pero que todos han inscrito su nombre en letras de oro en el registro de la historia de la santidad islámica del Dâr al-Islam en su conjunto. Además de los innumerables que allí echaron raíces, están también los que llegaron desde al-Ándalus, desde los países limítrofes o desde el lejano Mashreq. Su venida obedecía a la búsqueda de un shaij, a la demanda de la ciencia, o más esencialmente a un recorrido iniciático que los había conducido irremediablemente a ese suelo sagrado donde debían alcanzar un maqâm superior o recibir una visión decisiva.
Tal es el caso de Muhyî al-Dîn ibn ’Arabî (560-638/1155-1240), conocido como « al-Shaij al-Akbar »: fue sobre el suelo de Guisser (provincia de Settat) donde accedió a la Morada de la proximidad, cumbre de la escala espiritual en el sufismo, y sobre el de Fez donde recibió visiones esenciales para su viaje iniciático. (1)
Meditar esa acción tradicional de los reyes de Marruecos nos lleva a afirmar que, mediante esas jornadas consagradas a la ofrenda, no solo participan de un rito fundamental de la Religión, sino que esa acción multisecular nos llama aún hoy a redescubrir lo que la noche colonial intentó en vano ocultar, velar y mistificar.
Porque los santos de Marruecos no son esos « morabitos » sepultados bajo cúpulas blancas, lugares predilectos de una población supersticiosa, que describió una literatura desfigurante y ávida de exotismo.
Son ante todo esos maestros de la Ciencia Sagrada, del Conocimiento en su sentido más elevado, al-Ma’rifa, esa gnosis de la que hablan todas las tradiciones auténticas. Que un Abû-l-’Abbâs al-Sabtî (524-601/1130-1205), que había hecho del don, o de la caridad, la doctrina de su vida, lograra actuar sobre el mundo creado por su generosidad (como lo había formulado justamente un filósofo de la Antigüedad), comprobando « científicamente », en el sentido que los modernos dan a esa palabra, que « al-wuyûd yanfa’ilu bi-l-yûd » (la Existencia no tiene otra base que la generosidad), es un ejemplo edificante al respecto.
Marruecos no solo ha dado a luz las cadenas de santos más prestigiosas; también ha exportado la santidad, por decirlo así. Numerosos santos marroquíes tienen prolongaciones en el mundo oriental y occidental. Los ejemplos abundan.
Pensemos en el de Maulây ’Abd al-Salâm ibn Mashîsh (559-624/1140-1223), padre espiritual de la célebre Tarîqa Shâdhiliyya, que conoció un auge excepcional en el conjunto de los países del islam y más allá: su hermosa Tasliyya sobre el Profeta (la paz sobre él), al-Mashîshiyya, se recita a diario en todas las contradas donde la Tarîqa se ha implantado, y ha dado lugar a un número incalculable de interpretaciones y comentarios por parte de maestros de distintos países. Es, pues, un santo que pertenece a la historia positiva y doctrinal del misticismo islámico, y no solo a la leyenda y al folclore.
O el de Ahmad al-Badawî (596-675/1200-1276), desde hace mucho el mayor santo de Egipto, donde las poblaciones le profesan una veneración tal que se le considera « el libertador en todas las angustias ».
O el del otro santo idrísida, Ahmad ibn Idris (1163-1253/1750-1837), que había dejado Marruecos provisto de títulos y licencias adquiridos en Fez, la ciudad del Saber por excelencia en su época, y que, apenas llegado a La Meca, obtuvo una cátedra desde la que dispensaba su enseñanza a musulmanes venidos de diversas regiones del globo; de ahí su irradiación por todo el mundo: Arabia, Yemen, Egipto, Sudán, Libia, Bosnia, Italia, Indonesia, India…
O todos los inmortalizados en distintos países de Oriente Medio, incluida Palestina y en particular al-Quds, la otra ciudad santa del islam, lugar predilecto para el establecimiento de los hombres de piedad musulmana en general, y de los marroquíes muy particularmente.
Exaltar la memoria de esos Hombres perfectos es no olvidar que nuestra historia es también la de un país que ha dado hombres ejemplares. Algunos nos han dejado libros, de los que una parte está editada y otros, más numerosos, quedan por explorar; otros han dejado una Vía con discípulos, herencia para los que vengan después; otros aún, oraciones profundas y bienhechoras. Pero todos han contribuido a perpetuar el ideal profético, al-Uswa al-Hasana.
La conmemoración del Polo del Yabal La’lâm es una ocasión Real de recordar a nuestros maestros espirituales, figuras fascinantes y luminosas, poseedoras de la sabiduría de las Tradiciones universales, y de hacer tomar conciencia a nuestra juventud de esa herencia inestimable, pues sin duda ahí se encuentra una de las claves imprescindibles que le ayudarán a comprender el islam profundo e interior, una espiritualidad de acentos universales y moderna en lo que la modernidad tiene de superior.
Zakia Zouanat * * Autora de una obra sobre el tema titulada « Ibn Mashîsh, maître d’al-Shâdhilî ». (1) Véase al respecto Claude Addas, Ibn ’Arabî ou la quête du Soufre Rouge, ed. Gallimard, p. 210, n. 2. (2) EI, art. Ahmad al-Badawî.
Le Matin du Sahara et du Maghreb, viernes 2 de julio de 1999, nº 10.389



