Las conveniencias espirituales (adab) en la relación de los creyentes con el Profeta de Dios

Índice
Ilustración

La noción de adab abarca el conjunto del comportamiento humano, tanto en nuestra relación con el prójimo, que se llama cortesía, civilidad o ciudadanía según las circunstancias, como en nuestra relación con Dios y con Su Profeta. Está descrita en la sunna y en el Texto sagrado. Para el creyente se plantea así la cuestión del sentido de la práctica profética, esa sunna de la que se beneficia por su asombrosa coherencia y cuyo cumplimiento, gracias al ejemplo de nuestros preciosos maestros espirituales, se ha prolongado con felicidad hasta nuestros días. Esa sabiduría, que es medida, equilibrio y armonía en todas las circunstancias y condiciones de la existencia, va mucho más allá de la mera imitación sin discernimiento (taqlîd) de prácticas marcadas por los usos y costumbres del tiempo en que apareció el islam. Pero más importante que esas relaciones con la práctica del Profeta de Dios, que pueden parecer a veces anecdóticas, es describir la noción de adab, que abarca todo nuestro comportamiento, a partir de las recomendaciones muy precisas del Texto sagrado, del que el Profeta era el modelo viviente y que nuestro corazón acoge siempre con la mejor atención y el más extremo discernimiento. Se trata, en verdad, de una educación profunda y sutil, cuya sabrosura y cuyos beneficios crecen en quien la pone en práctica, a imagen de los «amigos» de Dios (awliyâ’). Retomemos algunas palabras proféticas (hadîth) transmitidas por los grandes tradicionistas:

«He sido enviado para llevar a su perfección la excelencia del comportamiento.»

«Hay en el cuerpo un pedazo de carne que, si está sano, vuelve sano todo el cuerpo; pero si está corrompido, todo el cuerpo se corrompe. ¡Pues bien! Se trata del corazón.»

«Cada cosa tiene su pulimento, y el pulimento del corazón se hace por la invocación de Allâh.»

«Alguien preguntó: ¡Oh Profeta!, ¿quién es la mejor persona junto a la cual sentarse? Dijo: aquel cuya vista os recuerda a Dios, cuyas palabras añaden a vuestra ciencia y cuyos actos os recuerdan el más allá»1.

«Perdona a quien fue injusto contigo, visita a quien nunca te visita, y da a quien te privó.»

Todas estas palabras sublimes encuentran su estuche en el Profeta de Dios y su fuente en el Texto sagrado, como vamos a descubrirlo y a precisarlo ahora.

Las conveniencias entre creyentes

En primer lugar, respecto a los propios creyentes, se dice: «¡Oh vosotros, los creyentes! Que unos no se burlen de otros; podría ser que estos fueran mejores que aquellos. Que las mujeres no se burlen de las otras; podría ser que estas fueran mejores que aquellas» (XLIX, 11). Lo que el versículo siguiente completa muy pragmáticamente: «¡Oh vosotros que creéis! Cuando se os dice: haced sitio a los demás en las asambleas, hacedlo; y Dios os reservará un sitio. Cuando se os dice: ¡levantaos! ¡Hacedlo!» (LVIII, 11).

La dimensión profética

En segundo lugar, los creyentes han de considerar la dimensión profética: «Sabed que el Profeta de Dios está entre vosotros; y que si en muchos casos os obedeciera, os encontraríais en grandes dificultades» (XLIX, 7); y han de adaptar su comportamiento: «¡Oh vosotros, los creyentes!, no elevéis la voz por encima de la del Profeta. No le dirijáis la palabra como lo hacéis entre vosotros, no sea que vuestras obras queden en vano sin que os deis cuenta. Quienes bajan la voz en presencia del Profeta de Dios, esos son aquellos cuyos corazones Dios escruta para poner en ellos el temor reverencial (taqwâ)» (XLIX, 2-3). Asimismo, en el momento del contacto directo con el Profeta de Dios, hay una recomendación imperativa reiterada así: «¡Oh vosotros que creéis!, cuando tengáis una entrevista privada con el Profeta, hacedla preceder de una limosna (sadaqa); es preferible para vosotros y más puro. ¿Os da reparo hacer preceder de limosnas (sadaqât) vuestra entrevista? Cuando no podéis hacerlo, Dios es misericordioso. Si no lo hacéis, Dios acoge vuestro arrepentimiento. Cumplid entonces con la oración (salât) y haced la limosna (zakât)» (LVIII, 12-13). Aquí se entiende con exactitud la diferencia entre la sadaqa, limosna voluntaria (mandûb), y la zakât, limosna legal de reparación (fard).

La casa del Profeta

En el orden del adab, y en lo que toca más particularmente a la casa del Profeta de Dios, hay además tres indicaciones muy precisas que se suceden así.

Primero: «El Profeta está más cerca de los creyentes que ellos mismos de sí mismos; sus esposas son sus madres» (XXXIII, 6), es decir, explícitamente, que no pueden concebir casarse con aquellas a quienes Dios ha establecido como sus «madres».

Segundo: «¡Oh vosotras, mujeres del Profeta! No sois comparables a ninguna otra mujer. Si sois piadosas, no os rebajéis en vuestro hablar, a fin de que aquel cuyo corazón está enfermo no os codicie. Usad de un lenguaje decoroso. Permaneced en vuestras casas, no os mostréis con vuestros atavíos como lo hacían las mujeres en tiempos de la antigua ignorancia (al-yâhiliyya). Cumplid con la oración, haced la limosna; obedeced a Dios y al Profeta. ¡Oh vosotros, gente de la casa! Dios solo quiere apartar de vosotros la inmundicia y purificaros totalmente» (XXXIII, 32-33).

Y tercero, para consumar estas recomendaciones, se especifica: «Cuando pedís algún objeto a las esposas del Profeta, hacedlo detrás de un velo (hiyâb); será más puro para vuestros corazones y para los suyos. No debéis ofender al Profeta de Dios, ni jamás casaros con sus antiguas esposas; sería por vuestra parte una enormidad ante Dios» (XXXIII, 53). Conviene observar aquí, con discernimiento, que el término hiyâb alude a la protección específica de la que han de beneficiarse las esposas del Profeta de Dios para la pureza de sus corazones, en particular en tanto que «madres» de los creyentes; y que solo los hombres, por un comportamiento sin discernimiento y a veces inconveniente, están en el origen de esas recomendaciones divinas.

Obediencia y permiso

Por último, para que el adab se ejerza en su plenitud, los creyentes están obligados a tener en cuenta las prescripciones divinas y las recomendaciones y decisiones del Profeta de Dios. El Texto sagrado lo enuncia en los tres versículos que hemos escogido.

Primero está la preocupación de obedecer: «Cuando los creyentes son llamados ante Dios y Su Profeta para que este juzgue sus diferencias, no pronuncian sino una sola palabra: ¡oímos y obedecemos (sami’nâ wa ata’nâ)! Esos son los dichosos» (XXIV, 51).

Después ha de imponerse al creyente el sentimiento profundo de que no le corresponde elegir el momento en que debe acabar su entrevista con el Profeta de Dios. Así: «… Cuando están con él por un asunto que les reúne, no se retiran antes de haberle pedido permiso (idhn). Quienes te piden ese permiso son los que creen en Dios y en su Profeta» (XXIV, 62).

Por último, en toda su majestuosa rigurosidad, se impone la decisión una vez tomada. Porque: «Cuando Dios y su Profeta han tomado una decisión (qadâ Allâh), no conviene ni a un creyente ni a una creyente mantener su elección (jiyâra), es decir, su capacidad de libre albedrío (ijtiyâr), sobre ese asunto. Quien desobedece a Dios y a su Profeta se extravía entonces total y manifiestamente» (XXXIII, 36). Como ya se ha señalado, la manifestación del libre albedrío humano no puede valer frente al decreto divino inmutable.

Se ve claramente que el adab reside siempre en la disolución del ego (nafs) y en la servidumbre (’ubûdiyya). Uno de los hombres de Dios (ahl Allâh), practicante de la vía sufí, lo ha dicho así: «Quien me supera en buen comportamiento me supera en sufismo (tasawwuf)». Palabra que, para el buscador sincero, abre el corazón a la necesidad de una guía y de un compañerismo espiritual.

Michel Abdallah Grimbert

Para ir más lejos

Footnotes

  1. Corán XVIII, 28: «Permanece en compañía de quienes, mañana y tarde, invocan a su Señor deseando Su faz. Que tus ojos no se aparten de ellos, codiciando el oropel de la vida de este mundo.» ↩