Rasgos de humor sufí: Chiblî, Jaraqânî y los demás

Un hombre en apuros lloraba a lágrima viva. Ante tan triste espectáculo, Abû Bakr al-Chiblî (861-946) le preguntó:

«Pobre amigo mío, ¿qué te pone en tal estado?

«No tenía más que un único verdadero amigo, solloza el hombre, y acaba de morir.

«¡Desdichado!, exclamó Chiblî. ¿Pero por qué elegiste un amigo susceptible de morir?».

En el siglo XI, el emperador Mahmûd de Ghaznî (971-1030) confió, en un bello gesto de caridad, un saco de monedas de oro a un maestro sufí, ordenándole distribuir esas riquezas a las gentes que más las mereciesen. El sufí tomó el saco y eligió repartirlo entre los miembros más ricos de la comunidad.

Al enterarse de la noticia, el soberano se irritó por esa extraña y poco caritativa acción y pidió su razón al sufí, advirtiéndole de que le convenía aportar una explicación de lo más convincente, so pena de ser decapitado en el acto.

«Majestad, replicó el sufí, he cumplido estrictamente vuestro deseo dando el oro a quienes más lo merecían, como vos mismo me ordenasteis. Lo he confiado, pues, a aquellos a quienes Dios ya ha favorecido, en lugar de a quienes están privados de ello por Su voluntad».

Un loco de Dios tenía la costumbre de salir con la cabeza descubierta por las calles de Ghazni (Afganistán). Alguien le preguntó por qué no llevaba tocado, como estipulaba la costumbre local. «A menos que Él me haga caer uno de ahí arriba, respondió, ¡jamás pondré semejante objeto sobre mi cabeza!».

Un día, mientras deambulaba por un estrecho callejón, alguien, desde una ventana elevada, arrojó la cáscara de media sandía. Ese bonete improvisado terminó su caída en lo alto de su cráneo, donde se ajustó de maravilla. El loco había recibido así su sombrero celestial. Pero lo tomó entre los dedos, lo observó atentamente y lo devolvió en dirección al cielo exclamando: «¡Si ese es el único tocado que puedes enviarme, recupéralo y llévalo Tú mismo!».

Abû l-Hasan al-Jaraqânî (963-1033), el enamorado de Dios, estaba profundamente recogido y meditaba en un gran silencio. De repente, la Voz divina se hizo oír:

«¡Oh Abû l-Hasan! ¿Deseas que informe a todo el mundo de lo que sé de ti, de modo que se aparten de ti y te lapiden?

«¡Oh Señor!, respondió Jaraqânî, ¿deseas que diga a la gente lo que sé de Tu indulgencia y de Tu misericordia, de modo que dejen de hacer sus oraciones?

«En ese caso, dijo la Voz, Yo guardo silencio sobre ti y tú guardas silencio sobre Mí».

Un día, Chiblî fue a visitar a Abû l-Husayn al-Nûrî (840-907). Lo encontró en un estado de meditación completa, absolutamente inmóvil. De su cuerpo, ni un pelo, ni una pestaña, ni un vello se movía. Cuando salió de ese estado, Chiblî le preguntó quién le había enseñado una quietud tan perfecta. Respondió: «La aprendí de un gato que acechaba un ratón. Pero él alcanzaba una inmovilidad muy superior a la que yo apenas me acerco».

Chiblî vio a dos niños pelearse por una nuez. Tomó la nuez y explicó que iba a dividirla en dos partes iguales, una para cada uno. Rompió entonces la cáscara, que se reveló vacía. En ese momento, una Voz celeste intervino: «Ahora, Chiblî, intenta pues repartir la nuez equitativamente, ¡ya que pretendes ser un justo repartidor!».

El maestro sufí se sintió avergonzado ante tal dilema, pero encontró la fuerza de declamar: «¡Oh Señor! En verdad, toda esa disputa entre dos niños a propósito de una cáscara vacía, y ahora esta querella entre Tú y yo a propósito de un justo repartidor que no tiene nada que repartir…».

El pollo de Yunâyd

Uno de los discípulos de Yunâyd (830-910) era particularmente bien tratado por este, lo que no dejaba de suscitar reacciones de celos. Los otros discípulos acabaron por quejarse ante Yunâyd de los favores que reservaba a su protegido. Les dijo entonces: «Queridos amigos míos, amo en efecto a ese hombre más que a vosotros, porque ha alcanzado una comprensión más profunda. Si no me creéis, vamos a hacer un experimento…».

Yunâyd se hizo traer veinte pollos vivos, los repartió uno a uno entre cada uno de sus discípulos y proclamó: «¡Ahora, que cada uno de vosotros vaya a matar su pollo en un lugar donde nadie lo vea!». Todos volvieron poco después con su ave degollada. Todos menos uno: el preferido del maestro volvió con su pollo todavía vivo. Se le preguntó por qué no había sacrificado su ave y cómo se había atrevido a desobedecer a Yunâyd. Se dirigió entonces a este: «Maestro, habéis especificado que el pollo debía ser muerto en un lugar donde nadie me viera. Pues bien, no he podido encontrar tal lugar porque, dondequiera que fui, sentí sobre mí el ardor de Su mirada».

Ibrâhîm al-Jawwâs (fallecido en 904) contó que erraba por el desierto y había perdido el camino. De repente, un gallo cantó a lo lejos. Ibrâhîm se alegró y se dirigió en su dirección. Pero, al comprometerse así, encontró a una persona muy poco recomendable que le buscó pendencia y lo maltrató.

Desesperado, Ibrâhîm dio media vuelta implorando a Dios: «¿Pero por qué permites que semejante desventura me ocurra, cuando he puesto toda mi fe en Ti?». La respuesta divina no tardó: «Mientras te fíes de Mí, Yo te protejo. ¡Pero si confías en el grito de un simple ave, recoges lo que mereces!».

Un día, Yunâyd vio a Chiblî presa de la más viva agitación.

«Amigo mío, le murmuró Yunâyd, si pusieras tus preocupaciones en manos de Dios, ¡encontrarías sin duda la tranquilidad!

«Hermano mío, replicó Chiblî, ¡me sentiría infinitamente mejor si Dios quisiera dejarme tranquilo con mis problemas!».

Un maestro sufí caminaba, acompañado de sus discípulos, por las calles de una ciudad. Desde lo alto de una terraza, alguien arrojó cenizas que cayeron sobre la cabeza del maestro. Escandalizados, los discípulos quisieron castigar al irrespetuoso. «¡Pero no!, exclamó el maestro. ¡Hay que agradecer a Dios mil veces: en lugar de aniquilarme por el fuego, solo me ha castigado con la ceniza!».

Relatos sacados de la obra Reír con Dios (Albin Michel).

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