Hikam nº 1: no contar con las propias obras (Ibn 'Atâ' Allâh, comentario de Ibn 'Ajîba)

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Las hikam (sentencias de sabiduría) del shaykh Ibn ‘Atâ’ Allâh al-Iskandarî, compuestas en el siglo XIII, son una fuente inagotable de reflexión y meditación sobre el camino espiritual. Grandes sufíes las han comentado, entre ellos el shaykh Ibn ’Ajîba, guía marroquí de la misma cofradía shâdhilî, que vivió en el siglo XIX. Damos aquí una selección de sus comentarios.

Hikma 1

Si nuestra esperanza decae cuando cometemos un paso en falso, es que aún contamos ante todo con nuestras acciones.

Quien recorre sus estados interiores no debe apoyarse en sí mismo ni en sus propias acciones, ni en sus estados espirituales ni en sus facultades personales. Debe contar con el favor de su Señor, con Su don de acierto, con Su guía y Su dirección. Así lo atestigua la Revelación coránica: «Tu Señor crea lo que quiere y elige; no hay elección para los hombres» (Corán XXVIII, 68). «Si Dios lo hubiera querido, habría hecho de los hombres una sola comunidad. Pero no cesarán de discrepar entre sí, salvo aquellos a quienes tu Señor haya concedido Su misericordia» (Corán XI, 120). Este último versículo no solo da una explicación espiritual de los conflictos entre los pueblos, sino que también revela a los hombres el origen de su conflicto interno: la dualidad del alma. Quien realiza la unicidad divina en sí no lo hace sino por la gracia de su Señor, y no por los recursos de su ego. Una palabra transmitida del Profeta lo confirma: «Ninguno de vosotros entrará en el Paraíso por sus obras». Los compañeros preguntaron: «¿Ni siquiera tú, oh Enviado de Dios?» Respondió: «Ni siquiera yo, a menos que Dios me envuelva en Su misericordia».

Un hombre piadoso se sorprendió ante este versículo: «Entrad en el Paraíso por lo que hacíais» (Corán XVI, 32), puesto que el Profeta había afirmado que nadie entraría en el Paraíso por sus acciones. La respuesta a esa aparente contradicción es que el Corán y la sunna se complementan: ora traen una prescripción, ora una luz más profunda. A veces el uno da la regla y el otro evoca la realidad espiritual, aunque traten de lo mismo. Así, el Corán legisla en lo exterior sobre una circunstancia mientras la sunna explica su realidad interior, y la situación también se da a la inversa. El Corán atestigua que el Profeta Muhammad fue enviado para explicitar la Revelación divina: «Y hacia ti hicimos descender el Recuerdo, para que expongas claramente a la gente lo que se les ha revelado» (Corán XVI, 44). El versículo «Entrad en el Paraíso por lo que hacíais» es una legislación dirigida a los sabios de la religión y de las ciencias exteriores, mientras que la palabra del Profeta es una enseñanza para quienes buscan la realidad espiritual, a fin de orientar su modo de realización. Lo contrario ocurre con el versículo «No podéis querer sino si Dios quiere…» (Corán LXXXI, 29), que enuncia una realidad profunda, mientras la palabra del Profeta «Cuando uno de vosotros hace una buena acción, se le inscribe una buena acción» pertenece a las consideraciones exteriores.

En suma, la sunna y el Corán se complementan para ofrecer una visión de conjunto. Si el Corán legisla en un punto, la sunna contiene en otra parte la realidad de ese asunto, y viceversa. No hay contradicción ni confusión entre un versículo y un hadiz, solo una diferencia de punto de vista. Cada cual debe servirse, pues, de sus dos ojos: uno para contemplar la realidad espiritual, otro para mirar la ley sagrada.

Cabe dar otra explicación de esas aparentes contradicciones: cuando Dios llamó a las criaturas al monoteísmo puro, estas no podían responder sin haber borrado todo rastro de sus deseos personales. Dios prometió entonces a Sus criaturas una recompensa por cada acción. Una vez que los primeros musulmanes se afirmaron en su práctica, el Profeta impartió las enseñanzas que permiten apartarse del deseo de recompensa para elevarse hacia la pureza de las intenciones y hacia la realización del estado de sinceridad. Así pudo decir: «Nadie entrará en el Paraíso por sus acciones».

Contar con el fruto de las propias acciones es señal de que no se ha salido aún de una conciencia individual separada de su Principio. Apegarse a los carismas y a los estados espirituales es señal de un contacto insuficiente con los auténticos hombres de Dios. Alcanzado el verdadero abandono a Dios, la esperanza no se atenúa si se cae en una forma de desobediencia, ni aumenta cuando se obra con toda excelencia. Del mismo modo, el temor reverencial al Señor no crece por el solo hecho de cometer un acto de inadvertencia, ni la esperanza se acrecienta cuando sobreviene un despertar interior. Temor y esperanza se equilibran permanentemente, pues el temor nace de la contemplación de la majestad divina (jalâl) y la esperanza de la contemplación de la belleza de Dios (jamâl). Lo que recibe quien ha alcanzado ese grado no es, pues, de la misma naturaleza que lo que recibe quien pone su esperanza en las obras: para este último, si sus buenas acciones flaquean, su confianza en Dios decae, y cuando sus deseos se multiplican, alimenta una gran esperanza, nacida de la ilusión de estar separado de su Señor.

El guía espiritual perfecto libra el alma del discípulo de sus tormentos al hacerla morar en el reposo por la visión de su Señor. Es, por tanto, quien procura el reposo tras el desasosiego, y no quien conduce al desasosiego. Si quien guía al discípulo hacia sus obras lo agota, y quien lo guía hacia este mundo lo engaña, quien lo guía hasta Dios lo hará tal como describió Ibn Mashîsh1: «La dirección hacia Dios es la dirección del olvido de sí. Cuando te ocultas a ti mismo, recuerdas a tu Señor. Dios el Altísimo dice: “¡Recuerda a tu Señor si llegas a olvidar!” (Corán XVIII, 24). Así, la aflicción viene de recordarse continuamente a uno mismo y de los afanes que traen las propias ocupaciones. ¡Bienaventurado quien es ajeno a todo eso!»

El versículo «Creamos al hombre en la aflicción» (Corán XC, 4) se dirige a la gente «del velo», es decir, a quienes todavía creen subsistir por sí mismos. A quienes están extinguidos en Dios les conciernen estos otros versículos: «Quien se cuente entre los más próximos gozará de reposo, perfume y un jardín de delicias» (Corán LVI, 88-89), «No les alcanzará allí la fatiga y jamás serán expulsados de ella» (Corán XV, 48). El reposo se gusta por la unión, los perfumes por la belleza y los jardines por la perfección. Pero el reposo no se concede sino tras el trabajo, ni la victoria se obtiene sino tras la búsqueda.

Traducción de los comentarios: Nawfal Mac N.

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Footnotes

  1. El shaykh ’Abd as-Salâm Ibn Mashîsh, gran guía espiritual de finales del siglo XII, autor en particular de la salât mashîshiyya, todavía recitada en ciertas cofradías sufíes. ↩