La oración sobre el Profeta (1): la Realidad muhammadiana

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Oración

La oración sobre el Profeta está prescrita para todo creyente por el versículo siguiente: «Dios y Sus ángeles bendicen al Profeta: oh vosotros, creyentes, llamad sobre él las bendiciones y presentadle el saludo» (Corán XXXIII, 56).

Se practica en particular en cada oración ritual, así como en las invocaciones individuales y colectivas de las vías sufíes.

La primera luz creada

El Enviado de Dios nos enseña que la primera luz creada fue la del Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Dios sean sobre él), como resulta del hadiz siguiente que describe el proceso de la creación:

Yâbir ibn ’Abd Allâh dijo: «Oh Enviado de Dios, por mi madre y mi padre, infórmame sobre la primera cosa creada por Dios, antes que toda cosa».

El Profeta respondió: «Oh Yâbir, Dios (exaltado sea) creó antes que toda cosa la luz de tu Profeta de Su propia luz, y luego hizo que esa luz girara por la Omnipotencia de Dios allá donde Dios quiso. No había en ese momento ni Tabla, ni Cálamo, ni Paraíso, ni Infierno, ni ángel, ni cielo, ni tierra, ni sol, ni luna, ni genio, ni humano.

Cuando Dios quiso manifestar la creación, dividió esa luz en cuatro partes, y luego creó de la primera parte el Cálamo, de la segunda parte la Tabla, y de la tercera parte el Trono. Luego dividió la cuarta parte en cuatro partes: creó de la primera parte a los Portadores del Trono (los Arcángeles), de la segunda parte el Pedestal y de la tercera parte el resto de los ángeles.

Luego dividió la cuarta parte en cuatro partes: creó de la primera los cielos, de la segunda las tierras, y de la tercera el Paraíso y el Infierno.

Luego dividió la cuarta parte en cuatro partes: creó de la primera la luz de la vista de los creyentes, de la segunda la luz de sus corazones, que es el conocimiento de Dios (exaltado sea), y de la tercera la luz de su intimidad (uns), que es la ciencia de la unicidad (tawhîd): “No hay divinidad más que Dios, y Muhammad es Su Enviado”».

Ibn ’Ajîba refiere también que, según ciertos hadices, «cuando Dios quiso revelarse para ser conocido, hizo aparecer un puñado de Su luz y le dijo: “Sé Muhammad” (kuni Muhammada)».

La Realidad muhammadiana

Así, toda la existencia universal proviene de esa «Realidad muhammadiana», intermediaria entre Dios el Altísimo y la manifestación universal. En particular, la luz de la vista de los creyentes y la de su corazón provienen de esa misma Realidad muhammadiana, como afirma expresamente este otro hadiz del Enviado de Dios: «Yo provengo de la luz de Dios y los creyentes provienen de mí».

Estas consideraciones permiten comprender mejor el versículo del Corán «Di: seguidme si amáis a Dios» (III, 31), así como «Quienes obedecen al Profeta obedecen a Dios» (IV, 80).

Aparece, pues, que Muhammad es a la vez nuestra totalidad y nuestro centro interior: es al mismo tiempo el ser más próximo a Dios y el mediador indispensable para llegar al Señor Altísimo. A este respecto, el sufí Abû Sa’îd al-Jarrâz refiere que el Enviado de Dios le dijo en sueños: «Quien ama a Dios debe haberme amado».

Ciertamente, exteriormente, el Profeta es un ser humano, y en ese sentido pudo decir: «Soy un ser humano como vosotros» (anâ basharun mithlukum). Pero interiormente es el Hombre universal, la plena realización del estado humano, el prototipo de todo lo que ha sido creado, la norma de toda perfección, el espejo en el que Dios contempla la existencia universal.

El mediador y el Polo

Esa función de wasîta (intermediación) es por otra parte uno de los fundamentos de la práctica del tawayuh (orientación), siendo el jeque vivo el representante del Profeta en un momento dado, así como el transmisor de esa luz muhammadiana.

Es ese influjo el que el Polo recibe y difunde hacia la manifestación, hacia la totalidad de la creación, como lo ilustra este pasaje de La sabiduría de los maestros sufíes, en el que Ibn ‘Atâ’ Allâh relata una experiencia espiritual vivida por el jeque Abû-l-Hasan al-Shâdhilî:

El jeque declaró un día que, cuando el influjo divino (madad) descendía sobre él, lo veía propagarse hasta el pez en el agua y el pájaro en el cielo. El jeque Amîn ad-Dîn Yibrîl le dijo entonces: «¡Vos sois el Polo! ¡Vos sois el Polo!». «Soy el siervo de Dios, soy el siervo de Dios», respondió el jeque.

La bendición divina sobre el Profeta significa la gracia y la misericordia que el Altísimo hizo descender sobre Su Enviado confiriéndole la grandeza y la superioridad sobre todo lo que Él ha creado: «Si no hubieras sido, no habría creado los cielos» (hadiz qudsî).

El Enviado de Dios es a la vez la manifestación de la misericordia y una misericordia para los mundos, como atestigua el Corán: «No te hemos enviado más que a título de misericordia para los mundos» (XXI, 107).

En tanto que Realidad muhammadiana, el Profeta vino al comienzo del ciclo profético, y es a su aspecto interior de Logos al que se refiere el hadiz: «Era Profeta cuando Adán estaba aún entre el agua y la arcilla».

La Tradición refiere que el Profeta preguntó un día a Seydina Yibrîl: «¿De qué fuente extraes los versículos del Corán que me transmites?». Seydina Yibrîl le respondió tras un momento: «Minka ilayka», es decir, «De ti hacia ti», «De ti» haciendo referencia a la Luz muhammadiana.

Dios y Sus ángeles oran sobre el Profeta

La primera parte del versículo que instituye la oración sobre el Profeta, relativa a la bendición de Dios y de los ángeles, significa que Dios, que es el Principio no manifestado, así como Sus ángeles, que son la manifestación supraformal, transmiten gracias vitales al Profeta, que simboliza la manifestación universal, el Centro de esta.

Según el jeque Ahmad al-’Alâwî, el acto divino expresado por la palabra «salli» (bendice) significa que el yo finito del Mensajero es continuamente alcanzado y colmado, por decirlo así, por el Infinito.

Orar sobre el Profeta es, para el creyente, invocar las bendiciones de Dios sobre Muhammad, el Enviado de Allâh. Esta oración es de uso general en el islam, puesto que el Corán y la sunna la prescriben y la Tradición le vincula numerosas bendiciones.

El Enviado de Dios nos invita él mismo a orar sobre él, en estos términos: «Pedid a Dios que derrame Sus gracias sobre mí; invocadlo para que me las conceda, con una fe ardiente, y decid: “Oh Dios mío, derrama Tus bendiciones sobre Muhammad y sobre la familia de Muhammad”».

A la inversa, otro hadiz precisa: «No hay gracias divinas para quien no llama sobre Su Profeta las bendiciones del cielo». Otro hadiz: «El avaro es quien oye hablar de mi nombre y no ora sobre mí».

De acuerdo con todos los sabios musulmanes, en particular el imâm Mâlik, llamar las bendiciones de Dios sobre el Profeta, aunque no sea más que una vez en la vida, es una obligación divina para todo musulmán, en virtud de la orden contenida en el Corán. Orar frecuentemente sobre el Profeta es una sunna recomendada (mu’akkada).

Continuación: las gracias unidas a la oración y la salât ibrâhîmiyya.