La vida del Profeta Muhammad (10/11): las expediciones (magazíes)

Parte 10 de 11 · La vie du Prophète

Índice
Luz y caligrafía

Por Michel Abdallah Grimbert, discípulo de la Tariqa Qadiriya Boutchichiya.

Badr

Lo primero fue la victoria fundadora de los musulmanes, obtenida en condiciones realmente notables, milagrosas incluso en algunos casos (bajo la conducción del Espíritu divino): la batalla de Badr, el 17 de marzo de 623 (19 de ramadán del año 2 de la Hégira). Una victoria de enorme resonancia entre el conjunto de las tribus árabes, aunque todavía no decisiva. Y es que enfrentó a 305 musulmanes (un mequí convertido sobre el propio campo de batalla, 74 emigrantes muhayirún y 230 ansar medinenses) con un millar de mequíes. Las enseñanzas que encierra son innumerables, y todas ellas son signos directos de parte de Dios.

El primer signo es el apoyo de los ejércitos angélicos anunciado en el Corán: (III, 123-126) «Dios os socorrió, sin embargo, en Badr, cuando erais humillados… ¿No os basta que vuestro Señor os ayude con tres mil de Sus ángeles enviados hasta vosotros?». Después está el orden de batalla adoptado, un solo cuerpo disciplinado, contra la costumbre de los árabes del desierto, que hasta entonces combatían mediante escaramuzas o correrías (gazauat, pasadas a la lengua como razia), guiadas por el mero instinto de la pelea: (LXI, 4) «Dios ama, en verdad, a quienes combaten en Su camino en filas apretadas, como si formaran un edificio afirmado con plomo». Y está también la intervención directa de Dios en el comportamiento de su Profeta, cuando arrojó, para anunciar el comienzo de las hostilidades, un puñado de guijarros al rostro de sus enemigos: (VIII, 17) «…No eras tú quien lanzaba los proyectiles cuando los lanzabas, sino que Dios los lanzaba…».

Otro signo: la revelación de la importancia del sonido, incluso en los primeros estados post mortem. El Profeta de Dios se dirigió directamente a los infieles muertos que ya estaban en sus tumbas, lo que indica que aún podían oír su mensaje. El rito funerario musulmán lo ha recogido: las súplicas que se hacen por el difunto son, según la tradición, aceptadas por Dios, que lo recubre todo con Su misericordia1. Y por último está la comparación de las bajas de uno y otro bando: catorce musulmanes perdieron la vida, aun siendo mucho menos numerosos, frente a cincuenta muertos y otros tantos prisioneros entre los mequíes.

Uhud

Vino después la batalla de Uhud, en el año 625: una derrota dolorosa para los musulmanes, por su propia culpa; pero, por gracia de Dios, no decisiva. El propio Profeta de Dios resultó herido y tuvo que lamentar la muerte de compañeros y combatientes ilustres, entre ellos su tío Hamza ibn Abd al-Muttalib. Hay que recordar que, en el curso de la batalla, los musulmanes se mostraron divididos: desobedecieron las órdenes del Profeta de Dios, a quien debían cubrir, y abrieron así una brecha decisiva a la caballería enemiga2. Algunos llegaron a mostrarse pusilánimes, obcecados por la idea del botín que iban a repartirse3, hasta el punto de causar la muerte de valerosos compañeros, caídos como mártires (shahid, pl. shuhada). Y sin embargo, las tropas mequíes gritaron victoria demasiado pronto; dieron por muerto al Profeta de Dios sin comprobarlo y se retiraron sin sacar una ventaja decisiva y definitiva: (VIII, 19) «Vuestras tropas de nada os servirán, por numerosas que sean. ¡Dios está con los creyentes!».

¡Por suerte, Dios velaba! Pero la lección fue de una crueldad tremenda.

Jandaq, la batalla de la Trinchera

Después llegó la llamada batalla de la Trinchera (jandaq), en el año 627, conocida también como la «guerra de los Confederados» (ahzab): mequíes y diversas tribus beduinas y judías, unos 10 000 combatientes con un millar de jinetes, frente a unos 3 000 medinenses. Fue una batalla esencialmente defensiva, que el Profeta supo anticipar en gran medida: hizo recoger las cosechas antes de la llegada del enemigo, lo que dejó a sus caballos sin forraje. Fue también la ocasión de poner en práctica un estratagema defensivo inédito en el arte de la guerra de los árabes: una profunda zanja que rodeaba el lugar que había que preservar, sobre la que se estrelló la caballería de los confederados. Desalentados, y castigados además por violentas inclemencias del tiempo (XXXIII, 9: «Cuando los ejércitos marcharon contra vosotros, enviamos contra ellos un huracán y ejércitos invisibles»), los confederados no tardaron en reconocer su derrota y batieron en retirada. La idea partió de Salman al-Farisi, Salman el Persa, un compañero tan cercano al Profeta, como ya hemos indicado, que este lo consideraba un miembro de su familia (ahl al-bayt). Su trayectoria, desde su Persia natal hasta su lealtad a Muhammad, a quien reconoció como el Profeta anunciado (gracias en particular a la marca que distinguió en su espalda), pasó primero por una conversión al cristianismo; traicionado después por sus compañeros de entonces, acabó vendido como esclavo, y recobró la libertad con la ayuda del Profeta de Dios. Esa proximidad eminente hizo de él un modelo de transmisión iniciática, sobre todo para los pueblos no árabes del imperio sasánida, de Iraq a Jorasán, de Bagdad a Kabul, con los que su genio personal guardaba una afinidad profunda.

Hunayn

Luego vino la batalla de Hunayn, en 630, que pone de relieve la importancia del «modelo profético» (uswatun hasanatun): (IX, 25-28) «Dios os socorrió… el día de Hunayn, cuando vuestro gran número de nada os servía… Dios hizo descender después Su sakina sobre Su Profeta y los creyentes. Hizo descender ejércitos invisibles… ¡Vosotros que creéis! Los politeístas no son sino impureza: no volverán a acercarse a la Mezquita sagrada (al-Masyid al-Haram) una vez transcurrido este año». Dos cosas hay que retener aquí. Por un lado, en medio de combates rudos y penosos, cuando las dificultades y las dudas empezaban a insinuarse entre los compañeros, el Profeta repitió el gesto del «lanzamiento de guijarros» que Dios le había inspirado directamente en Badr, y actualizaba así, es cierto, el gesto de Abraham contra Satanás que los peregrinos repiten ante las tres estelas (yamarat) dispuestas en Mina. Por otro lado, el Profeta de Dios recordó esa vez a los musulmanes el «pacto» (bay’a) iniciado en Aqaba en el año 620, e hizo llegar su orden por la voz de al-Abbas, a la que cada uno respondió con el célebre «¡aquí estamos!»: ¡labbayk!, el grito que envuelve con su gracia la peregrinación a la Casa sagrada de Alá desde el llamamiento de Abraham: (XXII, 26-27) «Establecimos para Abraham el emplazamiento de la Casa. No Me asocies nada, purifica Mi Casa… Llama a los hombres a la peregrinación: vendrán a ti a pie o sobre toda camella escuálida. Vendrán por caminos hondos (profundos, en sentido exterior como interior)».

Tabuk

Por último tuvo lugar la batalla (magazi) de Tabuk, en los confines del imperio bizantino, en el año 631; fue la última expedición dirigida por el Profeta de Dios. Prefigura la conquista árabe (al-fath): tras la muerte del Profeta en 632, las tribus primero, y después los pueblos encontrados a su paso, se anexionaron o se sumaron uno tras otro, hasta formar lo que llegaría a ser el dar al-islam, es decir, los territorios donde predomina la ley religiosa islámica (sharia), protectora de las demás comunidades. A este respecto hay que considerar dos nociones complementarias: primero, ¿qué comunidades debe respetar el islam?; y segundo, ¿qué estatuto jurídico se les concedió? Sobre el primer punto, se trata de quienes reciben el nombre de ahl al-kitab, las «gentes del Libro», que el Corán precisa así: (X, 47) «A cada comunidad se le ha enviado un profeta» y (V, 48) «A cada una le hemos dado una ley (shir’a) y un código (minhay)». La historia, sin embargo, restringió por desgracia esta amplísima visión coránica a los únicos pueblos que recibieron las escrituras reveladas: (II, 62 y V, 69) «Como los judíos, los cristianos y los sabeos, que son quienes creyeron en Dios, en el último Día, y obraron el bien». El estatuto jurídico que se les otorga se llama ad-dimma: a condición de pagar un impuesto por cabeza (yizia) y un impuesto sobre la tierra (jarach), tenían derecho a conservar sus instituciones, sobre todo en materia de justicia, y estaban protegidos por los musulmanes. Como ya hemos apuntado, los musulmanes aciertan de pleno al decir que estos territorios conquistados habían sido en cierto modo preparados por la conquista de Alejandro Magno, llamado en el Corán Du l-Qarnayn (XVIII, 83-92).

Para saber más

Footnotes

  1. C.-A. Gilis, La Prière sur le défunt : salât al-janâza, según la enseñanza de Ibn Arabi, ed. Albouraq. ↩

  2. Corán III, 152: «Dios os cumplió Su promesa cuando, con Su permiso, aniquilabais a vuestros enemigos, hasta el momento en que flaqueasteis, en que discutisteis sobre aquel asunto. Desobedecisteis después de que Dios os hubiera mostrado lo que deseabais». ↩

  3. Corán VIII, 67-68: «Queréis los bienes de este mundo, cuando Dios quiere para vosotros la vida futura… Si una prescripción de Dios no hubiera ya intervenido, un terrible castigo os habría alcanzado por aquello de lo que os apoderasteis». ↩