Salmán el Persa o la búsqueda del maestro perfecto

La historia de Salmán al-Fârisî (el Persa) ocupa un lugar aparte en la Vida del Profeta reunida por Ibn Ishâq (fallecido en 767) y retomada por Ibn Hichâm (fallecido en 833). Cabría esperar encontrarla justo después de la hégira, en el momento en que Salmán encontró al Profeta. Sin embargo, precede por poco al relato de la primera revelación recibida por Muhammad, justo antes de la mención de cuatro coraichitas que, poco antes del advenimiento del islam, renegaron del culto de los ídolos para reencontrar la religión de Abraham. Dos razones explican esa elección: por una parte, la historia de Salmán, como la de Zayd, uno de los cuatro coraichitas, comporta el anuncio por un monje o sacerdote cristiano de la llegada inminente de un profeta en Arabia; por otra parte, Salmán y esos cuatro personajes persiguen un mismo fin: adorar a Dios en hanîf. Este término califica en el Corán la actitud de Abraham, que quebró los ídolos de su pueblo, luego se apartó de todas las manifestaciones parciales de la luz divina para orientarse al fin hacia la sola luz de la Esencia (Corán VI, 74-79). La Revelación coránica y la misión muhamadiana se presentan como la restauración de la hanîfiyya, la religión primordial y la tradición de Abraham.

Zayd muere en el camino de vuelta antes del advenimiento del islam, y el Profeta, interrogado más tarde sobre él, dirá que «será resucitado como una comunidad él solo». Salmán, por su parte, se une al Profeta al término de un recorrido que lo conduce primero de su religión de origen, el zoroastrismo, hacia el cristianismo. Salmán abraza la religión de Cristo para encontrar la Verdad que sabe encarnada en un hombre, el mejor de su tiempo. Tras una primera experiencia desafortunada pero reveladora de una espiritualidad falsa o de fachada, Salmán se vincula sucesivamente a cuatro maestros. El primero es un obispo; nada se dice de los otros, pero puede pensarse que pertenecen al clero. Son designados en efecto no por su nombre sino por su ciudad, como si se identificaran con centros espirituales. Residen en Damasco, Mosul, Nisibe y Amorio: Siria, Alta Mesopotamia y Asia Menor, tres focos de la espiritualidad cristiana próximo-oriental.

Nos ha parecido importante respetar en la traducción el carácter voluntariamente repetitivo del texto. Esos maestros se apagan uno tras otro. Cuando Salmán les pregunta en su lecho de muerte quién será su sucesor, todos responden más o menos de la misma manera: «Ya no hay nadie que sea según lo que yo era, si no es un hombre en…». La expresión «que sea según…» engloba la doctrina y la práctica, es decir, una vía de adoración y de conocimiento. El «si no es un hombre en…» sugiere la transmisión de una función y el mantenimiento, por un pequeño número de hombres, de una tradición. En sus peticiones, Salmán emplea siempre el mismo verbo, traducido aquí por «recomendar» (awsâ), que significa más precisamente «legar» o «dar un consejo». Salmán, perfecto discípulo, recoge la herencia y la enseñanza del maestro, sabiendo al mismo tiempo que su camino está lejos de estar acabado.

Una segunda etapa comienza con la muerte del cuarto maestro. Conduce a Salmán hacia una nueva forma, restauradora de la tradición de Abraham. En una variante de la historia, es Jesús mismo quien se la anuncia a Salmán, y es Muhammad quien le hace tomar conciencia de que lo que buscaba era esa tradición, la hanîfiyya. En adelante, Salmán la vivirá plenamente al lado del mejor de los maestros. También la transmitirá, pues es uno de los compañeros a los que remontan las cadenas iniciáticas (silsila) de las vías espirituales del sufismo. Del zoroastrismo al islam, Salmán no ha perseguido más que un solo fin: la búsqueda de la Verdad y de su representante vivo sobre la tierra.

Relato del camino de Salmán por él mismo

Nací en Persia, en la región de Ispahán, en el seno de una aldea llamada Yayy de la que mi padre era el jefe. Era el ser que más quería en el mundo; mi padre me amaba tanto que me confinaba en casa, como a una joven. Me sentía muy atraído por la espiritualidad y practicaba el zoroastrismo, la religión de mis antepasados, con tal fervor que llegué a ser guardián del fuego: tenía la responsabilidad de no dejar apagar ni un instante la llama situada en el templo.

Mi padre poseía una gran granja a las afueras de la aldea. Un día, como estaba muy ocupado con un trabajo importante, me pidió que fuera a la granja para verificar que todo marchaba bien. Añadió: «Sobre todo, no te entretengas en el camino, pues tu presencia a mi lado me es mucho más cara que mi granja y que todos mis asuntos».

Salí de casa y tomé la dirección de la granja. En el camino, pasé delante de una iglesia y oí por primera vez oraciones recitadas por los cristianos. Sus voces me subyugaban y decidí entrar en la iglesia. El contacto con esos creyentes me colmó y me sentí fuertemente atraído hacia ellos. No pude dejarlos hasta la puesta de sol y renuncié por ello a ir a la granja de mi padre. Acabé por preguntarles dónde se situaba el origen de su religión. «¡En Siria!», me respondieron. Caída la noche, volví a casa de mi padre, que ya había enviado hombres en mi busca. Estaba tan preocupado por mí que ya no podía ocuparse de otra cosa. A mi vuelta, me preguntó: «Hijo mío, ¿dónde estabas? ¿No te había confiado una tarea bien precisa?». Le relaté entonces el encuentro que había hecho. «Hijo mío, replicó, no hay ningún bien en esa religión; tu religión, que es la de tus antepasados, es mucho mejor». Intenté contradecirlo, pero no quiso oír nada. Para hacerme volver a la razón, decidió ponerme un grillete en el pie y encerrarme en casa.

A pesar de esos nuevos obstáculos, conseguí hacer llegar un mensaje a mis amigos cristianos, en el que les pedía que me avisaran si unos viajeros procedentes de Siria llegaban a pasar por la aldea. Algún tiempo después, me avisaron de que unos comerciantes cristianos de Siria estaban de paso para hacer transacciones. Logré librarme de mi grillete y escapar para partir clandestinamente con ellos a Siria. Llegado allí, pedí ser presentado a quien tenía el mejor conocimiento de la religión. Propuse entonces mis servicios al obispo, que aceptó mi oferta. Viviendo a su lado, me di cuenta de que incitaba a sus fieles a dar limosna, pero que no la repartía a los pobres y que guardaba ese dinero para él, de modo que había amasado siete grandes tinajas llenas de oro y plata. Viéndolo actuar así, concebí por él una aversión profunda. A su muerte, revelé a los fieles cristianos venidos para enterrarlo el emplazamiento donde estaban ocultas las tinajas llenas de oro y plata. Constatándolo, tomaron la decisión de no enterrar al obispo y de lapidarlo.

Se nombró un nuevo obispo, junto al cual elegí quedarme. Jamás había visto a un hombre tan desprendido de este mundo, tan deseoso del más allá y tan ferviente día y noche como él. Buscaba permanecer en su compañía el mayor tiempo posible. Cuando su muerte fue próxima, le confié: «He permanecido a tu lado y te he amado como a nadie antes que tú. Estás ahora en la inminencia del decreto divino. ¿Puedes recomendarme hacia quién debo volverme después de tu muerte?». «Hijo mío, me respondió, ya no conozco a nadie hoy que sea según lo que yo era. Los hombres van a su pérdida; han cambiado y han abandonado la mayor parte de su tradición, salvo un hombre en Mosul que es según lo que yo era. ¡Únete a él!».

Cuando el obispo hubo muerto y fue enterrado, me dirigí al hombre de Mosul, que me invitó a quedarme a su lado. Encontré en él al mejor de los hombres, como quien me lo había recomendado. Pero no tardó él también en morir. En sus últimos instantes, vine a recoger sus últimas instrucciones. «Hijo mío, me dijo, no conozco a ningún hombre que sea según lo que éramos, si no es un hombre en Nisibe, en el Kurdistán. ¡Dirígete pues a él!».

Cuando el hombre de Mosul hubo muerto y fue enterrado, me dirigí al hombre de Nisibe y le conté mi historia. Me propuso quedarme a su lado, y lo encontré comparable a mi anterior compañero. Era el mejor de los hombres. Pero la muerte no tardó en venir. Cuando estuvo a punto de rendir el alma, respondió a mi petición de recomendación: «Hijo mío, ya no conozco a nadie que siga nuestra vía y a quien pueda enviarte, si no es un hombre en Amorio, en el país de los bizantinos. Es según lo que éramos. Si quieres, ¡ve a buscarlo!».

Cuando el hombre de Nisibe hubo muerto y fue enterrado, me reuní con el hombre de Amorio y le conté mi historia. Me propuso quedarme a su lado, y viví junto al mejor de los hombres, siguiendo la vía de sus compañeros. Empezaba a ganar bien mi vida y adquirí algunas vacas y ovejas. Luego vino el decreto divino y, cuando mi guía estuvo a punto de rendir el alma, le pedí sus últimos consejos. «Hijo mío, respondió, no conozco a nadie hoy que sea según lo que éramos y a quien pueda ordenarte ir. Pero el tiempo de un nuevo profeta está cerca. Será enviado para difundir la religión de Abraham. Será originario de Arabia y emigrará hacia una tierra plantada de palmeras y situada entre dos coladas de lava. Se le reconocerá por signos manifiestos: come de lo que se le lleva en don, pero no en limosna; entre sus hombros se encuentra el sello de la profecía. Si puedes reunirte con él en ese país, ¡hazlo!».

El hombre de Amorio murió y fue enterrado. Permanecí en el lugar un cierto tiempo, hasta que unos comerciantes árabes de la tribu de Kalb vinieron a pasar. Les propuse llevarme a Arabia a cambio de mis vacas y mis ovejas. Aceptaron y me llevaron con ellos. Pero, llegados a Wâdî al-Qurâ, rompieron su compromiso y me vendieron como simple esclavo a un rico judío. A la vista de las palmeras de la región, esperaba que esa ciudad fuera la que me había descrito el hombre de Amorio, pero faltaban ciertos signos de reconocimiento. Un primo de mi propietario, perteneciente al clan de los Banû Qurayza de Medina, vino a visitarlo. Decidió rescatarme y llevarme a su casa en Medina.

En cuanto vi esa nueva ciudad, reconocí enseguida la descripción que me había hecho mi último guía en la vía. Era la época en que Muhammad ya había recibido su misión profética y residía en La Meca. Por mi parte, estaba sujeto a tareas serviles y no oí hablar del nuevo profeta. Un día, estaba colgado de una de las palmeras de mi propietario, ocupado en un trabajo. Este estaba sentado junto al árbol cuando uno de sus primos llegó y declaró: «¡Los miembros de los Banû Qaylâ están reunidos en Qubâ’ en torno a un hombre venido hoy de La Meca; pretenden que es un profeta!». Cuando oí esto, fui presa de tal temblor que temí caer sobre mi propietario. Descendí febrilmente de la palmera y pedí precisiones a su primo. Mi amo se puso entonces en cólera, me dio un violento puñetazo y me ordenó volver a mi trabajo.

Algunos días más tarde, había conseguido poner aparte algo de comida. Por la tarde, fui a Qubâ’ para llevársela al hombre que venía de La Meca. Fui introducido ante él y le declaré: «He sabido que eres un santo hombre y que tienes contigo compañeros extranjeros y necesitados. Tenía esto en casa para hacer limosna y he considerado que vosotros teníais más derecho a ella que nadie». Le presenté la comida y él pidió entonces a sus compañeros que comieran. Él mismo no comió nada de lo que había traído. Al salir de la entrevista, me dije que el primer signo de reconocimiento se había manifestado.

Algunos días más tarde, reuní de nuevo algo de comida. Entretanto, Muhammad se había instalado en Medina. Fui a su nuevo domicilio y le dije: «Constato que no comes lo que se te lleva en limosna. ¡He aquí una ofrenda en tu honor!». Esta vez, eligió comer e invitó a sus compañeros a compartir con él la comida. Me dije entonces en mí mismo que el segundo signo de reconocimiento se había manifestado.

Una tercera vez, fui a ver a Muhammad mientras se encontraba en el cementerio de Medina. Había participado en el cortejo fúnebre de uno de sus compañeros y se mantenía sentado entre ellos. Lo saludé, luego me deslicé detrás de él con la esperanza de divisar el sello que me había descrito mi último guía espiritual. Cuando me vio pasar por detrás, comprendió que buscaba verificar algo preciso. Bajó entonces ligeramente su ropa de encima, de modo que pude ver distintamente el sello de la profecía. Deshecho en lágrimas, me precipité sobre el enviado de Dios para abrazarlo cálidamente. Me invitó a sentarme a su lado para que le contara mi historia. Muhammad tuvo a bien que sus compañeros la oyeran también. Me aconsejó en particular negociar con mi propietario un contrato de rescate.

Seguí el consejo del enviado de Dios y mi propietario aceptó la proposición, a cambio de cuarenta onzas de oro y de la plantación de trescientas palmeras. Cuando supo la noticia, Muhammad pidió a sus compañeros que me ayudaran a reunir el número requerido de palmeras. Cada cual me aportó plantones a la medida de lo que poseía, de modo que los trescientos plantones de palmeras fueron reunidos. El enviado de Dios me dijo: «Oh Salmán, ¡ve a cavar la tierra! Cuando hayas terminado, ven a buscarme, pues soy yo quien los plantará con mi mano». Me encargué de cavar los emplazamientos con la ayuda de mis compañeros y, terminado el trabajo, informé de ello al Profeta. Le presentamos cada plantón, que puso en tierra hasta el último, y ningún plantón murió después.

Me había así desembarazado de las palmeras, pero me quedaba por encontrar el oro. Un día, se llevó al enviado de Dios una pepita grande como un huevo de gallina. Preguntó entonces: «¿Dónde está el Persa que está en curso de rescate?». Se me hizo llamar y Muhammad me ofreció la pepita. Estaba desconcertado ante la magnitud de tal ofrenda, que no me atrevía a tomar. «Tómala, insistió, ¡pues Dios pagará con esto lo que debes!». Tomé la pepita y fui a hacerla valorar: pesaba exactamente cuarenta onzas de oro. Pagué lo que debía a mi amo y fui definitivamente liberado.

La condición servil había impedido antes a Salmán participar en las batallas de Badr y de Uhud con el enviado de Dios, pero pudo participar en la batalla del Foso como hombre libre y permaneció junto al Profeta hasta el final de su misión terrestre.

Introducción y traducción de Denis Gril.

Ilustración

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