La vida del Profeta Muhammad (11/11): la conquista de La Meca y la muerte del Profeta

Parte 11 de 11 · La vie du Prophète

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La cúpula verde de la mezquita del Profeta en Medina

Por Michel Abdallah Grimbert, discípulo de la tarîqa Qadiriya Boutchichiya.

La conquista pacífica del santuario sagrado de La Meca

Ya en marzo de 628, en respuesta a una indicación divina que aseguraba al Profeta que rezaría en La Meca ((XLVIII, 27) «Sí, Dios confirma la verdad de la visión concedida a Su Profeta: entraréis en la Mezquita sagrada, si Dios quiere, con la cabeza rapada y los cabellos cortados, y sin miedo»), este se puso en camino para cumplir la peregrinación (una simple ’umra en aquel caso), seguido de un millar de personas aproximadamente en atuendo de ihrâm. Los coraichitas les detuvieron en Hudaybiyya, a una decena de kilómetros de La Meca, mientras esperaban el resultado de la mediación confiada a ’Uthmân, negociador eminente. Al no verle volver e inquietos por su vida, los creyentes prestaron uno a uno juramento de fidelidad y lealtad a Muhammad, quien, por delegación, prestó él mismo juramento en nombre de ’Uthmân. El Corán da cuenta del episodio: (XLVIII, 18) «Dios estaba satisfecho de los creyentes cuando te prestaban juramento bajo el árbol (yubâyi’ûnaka tahta ash-shajara). Conocía el contenido de sus corazones. Ha hecho descender sobre ellos la sakîna». Esa sakîna reveladora es la instilación de los influjos espirituales (instilar significa aquí hacer nacer) que permiten a la Presencia divina manifestarse en nosotros a pesar de los velos que deja nuestra «caída»: eso se llama iniciación, se establece según una cadena que remonta a una fuente identificada y pertenece al dominio del ihsân. La fe (al-îmân), en cambio, atañe a creencias indemostrables y, por sí sola, no modifica nuestra percepción del mundo; puede incluso cegar cuando quiere imponerse sin discernimiento, sin sabiduría (sakîna). En resumen: la fe traspasa las nubes, pero no las disuelve; solo la iniciación lo hace.

Gracias a los acuerdos concluidos por mediación de ’Uthmân, que imponían una tregua, el Profeta de Dios y los creyentes pudieron peregrinar libremente al año siguiente, en 629. La profesión de fe resonó en el valle de La Meca como una victoria, y Bilal lanzó la llamada a la oración desde lo alto de la Kaaba. Muchas tribus y muchos mequíes quedaron convencidos. Al año siguiente ya, so pretexto de una ruptura de la tregua, los musulmanes marcharon sobre La Meca y la conquistaron sin oposición seria. Aquel año pasó a ser «el año de las diputaciones»: la mayoría de las tribus de Arabia se presentaron en delegaciones para aceptar oficialmente el islam, ya porque se convertían, ya porque aceptaban someterse a su autoridad.

El término ridwân («felicidad»), empleado para calificar el pacto de Hudaybiyya, designa algo que Dios concede directamente: para el creyente es Su agrado, no solo un estado obtenido como recompensa. La felicidad aquí otorgada es el retorno a Dios sin reservas, sin velo. Una gracia inefable (ridwân), una dicha eterna de parte de Dios: (IX, 72) «Dios ha prometido a los creyentes y a las creyentes jardines por donde corren los arroyos, en los que permanecerán inmortales… Pero la satisfacción de Dios es preferible (wa ridwânun min Allâhi akbar); ¡esa es la dicha sin límites!». No es aquí, en modo alguno, un grado adquirido, sino únicamente otorgado por Dios: inefable, como lo es la sakîna, que pertenece al grado del ihsân. Tal es el pacto que Dios selló con Su Profeta.

La peregrinación de despedida y el llamado a Dios del Profeta en el año 632

Al término del décimo año de la hégira, el Profeta, en la cumbre de su grandeza terrenal y seguido por una inmensa multitud de peregrinos entusiastas, emprendió el gran peregrinaje, llamado en aquella ocasión «peregrinaje de despedida»; fijó para siempre sus formas inmutables y descartó todo lo ligado a la idolatría. Como descendiente de Hâchim, el ancestro epónimo de su linaje (âla), que remonta por Ismael hasta Adán, cabe decir que conocía perfectamente lo que del peregrinaje antiguo debía preservarse o renovarse.

En esa sublime ocasión, divinamente inspirado y sostenido por las aclamaciones que le rodeaban, pronunció, el día 9 del mes de Dhû al-Hiyya, en el paraje del monte ‘Arafât y montado sobre su camella Qaswâ’, su noble sermón, en el que recordó todos los principios de la religión para la que Dios le había enviado. La repetición obsesiva, tras cada recuerdo de las prescripciones divinas, de la pregunta «¿He cumplido bien mi tarea?» (ballaghtu), respondida por las exclamaciones en eco de aquella marea humana, hizo que este peregrinaje pasara a llamarse hajj al-balâgh o hajj al-wadâ’.

«¡Oh, gentes! En este día, el tiempo ha vuelto a ser tal como era el día en que Allâh creó los cielos y la tierra. El número de meses lunares a los ojos de Allâh es de doce. ¿He transmitido bien? ¡Dios mío, sé testigo!

¡Oh, gentes! Vuestras mujeres tienen derechos sobre vosotros y vosotros tenéis derechos sobre ellas. ¿He transmitido bien? ¡Dios mío, sé testigo!

¡Oh, gentes! Vuestro Señor es único y vuestro padre es único; todos descendéis de Adán, y él mismo procede de la tierra. El más noble entre vosotros es el más piadoso, y ningún árabe tiene mérito sobre un no árabe, salvo por la piedad. ¿He transmitido bien? ¡Dios mío, sé testigo!

¡Oh, gentes! Que los presentes transmitan a los ausentes, pues estos serán a veces más perspicaces y obedientes que vosotros. ¿He transmitido bien? ¡Dios mío, sé testigo!»

La muerte del Profeta

Cuando el Profeta de Dios hubo cumplido su misión (muhimma), la enfermedad comenzó a declararse en la casa de Maymûna, tres meses después de su bendita peregrinación, a finales del mes de Safar, segundo mes del undécimo año de la hégira. Estuvo primero enfermo trece días, repartiéndose entre los aposentos de sus esposas. Cuando la enfermedad se agravó, obtuvo de las demás esposas el derecho de residir en casa de ’Â’isha.

Luego, al no poder ya salir a la oración, dijo: «Decid a Abû Bakr que dirija la oración de los creyentes». Ante la sincera aflicción de la gente, salió a su encuentro apoyado en ’Alî y al-Fadl, y les dijo: «¡Oh, gentes! Se me ha referido que teméis la muerte de vuestro Profeta. Mas ¿hubo algún profeta enviado por Allâh antes que yo que haya permanecido eterno, para que yo también lo permanezca? Sabed que voy a reunirme con mi Señor y que vosotros os reuniréis conmigo junto a Él. Os recomiendo cuidar de los primeros muhâjirûn. Os recomiendo igualmente cuidar de los ansâr, pues fueron ellos quienes asumieron primero el deber de asilo y la fe. ¿Acaso no os prefirieron a sí mismos estando en la necesidad?».

Aún no había terminado la mañana de aquel día 12 de Rabî’ al-Awwal cuando el Profeta de Dios dejó este mundo de aquí abajo. A Abû Bakr, que acababa de descubrir el rostro iluminado del Profeta, le tocó anunciar su muerte a la comunidad de los creyentes, profundamente afligida. Dijo entonces:

«Quien adore a Muhammad, que sepa que Muhammad ha muerto; y quien adore a Allâh, que sepa que Allâh es Viviente y no muere».

Y recitó: (XXXIX, 30) «He aquí que tú eres mortal, y ellos también son verdaderamente mortales».

Y: (III, 144) «Muhammad no es más que un profeta; otros profetas vivieron antes que él. ¿Volveríais sobre vuestros pasos si muriera o si le mataran? Quien vuelve sobre sus pasos no perjudica en nada a Dios; Dios recompensa a los agradecidos».

Así concluye lo que se acostumbra llamar la Sîrat Rasûl Allâh: la vida del Profeta de Dios.

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