Enfoque simbólico del Corán (1/3): las parábolas y el sentido oculto

Parte 1 de 3 · Approche symbolique du Coran

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La Palabra de Dios que nos interpela en el Corán se expresa de modos distintos. A veces bajo una forma literal, y entonces las palabras solo pueden admitirse en su sentido inmediato. Así, en los versículos de ontología o de metafísica (ilâhiyyât), se afirma que Dios es Uno y que los profetas son iguales ante Él. En los relativos al culto (’ibâdât), se precisa que el ayuno de Ramadán va del alba a la puesta de sol. En las indicaciones sobre las transacciones financieras (mu’âmalât), se estipulan las reglas a seguir en materia de herencia. Ninguna ambigüedad puede derivarse de los términos empleados. Lo cual no impide que la unidad o la unicidad de Dios sea objeto de reflexión y de profundización en los versículos teológicos, ni que la sharî’a admita interpretación jurisprudencial, ni que las ’ibâdât conozcan modalidades de aplicación. Pero todo eso ya no pertenece al orden del lenguaje.

Lectio divina

Otra cosa ocurre cuando el Corán emplea imágenes, parábolas o semejanzas (amthâl). Él mismo declara: «Dios propone parábolas a los hombres» (Corán XIV, 25), «Os ha propuesto una imagen tomada de vosotros mismos» (Corán XXX, 28). Hakîm Tirmidhî (824-892) lo define así: «La imagen de una cosa es su ejemplaridad. Dios menciona una cosa que, en lo inmediato, está oculta y la describe por medio de otra que es manifiesta y conocida, para que a través de ella seamos conducidos a la cosa oculta»1.

El recurso a las semejanzas y las parábolas responde pues a un fin didáctico: conducir de la imagen a una verdad abstracta. Siguiendo al Corán, los místicos del islam recurrirán constantemente, para enseñar, a comparaciones, parábolas y anécdotas (hikâyât) destinadas a marcar el ánimo y a fijar en la memoria la verdad que transmiten. Esta puede quedar más o menos escondida en el recuerdo, pero cuando vuelve a presentarse, aunque sea como una vaga reminiscencia, llega cargada de toda su significación profunda y de su lógica interna. Condensa además todos los sentidos que puede comportar y que se desplegarán a su hora. El gran místico persa Mahmûd Shabestarî (1288-1340) escribe a este propósito:

Todo lo que se ve en el mundo visible es como un reflejo del sol de este mundo […]

Cuando esas palabras figuradas llegan al oído sensorial,

designan primero objetos sensibles.

El mundo espiritual es infinito, ¿cómo podrían alcanzarlo palabras finitas?

(Por eso), cuando los místicos tratan de esos misterios,

los traducen en imágenes,

porque los objetos de los sentidos son como sombras de aquel mundo2.

Sobre la relación entre la forma y el sentido, Yalâl ad-Dîn Rûmî (1207-1273) decía:

Las formas revelan el sentido profundo y lo explican, porque no todo el mundo llega al sentido […] Hace falta, por tanto, revestir el sentido de una forma, para que quienes solo conocen la forma descubran la existencia del sentido y lleguen a creer un poco en él. Los cielos fueron creados con un aspecto muy elevado para dar a entender lo que son las alturas del alma3.

Ibn ’Arabî (1165-1240) evoca a su vez el aspecto didáctico de la Revelación:

Los profetas se sirven de un lenguaje concreto porque se dirigen a la colectividad y confían en la comprensión del sabio que los escuche. Si hablan en figurado es por la gente común y porque conocen el grado de intuición de quienes comprenden de verdad […]

Como los profetas, los enviados y sus herederos saben que hay en el mundo y en sus comunidades hombres dotados de esa intuición, fundamentan sus demostraciones en un lenguaje concreto, accesible por igual a la élite y al hombre común, de modo que el hombre de élite obtiene lo mismo que el hombre común y todavía más […] Y es por esa comprensión intuitiva que los sabios se distinguen unos de otros4.

Para alcanzar el sentido (ma’nâ) escondido bajo las palabras hace falta un esfuerzo, un proceder. La utilidad de la palabra consistirá en «que te hace buscar y te incita; no en que la cosa buscada se obtenga por la palabra: si así fuera, no necesitarías tantos esfuerzos. La palabra es como una cosa que ves moverse a lo lejos y tras la que corres para verla, pero no la ves a causa de su movimiento»5.

La palabra por excelencia, la del Corán, es en el fondo un llamamiento (da’wa) a la búsqueda del sentido en todas las acepciones del término: dirección y significación a la vez. Y para leer el Libro santo como si le fuera revelado a él mismo, a lo que invitan todos los místicos del islam, el creyente habrá de aplicar a esta lectio divina todos los recursos de su inteligencia y de su espíritu. Este modo de interpretación (istinbât), que designa etimológicamente el acto de buscar en las profundidades lo que allí estaba oculto, puede constituir un procedimiento jurídico que permite zanjar una dificultad en virtud de lo adquirido por una investigación personal. Término de origen coránico, los sufíes lo emplean tanto en el campo de la dirección espiritual del shaykh hacia su discípulo como en el de las interpretaciones místicas (mustanbatât) de la Escritura. En este caso se trata esencialmente de una intuición, de una inspiración (ilhâm) que permite reencontrar, por la gracia divina, el sentido espiritual del Corán (bâtin) que encierra el zâhir, el sentido exterior o literal6.

Los Atributos de Dios

En un punto particular, el de los atributos de Dios, el mundo sunní conoció ásperas controversias entre mutazilitas y tradicionalistas. ¿Cómo entender, en efecto, expresiones coránicas como estas: «El ser que he creado con Mis manos» (Corán XXXVIII, 75); «La Faz de tu Señor subsiste, llena de majestad y de magnificencia» (Corán LV, 27)? Tomadas al pie de la letra conducían al antropomorfismo (tashbîh). Por eso los mutazilitas las consideraban alegorías, a lo que se les objetaron las afirmaciones del propio Corán sobre la claridad del Libro (XXXIX, 28; XLI, 3, etc.). En última instancia, Ash’arî (873-935), partidario del justo medio, hizo de ellas «atributos de Dios».

Despertar a la conciencia

De los diversos modos de interpretación coránica, la exégesis sunní más clásica es la que Qushayrî (986-1072), por ejemplo, define como una explicación (sharh) literal7. Los comentaristas pueden estudiar el Corán bajo varios aspectos (gramatical, lingüístico, histórico), y han quedado célebres los nombres de Tabarî (839-923), Tha’labî (m. 1035), Zamajsharî (1074-1143) y Râzî (1150-1210). Pero se trate de una comprensión más o menos racionalista, más o menos alegórica, estamos siempre ante una reflexión sobre un dato revelado, es decir, ante una exégesis explicativa. El lector del Corán ha de entregarse a un esfuerzo (himma, iytihâd) que pone en juego todas las potencias de su inteligencia para comprender que las parábolas son como una medida y el sentido como el grano que contiene: tomará el grano del sentido y no se ocupará de la medida8. Una lectura propiamente simbólica se sitúa en otro nivel, o mejor dicho, es de otro orden.

Por difícil que sea definir el símbolo, ya se recurra, para las lenguas europeas, a la etimología que vincula la palabra al griego sumbolon (la tésera9 de arcilla, signo de reconocimiento que hay que reconstituir para que tenga valor de cambio); ya se piense en lo que evoca otro sustantivo griego, asumboli: el encuentro, la unión, la fusión, el acercamiento de los labios o de los párpados; o se retenga el adagio persa bien conocido según el cual el símbolo es un puente que lleva a la realidad; en todos los casos subyace una misma noción: la de una plenitud por realizar. Por eso se ha descrito el símbolo como «la condición de un espíritu al que solo se le da una intuición indirecta o una captación refractada. Es el signo de una falta»10. ¿Y no consiste su eficacia precisamente en despertar a la conciencia de esa falta, en incitar a la curiosidad, en provocar a la búsqueda, lo que santo Tomás de Aquino (1225-1274) llama cogitatio? En el punto donde se cruzan la Palabra comunicada y el espíritu que la recibe va a engendrarse un estado activo: la atención, que exige primero el silencio. «Cuando el Corán es recitado, escuchadlo y callad para recibir misericordia» (Corán VII, 204). Es el silencio exterior el que permite al alma «recibir la misericordia», es decir, oír el lenguaje del misterio en lo más hondo de sí misma.

Por Eva de Vitray-Meyerovitch. Extracto de Universalidad del islam*, Albin Michel, 2014.*

Caligrafía de la letra árabe alif

Para saber más

Footnotes

  1. Hakîm Tirmidhî, El Libro del conocimiento de los secretos, inédito en francés. ↩

  2. Mahmûd Shabestarî, La rosaleda del misterio, vers 719 sq., ed. Sindbad. ↩

  3. Sultân Valad, Maestro y discípulo, cap. 17, ed. Sindbad. ↩

  4. Ibn ’Arabî, La Sabiduría de los profetas, p. 178-179, Albin Michel. ↩

  5. Rûmî, El Libro de dentro, p. 246, ed. Sindbad. ↩

  6. La práctica de las interpretaciones místicas entre los sufíes se funda en la tradición que cuenta que el Profeta Muhammad preguntó a varios de sus compañeros, entre ellos ’Abdallâh ben ’Umar: «¿Cuál es el árbol que se parece al hombre?», y ’Abdallâh adivinó que el Profeta pensaba en la palmera datilera. ↩

  7. Qushayrî, Taysîr fî ’ilm at-tafsîr (La facilidad en la ciencia de la exégesis), Princeton Library. ↩

  8. Rûmî, Mathnawî, II, 3622, trad. E. de Vitray-Meyerovitch y Djamshid Mortazavi, ed. du Rocher, 2004. ↩

  9. Tésera: plaquita de reconocimiento utilizada en la Antigüedad para múltiples funciones (voto, marca de fábrica, entrada al espectáculo…). ↩

  10. Jean Trouillard (1907-1987), «Symbole et distance», en Recherches et débats (Le symbole), cahier 29, Arthème Fayard, dic. 1959. ↩