«Pensaba que los santos sufíes solo habían vivido en tiempos antiguos»
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Nací en Francia, de padres inmigrados que me criaron en la cultura musulmana pero fuera de toda práctica religiosa. Me educaron en el amor al Dios Único y en la búsqueda de la pureza de intención, aunque no gusté la oración hasta mucho después, cuando descubrí el corazón del islam en el sufismo.
De adolescente me interrogaba a menudo sobre mi lugar, aquí en Francia. La pregunta era identitaria y espiritual a la vez, y me impulsó a emprender una búsqueda sobre mí mismo, sobre Dios, sobre la espiritualidad. Esa búsqueda me llevó a iglesias donde me preguntaba por qué habría de ser más musulmán que cristiano. Leí la Biblia y sentí amor por Cristo. Fueron así muchos los encuentros, otras religiones, otras escuelas de misterios. Aprendí mucho por el camino; sin embargo, llegó un momento en que tuve la sensación de haber agotado casi todo el campo de lo posible. Y entonces caí en la cuenta de que quizá no buscaba en la dirección correcta. Me quedaba con mis preguntas sobre uno mismo, sobre la realidad, sobre la fe…
Mi vida y mi búsqueda han estado alumbradas siempre, creo, por la luz de la fe. Una luz constantemente presente, pasara lo que pasara. Cuando lo comentaba con mis amigos, me decían: «Tienes la fe del carbonero: ir sin cesar a la mina sin saber por qué». Y veían justo: para mí, la fe era exactamente eso.
Creo que aquel itinerario tan fecundo, en forma de bucle al fin y al cabo, era necesario para que desembocara, años más tarde, en la certeza de que era el islam quien iba a colmar mi búsqueda.
Podría hablar de la diferencia que percibo entre el islam (o al menos la idea que yo me hacía y que muchos se hacen) y el islam «sufí», si es que cabe distinguir entre ambos.
Digamos que el islam vivido en el sufismo abarca y desborda todo lo que yo habría podido imaginar, en comportamiento, en compartir, en amor. Todas esas nociones se viven ante todo en ese islam «sufí», y dejan un sabor incomparable que recuerda, en realidad, a lo que se vive en la infancia: la inocencia, la pureza de la creencia, la sencillez, la generosidad. Ese aspecto del islam, que hoy me parece fundamental, lo descubrí en el sufismo, en la vía a la que pertenezco ahora.
La Frecuencia de las frecuencias
Soy radiestesista y sé que, con mucho entrenamiento, se puede encontrar agua con una varilla o con un péndulo. Por extraño que parezca, con esos instrumentos también se puede encontrar otra cosa. En realidad, lo que decide es el estado mental con el que uno se pone a buscar: si busco agua, pienso en el agua; si busco oro, pienso en el oro; si busco un objeto que perteneció a alguien, intento representarme a esa persona.
Así se entra en una suerte de resonancia, de frecuencia simpática con lo que se busca. Esa frecuencia viene a nosotros, siempre que vayamos hacia ella. No en vano dice Dios en un hadiz qudsí: «Dad un paso hacia Mí, que Yo daré diez hacia vosotros».
Volviendo a mi camino, me pregunté cuál era LA frecuencia, la Frecuencia de las frecuencias. Para mí, desde luego, no era correr detrás de las muchachas, ni amasar dinero, ni hilvanar razonamientos brillantes. No: la Frecuencia de las frecuencias, me dije, estaba en el esoterismo musulmán, la dimensión profunda e interior del islam. No fue una decisión; era más bien una sensación, una auténtica llamada.
Empecé entonces a leer obras de sufíes. Me sumergí en El memorial de los santos de ’Attâr, en El libro de dentro de Rûmî y en alguna otra. Yo pensaba que los santos sufíes solo habían vivido en tiempos antiguos y muy lejos de aquí. Creía que solo quedaban sus libros; no podía imaginar que todavía los hubiera en nuestra época.
Mientras leía a Rûmî tuve ocasión de asistir a una conferencia sobre Eva de Vitray-Meyerovitch, traductora de Rûmî y, según supe después, discípula de la vía de Sidi Hamza1.
La conferencia me interesó, cierto, pero seguía siendo demasiado «intelectual» y no colmaba mi sed de espiritualidad. Unos meses más tarde asistí a otra, y allí me llegó la «revelación» de que los maestros sufíes no pertenecían solo al pasado. Primera luz. Comprendí entonces que mi búsqueda quizá no era vana.
Poco después pude practicar, en grupo, un dikr (invocación) que consistía en repetir en voz alta la fórmula «Lâ ilâha illâ Llâh» («no hay dios sino Dios», o también «no hay realidad sino la Realidad divina»).
Y ocurrió algo: sentí una impresión íntima que no sabría describir mejor; digamos que percibí en lo más hondo de mi ser algo fuerte y sutil a la vez durante aquel dikr. Esa sensación, de orden espiritual, me sacó del marco intelectual en que se movía mi búsqueda, un marco que, bien lo sentía, no me llevaba a ninguna parte. Fue, sencillamente, una auténtica revelación; al menos así la viví. Tenía el profundo sentimiento de que «eso» era lo que buscaba, lo que le faltaba a mi ser.
Ese sentimiento me empujó a querer saber más de aquella vía sufí, que se me mostraba en toda su actualidad y su viveza. Conocí a los discípulos de Sidi Hamza y participé en reuniones rituales. Luego quedé confirmado en la idea y, sobre todo, en el sentimiento de que esa vía era la buena. Pedí, pues, tomar el pacto iniciático.
Entrar en una vía sufí no me pareció en ningún momento una evasión ni una búsqueda de refugio. ¡No! Aquel paso lo concebí como una acción decisiva hacia un fin perseguido, casi la realización de algo que, en verdad, esperaba desde hacía muchísimo tiempo.
Como me recordó hace poco un viejo faqir (discípulo, «pobre en Dios»): «Cuando el amor es sincero, da la impresión de que uno conoce a los hermanos desde hace muchísimo, desde siempre incluso». Confieso que desde que estoy en la vía siento exactamente eso: la impresión de que entre los discípulos, entre quienes persiguen la misma búsqueda, hay un amor incondicional, irreprimible incluso. Un amor del que no se sabe de dónde viene; se adivina, apenas se le pueden poner palabras.
Es un amor tal, que se tiene la sensación de haber estado siempre juntos. El compañerismo que viven hoy los discípulos del maestro, del que ese amor es el cemento, se compara a veces con el que vivieron los Compañeros que rodeaban al Profeta Muhammad.
Por Ali Réda.

Para ir más lejos
Footnotes
-
Sidi Hamza era entonces el maestro espiritual de la vía qadiriya boutchichiya. ↩




