Vía de rigor, vía de belleza

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Asamblea de discípulos

En la tradición del sufismo, las enseñanzas espirituales responden siempre a las necesidades propias de una época y a circunstancias dadas. Así, hubo un tiempo bastante próximo, el del maestro de Sidi Hamza al-Qâdirî Bûtshîsh, que era él mismo mi guía espiritual1, en que un maestro espiritual no aceptaba a un discípulo más que si este reunía un cierto número de condiciones. Hacía falta que ya hubiera vivido todo un recorrido personal y que tuviera al menos cuarenta años, pues si no era considerado como un joven que aún no había conocido nada de la experiencia de la vida. Antes de poder solicitar su admisión ante un guía espiritual, era pues necesario haber profundizado la propia práctica, haber superado pruebas a veces difíciles y disponer de un cierto bagaje espiritual. En el sufismo, semejante camino es bien conocido y se llama la «vía del Rigor» o «vía de la Majestad» (jalâl).

La vía de la Belleza

Pero semejante esquema no tiene valor absoluto y puede evolucionar según modalidades que obedecen a una elección divina. Es así como Sidi Hamza se había bañado enteramente en esa aproximación tradicional y fue él mismo integrado a la misma vía del rigor que la de su padre, Sidi Hajj ’Abbâs. Sin embargo, cuando se convirtió a su vez en guía de la vía en 1972, su aproximación a la educación espiritual fue muy diferente2. La manera de enseñar de Sidi Hamza pareció incluso ir a la inversa de esa exigencia previa. Se trata ahí de la expresión de la «vía de la Belleza» o «vía de la Compasión» (jamâl), en cuyo seno cada cual es acogido, sin discriminación alguna. Ya en su tiempo, Sidi Hajj ’Abbâs tenía la costumbre de decir que daría de buen grado su secreto espiritual a toda la creación, si ello fuera posible, seguro como estaba de que solo lo tomaría aquel al que estuviera destinado.

La vía de la Belleza se presenta como una forma de educación renovada respecto de ciertos esquemas del pasado. Para ilustrarlo, la anécdota siguiente es muy reveladora. Cuando fue guía de la cofradía, Sidi Hajj ’Abbâs no tenía la costumbre de dar clases magistrales. En cada asamblea espiritual a la que asistía, era siempre uno de sus discípulos el que tomaba la palabra. Una noche, sin embargo, el discípulo que hablaba evocó la imagen bien conocida en todas las tradiciones espirituales según la cual el discípulo debía mantenerse entre las manos de su maestro espiritual como un muerto entre las manos del lavador de muertos, es decir, en una especie de abandono total. Y ahí, de súbito, de manera del todo excepcional, Sidi Hajj ’Abbâs pidió tomar la palabra: «¡Perdonadme, pero tengo algo que decir a este propósito!». El discípulo quedó muy sorprendido, porque era la primera vez que su guía lo interrumpía de esa manera: «Sí, maestro, ¿qué deseáis decir?». Sidi Hajj ’Abbâs respondió: «Antaño era bien así, pero ahora es el maestro el que debe estar entre las manos de su discípulo como el muerto entre las manos del lavador de muertos».

Esa inversión de los papeles que evocaba Sidi Hajj ’Abbâs no es sin recordar la manera en que Jesús lavaba los pies de sus discípulos unos tras otros. En una vía de la Belleza, el maestro debe, en un gesto de compasión, «descender» para acoger al discípulo y acompañarlo. Debe ir, como el agua, siempre más abajo, para poder acoger y acompañar, con la idea de que cuando el discípulo haya «gustado» la Fuente, emprenderá naturalmente por sí mismo una cierta transformación. Sidi Hajj ’Abbâs continuó y concluyó en estos términos: «Hay también un proverbio que dice: ¡despójate y gustarás! Yo digo lo contrario: ¡gusta y te despojarás!».

Una educación adaptada a nuestra época

Ese tipo de aproximación, donde las pruebas individuales previas han sido borradas, corresponde a las necesidades de nuestra época. En efecto, los tiempos actuales constituyen en sí mismos una forma de prueba formidable. El modo de vida moderno se asemeja a una especie de conspiración contra toda forma de vida interior. ¿No basta eso para probar nuestra sed de espiritualidad? Hoy en día, lo importante es ayudar a abrir y a nutrir el «corazón» espiritual de todos aquellos y aquellas que son portadores de esa búsqueda. De hecho, numerosas personas aspiran a ser «abrevadas», porque la aridez de la época actual incita al despertar de una sed y de un deseo de otro orden.

En realidad, la vía de la Belleza y la de la Majestad están siempre asociadas: en toda belleza un rigor está presente, pero permanece oculto. Es por ejemplo él el que contribuye, de manera escondida, al arraigamiento del discípulo en una práctica regular. A la inversa, en la vía del Rigor existe también una gran compasión, porque es por amor a lo esencial que se llega a ser exigente sobre uno mismo. La exigencia es una fuerza que, en su fondo, porta la compasión. Es en eso que un célebre sufí, Abû Yazîd al-Bistâmî3, pudo relatar la munâjât (especie de diálogo íntimo con Dios) siguiente. Un día, Dios interpeló a Bistâmî: «¡Oh tú a quien todo el mundo toma por un maestro formidable, si revelara tu verdadera naturaleza, todas las gentes se alejarían de ti!». Bistâmî, muy avergonzado, no se descompuso por ello y respondió: «Señor, si revelara a los hombres Tu inmensa Compasión, también ellos se alejarían de Ti, porque ya no temerían nada». Hubo entonces un momento de silencio, y Bistâmî oyó una voz que decía: «Escucha, nos ponemos de acuerdo: ¡tú no dices nada y Yo no digo nada!». Se trata ahí de una alusión a un secreto que no se parece a ningún otro: el secreto del corazón.

Contar con Dios, no consigo mismo

El hombre no alcanza la perfección más que abandonándose a Dios y no podrá, haga lo que haga, alcanzarla jamás contando solo consigo mismo. Una sentencia de Ibn ‘Atâ’ Allâh4, un sufí de la Edad Media, viene a iluminar esa noción fundamental: «Uno de los signos que indica que estás contando con tu ego y no con Dios es el hecho de que te desesperas en cuanto das un paso en falso». En efecto, creemos, a veces de manera inconsciente, que es a través de las prácticas intensivas, las buenas obras y los loables esfuerzos sobre nosotros mismos que vamos a llegar al fin, un poco como si pensáramos entrar en el Reino de los cielos a la fuerza de la muñeca. Y luego, de pronto, un acontecimiento inesperado sobreviene y contraría todas nuestras bellas ideas. Es entonces cuando se siente una profunda desesperación y uno se considera como un «menos que nada». Pasamos así de un extremo al otro, porque en lugar de contar con Dios solo, contamos en realidad ante todo con nosotros mismos. La confianza verdadera hacia la que hay que tender no es la confianza en sí o en nuestro ego, aun un ego consolidado, un ego que tiene carisma o un ego que tiene magnetismo.

En todas las circunstancias, hay que discernir quién es el Dador y dónde está la Fuente, e incansablemente «superarse» para ir en su dirección. Entonces se podrá comprender lo que decía también Ibn ‘Atâ’ Allâh: «Puede que dándote, Él te prive. Puede que privándote, Él te dé». Una privación se vuelve para nosotros liberación si ayuda a acercarnos a una verdad interior que estaba hasta entonces sepultada. Rigor y compasión concurren, a lo largo de la vida, a la emergencia de un conocimiento en profundidad del ser. Así se dibuja el sentido de toda búsqueda auténtica: comprender primero por sí mismo, luego comprender por Dios, y por fin Este se vuelve la iluminación y el sentido de nuestro camino, en eco a la oración sobre el Profeta Muhammad que fue dada a Sidi Hajj ’Abbâs durante su entrada en la vía: «Aniquílame, sumérgeme en el océano de la unidad, hasta que no vea, no encuentre y no sienta sino por Ella».

Faouzi Skali

Para ir más lejos

Footnotes

  1. Ver el artículo «Hacer volver el espíritu a su origen». ↩

  2. Ver a este propósito: K. Ben Driss, «Sidi Hamza al-Qadiri Boudchich, le renouveau du soufisme au Maroc», ed. Bouraq/Archè. ↩

  3. Ver a su propósito: «Les dits de Bistâmî», traducción y notas de A. Meddeb, ed. Fayard. ↩

  4. Ver: «Hikam, paroles de sagesse», traducción y presentación de A. Buret y T. Burckhardt, ed. Archè Milano. ↩