Fundamentos de la fraternidad espiritual
Índice

Texto del jeque Muhammad ibn ’Alî al-Tâdilî.
Según una tradición, el Profeta del islam dijo: «El creyente es un amigo íntimo a quien se visita a menudo».
La amistad espiritual supone interesarse por las preocupaciones de los hermanos (o las hermanas) en Dios, procurar facilitarles sus asuntos en la medida de lo posible y acudir con frecuencia a visitarlos, para renovar la confianza mutua.
Un discípulo sufí tenía la costumbre de pasar todas las tardes en casa de uno de sus hermanos en Dios. Le llamaron la atención por lo frecuente de sus visitas, y él respondió: «Los corazones se alteran con el tiempo, igual que el agua estancada se enturbia con el tiempo. Temía que mi propia disposición se degradara si espaciaba demasiado las visitas».
Lo que implica la amistad espiritual
La amistad espiritual comporta, entre otras cosas, la ayuda prestada a las almas en desamparo, esa ayuda que pasa por las muestras de afecto que se dan a los seres.
La amistad obliga a la sinceridad, tanto en lo exterior como en lo interior, porque cada uno es espejo de su hermano en Dios.
La amistad implica modestia, alejamiento de toda forma de cólera y la convicción profunda de que uno vale menos que cualquiera de sus hermanos o hermanas en Dios.
Una de las consecuencias de la amistad es no prestar atención a los tropiezos de los hermanos, ocultar sus faltas en la medida de lo posible, rezar por su perdón y buscar todas las disculpas imaginables para explicar esas faltas.
La amistad quiere que el discípulo sufí albergue los mejores pensamientos hacia sus hermanos. Supone renunciar a mandar en la asamblea de los discípulos, renunciar al amor por la ostentación y renunciar al amor por los honores.
Las cualidades de carácter del sufí consumado hacen que perdone a quien le ha hecho daño, que se esfuerce por reanudar los lazos de amistad con quien los ha roto y que acepte las peticiones de quien rechazó las suyas.
El discípulo sufí no presumirá de superar a sus hermanos en Dios ni por su ciencia exterior, ni por su conocimiento interior, ni por sus estados espirituales. Pensará ante todo en lo difícil que le resulta sustraerse a las pasiones de su alma, y velará por su prontitud a la hora de buscar todo lo que pueda satisfacer a sus hermanos (o a sus hermanas). Si comete una falta o incumple sus deberes, solo tendrá reproches que hacerse a sí mismo y se apresurará a volver, mediante la plegaria, hacia Aquel que perdona.
La fraternidad perfecta entre los discípulos sufíes corresponde a los atributos de la caballería espiritual (futuwwa), que aconseja ocuparse siempre del prójimo y preferir a los demás antes que a uno mismo.
Se trata de no buscar jamás dividir a los discípulos entre sí, porque la división es un extravío que dispersa los corazones y destruye los frutos del amor. «En verdad, los creyentes son hermanos entre sí. ¡Estableced la concordia entre vuestros hermanos!» (Corán XLIX, 10). Esta invitación a la concordia se apoya en las nobles virtudes del carácter: longanimidad, generosidad, modestia, solicitud, paciencia y afecto.
En suma, la vía sufí es vía de unión, porque la unión es el principio de la existencia que rige todos los mundos. Los sufíes dicen en máxima que la relación entre dos hermanos (o hermanas) en Dios no será perfecta mientras uno no pueda decirle al otro: «¡Oh yo mismo!».
El canto del hermano verdadero
Tu verdadero hermano es quien permanece a tu lado,
quien acepta perjudicarse para serte útil,
quien, cuando te prueban las vicisitudes del tiempo,
se multiplica para que tú permanezcas en la unidad.
¿Qué hay en el mundo más dulce que un amigo que alegra el corazón?
Si he resbalado, no temo su reproche;
y si he tropezado, se afana en levantarme.
Las alegrías no están ni en los manjares refinados ni en el lujo,
ni en las riquezas, aunque su brillo nos deslumbre.
Solo un amigo inspira el respeto y la benevolencia que nacen de la generosidad.
Por un amigo se presenta un rostro amable y sonriente.
El amigo permite acceder a una dicha pura, el corazón ensanchado de plenitud.
Eleva sin cesar el carácter de los mejores.
Y aunque yo permanezca fiel al Todopoderoso,
no por ello podría desdeñar las cualidades del amigo.
¡El hombre ennoblecido es irremplazable!
¡El hombre ennoblecido camina hacia la victoria!
El texto publicado es extracto de «La vida tradicional es la sinceridad», traducido por Antoine Broudier.
¿Quién fue el jeque al-Tâdilî?
Muhammad ibn ’Alî al-Tâdilî nació hacia 1880 en Rabat, en el seno de una familia descendiente del Profeta y originaria de Sijilmâsa, en los confines del Sáhara marroquí. Este maestro espiritual estudió el Corán en su ciudad natal hasta los quince años y partió luego a Fez para proseguir sus estudios de ciencias religiosas en la universidad Qarawîyîn, donde se vinculó a una cofradía sufí darqâwî junto al shaij ’Alî al-Sûsî al-Ja’farî al-Ilghî. Llevó después una vida de asceta errante, yendo de zâwiya en zâwiya. Hombre de un rigor extremo, un día quemó todos sus textos, porque la idea de publicarlos le había distraído durante un retiro espiritual en Marrakech. La mayor parte de sus manuscritos está hoy dispersa entre sus discípulos. Es conocido sobre todo por su papel de maestro espiritual. Al final de su vida, establecido en la pequeña ciudad de al-Jadida, le sobrevino una parálisis y quedó ciego hasta su muerte, unos quince años más tarde. Uno de sus tratados, al-dîn al-nasîha, fue traducido al francés por Antoine Broudier con el título «La vida tradicional es la sinceridad».




