La experiencia del sufismo hoy en Occidente
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Desde que se trata en los medios de las grandes tradiciones espirituales de la humanidad, el sufismo es casi siempre evocado. En un Occidente en busca de sentido, hay que constatar que el sufismo suscita un interés significativo y creciente. Si atrae, incluso fascina, esa tradición no deja de plantear profundas interrogantes a los buscadores occidentales. ¿Es posible que ese camino de sabiduría, que se inscribe necesariamente en la perspectiva del islam, sea verdaderamente accesible, en todas sus dimensiones, a un francés, un español o un americano? ¿No es inevitable sufrir una cierta aculturación, solo aceptable para una ínfima minoría? En otras palabras, ¿puede esa tradición responder a las expectativas de hombres y mujeres occidentales que buscan un sentido, una plenitud en su existencia? Los testimonios de varios franceses que siguen las enseñanzas de la cofradía Qadiriya Boutchichiya permiten abordar esas preguntas, y echar una mirada sobre el lazo vivo que se teje hoy entre una tradición espiritual secular, hasta aquí poco o menos limitada al mundo oriental y africano, y unos Occidentales que tienen por única particularidad compartir una intensa búsqueda de lo esencial.
El miedo al encierro
Bertrand, 26 años, estudiante de medicina, se acuerda de su descubrimiento del sufismo. Puesto en contacto con esa enseñanza por medio de un amigo, confía: «Por mucho que el mensaje del sufismo me tocara, implicarme personalmente en un camino donde había prácticas de naturaleza religiosa me molestaba mucho». El miedo a un encierro, a una pérdida de libertad, fue común a buen número de personas interrogadas. Patrick, 23 años, temía también unirse a «un grupo aislado donde pudieran manifestarse derivas fanáticas».
Varios testimonios dan cuenta de un dilema entre una aspiración hacia esa vía de sabiduría, vivida a veces como irreprimible, y fuertes reticencias ligadas en particular a las implicaciones religiosas de ese caminar. Bertrand precisa que sus temores se fueron disipando poco a poco al constatar que ese tipo de vía «no pedía en nada romper con su marco de vida habitual y que se trataba únicamente de una transformación de la percepción interior».
«El contacto con los discípulos sufíes, añade, fue igualmente determinante, porque descubrí entonces una forma de fraternidad que nunca había visto antes. Al encontrar a esos discípulos, vi personas tocadas por esa enseñanza de una manera fulgurante. Ahí comprendí que se trataba de un camino que se dirigía al corazón. Veía gente inundada de amor cuyo comportamiento mostraba que no estaban apegados a principios rígidos y exteriores, sino que todos buscaban el amor divino. A través de ellos, las oraciones ya no me aparecían como deberes que cumplir o como un corpus de reglas, sino como una energía de amor».
Espiritualidad y cultura occidental
Manifiestamente, los discípulos franceses buscan vivir plenamente su enseñanza integrando los datos de la sociedad occidental. «No se trata de reproducir el modo de vida de tal o cual comunidad sufí de otro continente o de otra época que la nuestra, precisa Patrick. Toda actitud calcada sobre un modelo alejado de nuestra propia cultura sería de hecho artificial y no adaptada al entorno en el que uno evoluciona. El espíritu de la vía no está en lo espectacular o lo exterior, del mismo modo que se aparta de todo lo que podría crear incomprensiones o antagonismos inútiles. Esa vía de sabiduría es también una vía de amor a los seres, a través en particular de una verdadera cultura y de un verdadero respeto del otro».
Y Gilbert, 43 años, cuadro administrativo, continúa: «Las formas, los hábitos culturales que el sufismo ha podido tomar a lo largo del tiempo son múltiples. Pero en realidad, esa tradición se enraíza en la interioridad de hombres y de mujeres, mucho más allá de esas contingencias. En el sufismo, el bagaje cultural de cada uno no debe ser rechazado. El enfoque apunta a la superación de ese plano, y no a su negación; la cultura occidental puede e incluso debe ser mirada como una riqueza. La apuesta está en otra parte: es experimentar una dimensión de lo sagrado, aquí y ahora, con lo que somos, en nuestro entorno cotidiano».
«Esa discriminación entre cultural y espiritual puede revestir a veces aspectos sutiles, explica Robert, 69 años, jubilado. Nuestra actitud hacia el prójimo, por ejemplo, nuestra manera de actuar en lo cotidiano, no es disociable de nuestra vivencia espiritual. Si el comportamiento expresa en cierta medida lo que es percibido en el plano de la interioridad, es al mismo tiempo un medio privilegiado para tomar conciencia de todo lo que, en nosotros, merece un esclarecimiento o un desapego. Los valores de sencillez, de hospitalidad, de generosidad, de pudor, que se reencuentran en los sufíes orientales, no deben ser percibidos solo como culturales. Nutren y expresan de hecho una relación con el otro sacralizada. En ese sentido, tienen una dimensión verdaderamente espiritual».
Aunque vivimos en una sociedad de usos y comportamientos muy diferentes de los que pudieron conocer los sufíes durante la historia, la noción de cortesía (adab), que reviste en el sufismo el sentido de justeza y de finura del comportamiento, sigue, pues, plenamente de actualidad.
Esforzarse cotidianamente, por una mirada, una palabra, un gesto, en dar a cada ser, cualquiera que sea, el respeto y la consideración que le corresponden es en efecto un medio de despertar de pleno derecho, un recuerdo íntimo de que detrás de cada criatura está el Creador.
Una crisis de aculturación superada
Para Hervé, la discriminación entre espiritual y cultural fue muy progresiva. Al comienzo de su caminar, esa cuestión tomó incluso el aspecto de una crisis profunda. Si había sido «tocado en el corazón» por el mensaje sufí y se había comprometido, se preguntó después si esa enseñanza estaba realmente hecha para él: «Necesité un cierto tiempo antes de que el cumplimiento de las prácticas rituales en lengua árabe dejara de devolverme la imagen de un mundo que me aparecía a veces como exótico, a veces como irreductiblemente extraño a mi universo personal. Tenía a veces la impresión de encontrarme en otro plano. Varias veces me sorprendí pensando: “Pero ¿qué haces aquí?”».
«No ponía en tela de juicio la autenticidad de la enseñanza; estaba incluso persuadido de su profundo valor, lo que hacía por lo demás aún más difícil el sentimiento que tenía de ser extraño a todo ello. Sentí entonces que había que aferrarse… Me di cuenta poco a poco de que ese temor a la aculturación no correspondía a nada fundado: no hacía más que enmascarar mi dificultad para soltar verdaderamente lastre interiormente. Inconscientemente, tenía ahí un buen pretexto para no hacer frente a los miedos y a los condicionamientos que me habitaban y que la enseñanza revelaba. Es a la vez a través de una perseverancia, de un combate contra mí mismo y de una forma de abandono que mi mirada se transformó progresivamente. Creo hoy que ese camino no solo es accesible al espíritu y al modo de vida moderno, sino más aún que está adaptado a ellos. No obstante, es verdad que, más allá de esa compatibilidad de forma, fundamental desde cierto punto de vista, el camino espiritual es exigente: implica un profundo trabajo sobre sí y moviliza al ser entero».
El sufismo no es una psicoterapia
A este respecto, Jacques, 47 años, médico, precisa que la vía sufí no debe ser confundida con una psicoterapia: «Los propios sufíes han sido a menudo presentados como médicos del alma. Y efectivamente, el sufismo integra la forma de curación más esencial que existe: la curación interior. Es interesante notar que no hay oposición, en las sociedades tradicionales, entre las diferentes medicinas que tratan los diversos planos del ser humano: físico, emocional, psicológico… Sin embargo, unas y otras, si son complementarias, no por ello se confunden. Así, una persona que sufre dificultades psicológicas demasiado importantes debe ser ante todo ayudada a ese nivel. La enseñanza espiritual puede a veces revelarse desestabilizadora, porque remite a cada uno a lo que es y opera como un espejo, gracias al cual profundas puestas en cuestión se efectúan. Todo ello se inscribe en un proceso de pacificación interior, de apertura a un equilibrio siempre más real; pero una persona que no está dispuesta psicológicamente a atravesar esas puestas en cuestión no sacaría plenamente provecho de esos caminos».
«En realidad, creo que hay que estar preparado, y eso no está ligado finalmente ni a la edad, ni al estado interior, y menos aún a un bagaje en términos de lectura o de experiencias en el dominio de la espiritualidad. Más fundamentalmente, me parece, todo depende de la demanda y de la necesidad del individuo. ¿Busca este recobrar un bienestar psicológico? ¿En qué medida está dispuesto a invertirse en esa búsqueda? He aquí, pienso, los puntos cruciales que permiten distinguir a una persona cuya necesidad es de orden psicoterapéutico de aquella a la que llama una enseñanza espiritual».
Raphaël Feur





