Las claves del camino espiritual: sinceridad y humildad
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En la tradición sufí, la sinceridad y la humildad son consideradas las claves mayores del caminar espiritual, esenciales tanto antes de los primeros pasos como a lo largo de todo el recorrido. La enseñanza sufí es, pues, rica en cuentos y anécdotas que educan a los discípulos en el valor de esas cualidades indispensables para su progresión.
La sinceridad en el amor
En tiempos muy remotos de los que solo los cuentistas se acuerdan, vivía un rey alrededor del cual se apretujaban cada día muchedumbres atraídas por su sabiduría, que no tenía igual más que su bondad. Ese rey tenía un servidor cuya pureza de corazón y fidelidad no cesaban de maravillarlo. Ese hombre profesaba a su señor un amor y una confianza que hacían temblar de humildad a todos los que pretendían a la sinceridad. Una tarde de gran calor, el rey se había hecho traer una naranja para refrescarse. Antes incluso de tomar un bocado, dio la mitad a su servidor devoto que, agradeciéndole con una radiante sonrisa, se puso a degustar un gajo sin más espera. Viéndolo deleitarse, los ojos cerrados, el rostro embelesado, el rey le preguntó: «¿Conque está buena?». «¡Suculenta, oh rey mío!», le respondió el otro. El rey tomó entonces un pedazo… que escupió al instante exclamando: «¡Pero si es terriblemente amarga! ¿Cómo puedes encontrar buena una cosa tan detestable al gusto?». «Oh rey mío, le respondió el servidor, ¿cómo podría encontrar amarga una cosa que me es dada por mi señor bienamado? Todo lo que viene de él no puede ser más que excelente». A esas palabras, los ojos del rey y de buena parte de la gente a su alrededor se llenaron de lágrimas, el corazón preso de ese testimonio de una sinceridad elevada a los más altos grados.
Al comienzo del recorrido, la sinceridad de la aspiración a lo sagrado estimula el despertar del corazón y lo dispone a recibir el alimento espiritual del que se languidece. En el camino, la sinceridad abre las puertas de experiencias espirituales que hacen crecer el amor por Dios y sostienen en el delicado ejercicio del «pulido del corazón». En fin, liberado de su «yo ilusorio» y de las tendencias egocéntricas (orgullo, amor de las riquezas, culto de la imagen de sí, sed de poder…) que lo alejan de la Fuente, el caminante llega a los más altos grados del amor sincero, donde todo se disuelve en la contemplación del Bienamado.
La humildad para conocer
Un gran teólogo se puso un día en busca de un maestro sufí. Tras recorrer muchas comarcas, encontró por fin a un maestro que había elegido domicilio en una gruta, en la cima de una montaña. Escalada la montaña, el teólogo llegó por fin a la gruta. Se aprestaba a venir a saludar al maestro cuando este le dijo desde lejos: «¡Ve a hacer tus abluciones!». «Vaya, se dijo el teólogo, ¡yo que pensaba haber cumplido ya mis abluciones!». Y bajó de nuevo hasta el arroyo al pie para hacer con minucia sus abluciones rituales. Acabado el ejercicio, subió de nuevo y oyó la misma voz decirle una vez más: «¡Ve a hacer tus abluciones!». Turbado, el teólogo bajó de nuevo y rehízo sus abluciones de manera aún más escrupulosa. «Esta vez, estoy seguro de no haber olvidado nada», se dijo. Fue entonces cuando, por tercera vez, el maestro lo apostrofó: «¡Ve a hacer tus abluciones!». Completamente desconcertado, el teólogo se dirigió de nuevo hacia el arroyo. En el momento en que se aprestaba a hacer una vez más sus abluciones, percibió por fin lo que su futuro maestro esperaba de él: antes de pretender cualquier cosa, debía desembarazarse, en preámbulo, de sus pretendidos conocimientos y de todas sus certezas, que constituían otros tantos velos. Debía, pues, hacer en primer lugar sus «abluciones interiores». Es, en efecto, de ese modo que el discípulo, vuelto plenamente receptivo, podrá beneficiarse útilmente de la enseñanza de su maestro1.
La pretensión al conocimiento, sobre todo cuando es libresco, es un velo al conocimiento interior. Una cabeza «bien llena», aunque esté «bien hecha», no puede tener más que una vaga idea del verdadero conocimiento espiritual, porque el conocimiento libresco no alcanza la dimensión interior propia de la experiencia mística del develamiento y, por consiguiente, no puede transformar el comportamiento del individuo. Así, quien aspira sinceramente al conocimiento espiritual deberá renunciar a la ilusión de poder acercarse a él por el intelecto. Deberá entrar humildemente en un camino interior donde su objetivo ya no será siquiera comprender, sino vivir la proximidad con Dios. «Hay que, al principio, abandonar la pretensión de comprenderlo todo a partir del conocimiento exotérico. Se trata más bien de meditar y de obrar hasta que la apertura se produzca. Pero la meta misma no es esa apertura. La meta es la de no tener ya ninguna espera que la de estar cerca, conforme a la Verdad, en un desinterés completo»2.
La humildad es una condición esencial del caminar iniciático hacia el develamiento de las luces divinas. Es uno de los aspectos fundamentales de la ciencia del comportamiento, que es central en el islam y en las tradiciones sufíes. Esa ciencia del comportamiento está considerada como el más alto grado del sufismo y, al mismo tiempo, la vía de acceso ineludible al conocimiento espiritual. «El verdadero conocimiento solo se obtiene cuando se lo pide verdaderamente con humildad. El camino para encaminarse hacia él es comparable al de una persona que quiere beber el agua de un arroyo. Esa persona deberá agacharse hasta el arroyo para beber. El agua está siempre situada en el lugar más bajo de un sitio, y nos toca ser semejantes al agua»2.
Sinceridad y humildad son las preciosas aliadas del viajero espiritual en el proceso de transmutación del alma, gracias al cual, a medida que desaparece el dominio del ego, ve revelársele las realidades divinas, hasta que su corazón, irradiado de luz, se apague en la experiencia de la unificación, del mismo modo que la luna desaparece al levantarse el sol.
Karim Ben Driss es sociólogo, director del Instituto Sufí de Montreal y autor de «Le renouveau du soufisme au Maroc» (Archè / AlBouraq).

Para ir más lejos
Footnotes
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El encuentro referido en esta anécdota es el de Abû’l-Hasan al-Shâdhilî y de su maestro ’Abd al-Salâm ibn Mashîsh. Véase Zakia Zouanat, Ibn Mashîsh, maître d’al-Shâdhilî, Casablanca, Najah El Jadida, 1998. ↩
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Palabras procedentes de la enseñanza de Sidi Hamza al-Qâdirî Bûtshîsh. ↩ ↩2




