Hacer volver el espíritu a su origen, por Faouzi Skali
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«¿Quieres hacer volver el espíritu a su origen?» Tal fue la primera pregunta que dirigió el shaij Sidi Hamza a Faouzi Skali, que iba a convertirse con el tiempo en uno de los discípulos más conocidos de la vía Qadiriya Boutchichiya en Occidente. Recuerdos de un recorrido que empezó con los interrogantes de un estudiante de antropología en París, y con el redescubrimiento del patrimonio espiritual de su Marruecos natal.
En los años setenta se podía creer, en el medio estudiantil, que la política lo explicaba todo. Pero vista a través de la ideología, la suerte humana acababa por no tener mucho sentido. Era absurdo, pero todo el mundo se contentaba con ello, lo aceptaba. Mientras yo me formaba en el análisis político en la Universidad de París, otras interrogantes surgían en mí, alimentadas por algunas lecturas.
Nunca había leído el Corán; solo conocía las palabras necesarias para hacer la oración. Me dije: «Este texto ha tocado a la humanidad durante más de un milenio, ¡y yo ni siquiera sé lo que hay dentro!». Compré entonces un Corán traducido al francés. Al mismo tiempo empecé a leer Un santo sufí del siglo XX de Martin Lings, encontrado por casualidad. Leí también la traducción de Eva de Vitray-Meyerovitch del Libro del adentro de Rûmî, y La imaginación creadora en el sufismo de Ibn ’Arabî, de Henry Corbin. Poco a poco comprendí que, en un dominio tan vasto, había todo un camino por recorrer.
No entraba, pues, en contacto con esas tradiciones por la lengua árabe, y me impresionaba particularmente, al leer aquella traducción de Rûmî, comprobar que una mujer occidental pudiera poner tal sabiduría a disposición de personas venidas de todos los horizontes. Sin embargo, mi búsqueda no era únicamente libresca, porque me atravesaban verdaderas preguntas interiores.
Una noche, mientras caminaba por París, sentí de pronto que una evidencia se imponía con fuerza: había que elegir entre la vida y la muerte. De un lado, todo me aparecía completamente negro; del otro, todo parecía luminoso. Así de simple. Retomé entonces la oración. Algo en mí había basculado a pesar de una enorme resistencia, y sentí un cataclismo interior que la oración estaba lejos de apaciguar.
Poco después, durante una cena familiar, mi padre habló de un tío, Sidi El Hajj Tahar, hombre de negocios que había entrado en la vía Qadiriya Boutchichiya. Su decisión había sorprendido a todo el mundo: «¿cómo un hombre responsable podía entrar en una vía donde la gente lanza gritos y considera a su shaij como un profeta?». Según los rumores de la época, muchos jóvenes entraban en esa vía, renunciaban de golpe a su vida disoluta y dejaban de beber alcohol. Aquello me dejó perplejo, y más impresionado de lo que hubiera podido creer.
Yo pertenezco a una familia liberal y seguí la escuela francesa en Fez. Mi padre trabajaba en el cuerpo médico y era totalmente bilingüe. Mis abuelos eran personas afiliadas a las cofradías sufíes, pero nunca había hecho la relación con el sufismo que había descubierto en los libros de Rûmî o de Guénon. Creía que aquel sufismo solo existía en Oriente y que había que viajar muy lejos para acercarse a él. Con el libro El sufí marroquí Ahmad Ibn ’Ajîba y su mi’râj, en el que Jean-Louis Michon evoca en detalle la vía Darqâwiyya, tomé conocimiento de nuevos referentes. Tenía ahora acceso a la historia real del sufismo en mi país natal, Marruecos.
Sueños y visiones
Al empezar a profundizar en mis lecturas de los maestros sufíes, tuve por primera vez visiones a las que no estaba acostumbrado: imágenes de santuarios de estilo otomano que me hacían pensar en Rûmî. Aquel verano había regresado a Fez con la determinación de ponerme en busca de una vía sufí parecida a la de Ibn ’Ajîba. Imaginaba que el sur de Marruecos era seguramente el lugar más favorable para encontrar a tales maestros.
Hice entonces mi sueño más significativo. Estaba en el patio de una mezquita, con un pequeño alminar anexo, y veía llegar de lejos un personaje majestuoso, de hermosa barba y cejas negras, grandes ojos y gafas de carey. Cuanto más se acercaba a mí, más deslumbrante me parecía su belleza. Estaba fascinado por aquel esplendor espiritual y me decía: «¡Ojalá pueda seguir mirándolo sin que me vea!». Luego me rebasó y, llegado a cierta distancia de mí, se volvió, me miró y sonrió, una sonrisa amplísima que decía que sabía lo que yo pensaba. Me sentí infinitamente conmovido y muy turbado. Después subió al alminar, su cabeza asomó por una ventana y se puso a recitar la llamada a la oración. Pensé que era un personaje fuera de lo común y, como leía entonces La imaginación creadora en el sufismo de Ibn ’Arabî, creí que se trataba de Ibn ’Arabî. Pero en su época todavía no se llevaban gafas de carey…
Más tarde, durante otra comida familiar, la conversación volvió sobre la vía Qadiriya Boutchichiya y sobre aquel tío que había entrado en ella, siempre en tono de burla. Los miembros de mi familia consideraban su acto como una locura, enumeraban las consecuencias para sus hijos y su esposa, emitían críticas e inventaban muchas cosas. Solo uno de los comensales se contentaba con decir a propósito del shaij: «¡Dejad de decir tantas tonterías, que se trata de un santo!». Yo quería saber más. Al día siguiente fui a encontrar a un miembro de la vía Qadiriya Boutchichiya que me permitió entrar en una zauía donde la gente hacía dikr. Entre ellos se encontraba precisamente ese tío, Sidi El Hajj Tahar, del que tanto se habían divertido los demás. Al verlo sentado invocando, me impresionaron de inmediato sus ojos, que reían. Parecía radiante, muy alegre, mientras que yo guardaba el recuerdo de un hombre extremadamente tenso, el de un industrial estresado, cliente de las curas de sueño.
Después de la reunión de invocaciones, me invitó a su casa para hablarme de la vía. Estaba en tal estado de gracia que velamos hasta la mañana. Le alegraba que un miembro más joven de la familia, universitario en París, pudiera explicar a su mujer que el sufismo constituía una vía auténtica, porque a él no le tomaban en serio. Me quedé varios días en su casa; invitó a algunos foqara que me hablaron mucho, y entonces pedí conocer al shaij.
Partimos en grupo, por carretera desde Casablanca en dirección a Oujda. En el camino cenamos en Fez en casa de otro miembro de mi familia. Este habló de la vía que se había fundado en el seno de nuestra familia, la Skaliyya. Me contó que el fundador de nuestra zauía se llamaba Mulay Ahmed Skali, un santo del siglo XVIII. Mis abuelos paterno y materno eran ambos herederos de esa vía. Teólogos de la Qarawiyyîn, tenían rosarios y hacían dikr. Recordaba haberlos visto, de niño, con sus trajes tradicionales. En nuestra cofradía había lo que se llama la ’imara, la embriaguez espiritual, y yo los veía entrar en éxtasis, vestidos de blanco, con el turbante que se deshacía a medida que su estado se intensificaba. Mi anfitrión concluyó su intervención con estas palabras: «Ahora vas a reencontrar todo lo que vivieron tus antepasados. ¡Qué suerte tienes!».
La educación
Para mí las cosas se aclararon de verdad: había comprendido que el shaij de la vía Qadiriya Boutchichiya era a quien yo buscaba. Era en efecto una vía viva que podía colmar toda mi esperanza. Ya no tenía ninguna duda sobre su autenticidad. Mi único temor era no ser aceptado por el maestro.
En compañía de mi tío El Hajj Tahar, llegué muy tarde por la noche a la zauía de Madagh. Nos introdujeron a los dos en la pieza donde se encontraba Sidi Hamza. Llevaba la cabeza descubierta y hablaba con algunos foqara.
Recuerdo el ambiente eléctrico y una alegría muy grande en el aire. De vez en cuando, un discípulo era presa de un estado espiritual. Me senté, muy impresionado. Seyid, así es como se llama afectuosamente a Sidi Hamza, hizo una pregunta sobre mí, y mi tío me presentó como un estudiante en París, interesado por el sufismo. Un poco más tarde, sin que yo me lo esperara, Sidi Hamza se volvió hacia mí y me dijo: «¿Quieres hacer volver el espíritu a su origen?». No supe qué responder. Añadió: «¡Prepárate!».
Me quedé una semana en Madagh. Veía a Seyid todos los días. Comíamos juntos, salíamos a caminar con dos o tres personas. Lo escuché largamente hablar de la zauía, del pueblo, de la región, de los antiguos foqara de Sidi Boumedienne… Percibí poco a poco el papel del guía espiritual, la importancia de la educación. «El shaij es necesario porque es él quien te deja perplejo», me dijo. Y en efecto, hubo después muchos acontecimientos para suscitar mi perplejidad.
En Fez, los miembros de mi familia esperaban mi regreso, muy inquietos. La mayoría temía que yo siguiera el ejemplo de mi tío El Hajj Tahar. Mi madre me imaginaba preso de una secta e imploraba a mi abuelo, el teólogo, que me convenciera de volver a la verdadera religión. Para esa familia de cepa sufí, los guías espirituales de antaño eran familiares. Pero un shaij verdadero, estados espirituales, el surgimiento de una enseñanza real, gente que se implica: veían en todo ello charlatanería.
Durante la comida, por primera vez en mi presencia, mi abuelo no paró de contar historias sobre el sufismo. Un tío se puso a hablar de los santos que había conocido. Mi abuelo, de vez en cuando, me hacía una pregunta. Yo estaba muy entusiasmado por el interés que manifestaba por mi paso. La conversación no iba en absoluto en la dirección prevista por mi madre, que relanzaba sin cesar a mi abuelo: «¡Vamos, dile lo que te han pedido que le digas!». Él respondía simplemente: «Sí, sí, ya se lo diré…». Y nos reembarcábamos en nuestras conversaciones…
En un momento me quedé a solas con mi abuelo y me preguntó: «¿Cómo te han recibido allá?». Me habló con benevolencia, me hizo aún una o dos preguntas sobre el shaij y me dijo para concluir: «De ti a mí: ¡agárrate a ese hombre con todo tu ser!», empleando la expresión árabe: «¡Muerde con las muelas!», los dientes más profundos.
«El maestro es quien hace llegar…»
De vuelta en Francia, practiqué el dikr. Fue entonces cuando establecí la relación con el personaje majestuoso del sueño que había tenido durante mi estancia en Marruecos. No era Ibn ’Arabî, sino Sidi Hamza. Aquella sonrisa era bien la suya. Pero se trataba de Sidi Hamza joven, porque en el sueño tenía la barba negra. Llevaba también las mismas gafas de carey. Para mí el hilo conductor era su mirada y su sonrisa, que reencontraría en distintas ocasiones. Guardaba celosamente en la memoria esa imagen de la primera vez, cuando se había vuelto hacia mí y me había dicho: «Entonces, ¿quieres hacer volver el espíritu a su origen?». Había sonreído de la misma manera que en mi sueño…
El maestro es «aquel que llega y que hace llegar»; es quien permite que la religión no sea simplemente un sistema, sino algo verdaderamente vivido desde dentro. Desde el principio comprendí que había en esa vía una dimensión que supera la comprensión racional, que toca un nivel extremadamente profundo y nos hace descubrir progresivamente su realidad. Todo se pone en su sitio a partir de esa relación que se instala de corazón a corazón con el guía espiritual. Una suerte de ciencia que viene de dentro se despliega. Al cabo de algún tiempo, sin que yo tuviera nada que demostrar ni que probar, mi entorno quedó tranquilo y se dio cuenta de que yo seguía una enseñanza auténtica, muy alejada de lo que temía. Mi familia veía en mí los frutos de la práctica espiritual, que son notables en la manera de ser en la vida cotidiana. Que una vía se viva por el corazón se percibe intuitivamente, en lo más hondo de las conciencias, muy por encima de las palabras.



