El viaje del alma: las siete estaciones
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«Quien conoce su alma conoce a su Señor», afirma un hadiz qudsî. Esto puede comprenderse en la medida en que un alma particular no es más que un reflejo del alma universal: el alma es algo sutil, que toma la forma de lo que la domina. Al principio simple principio vital que anima el cuerpo, sojuzgada a sus pulsiones, el alma puede ser purificada para volverse poco a poco un instrumento de conocimiento intuitivo, y luego transformarse aún, hasta fundirse en el espíritu. Las etapas de ese caminar han sido descritas por varios sabios, apoyándose lo más a menudo en términos coránicos. Una de esas clasificaciones es la de ’Abd al-Qâdir al-Jîlânî (1077-1166), que distingue siete etapas diferentes.
El alma instigadora del mal
El alma es llamada primero «instigadora del mal», cuando está sometida a sus solas pasiones, a sus solos deseos. Se inclina naturalmente hacia este bajo mundo, porque para ella nada más existe: el hombre toma lo que desea y rechaza lo que le desplace. Busca saciar sus deseos y ejercer su potencia. Esto se expresa de la manera más natural del mundo, y esa forma de yo existe en cada uno de nosotros. Por supuesto, se la ve más fácilmente en los otros que en uno mismo; pero lo que vemos en los otros no es más que una imagen de nosotros mismos. Ese «yo» no tiene absolutamente conciencia de no buscar más que saciar sus deseos y perseguir la potencia. Tiene incluso la impresión de que su voluntad de potencia está plenamente justificada: llega a veces hasta explicarla en términos de beneficios, de solicitud hacia el prójimo. El Corán describe ese estado así: «¿Has visto a quien toma sus pasiones por su Dios?» (XLV, 23). Las características de esa alma despótica son la avaricia, la codicia, el deseo, el orgullo, la búsqueda de la celebridad, los celos, la despreocupación.
El alma amonestadora o arrepentida
Se podría decir que la etapa siguiente corresponde a la aparición de la moral, base necesaria de toda vida en sociedad. Se trata del desarrollo de la capacidad de elegir el interés general o el bien del prójimo, antes que la satisfacción de los propios deseos personales. El primer paso consiste en tener conciencia del funcionamiento de nuestro ego y en volver la mirada sobre sí. Se trata ante todo de tomar conciencia de sí, de observarse sin complacencia, incluso en esa situación, y de verse tal como somos. Aparecen entonces las nociones de bien y de mal, que a veces se oponen a los deseos del alma carnal: uno se vuelve capaz de tener criterios distintos de los del puro saciamiento de las propias pulsiones, de decirse «esto lo quiero, pero no lo hago porque podría causar daño al prójimo». El alma intenta entonces conformarse a esos valores, en la medida de sus medios, y se la llama el alma amonestadora, arrepentida o atormentada. Se esfuerza por domar sus propias pasiones; sus características son el reproche de sí, las preocupaciones, la contracción, la estima de sí, las reacciones de oposición. No se trata de un conformismo moral, sino de un esfuerzo de discernimiento.
El nacimiento de la fe: el alma inspirada
Cuando la purificación continúa, por la gracia del trabajo espiritual que vuelve a simplificar siempre más nuestro ser, entonces el corazón se despierta poco a poco. El alma ya no es únicamente razonante, intentando encontrar su camino por la sola reflexión mental: es ahora accesible al conocimiento intuitivo, y se la califica de inspirada. Es decir que ya no se actúa solo en función del bien y del mal moral, sino en función de lo que se siente en el propio corazón. Nuestras acciones ya no dependen de una discriminación puramente exterior, sino de un camino que se dibuja desde dentro. Se empieza a sentir lo que es justo y lo que no lo es, se aprende a seguir lo que nos dice nuestro propio corazón; y frente a él ya no hay posibilidad de pretextar, de justificar o de legitimar.
Cuando un hombre venía hacia el Profeta, este le dijo: «¿Has venido a interrogarme a propósito de la rectitud?». Habiendo respondido el hombre afirmativamente, continuó: «Consulta a tu corazón, porque el bien es lo que procura a tu alma y a tu corazón tranquilidad y serenidad. A la inversa, el pecado te turba interiormente y suscita en tu corazón el apuro, aunque unos sabios te aporten todas las justificaciones jurídicas posibles». Es esa vocecita venida de lo más profundo de nuestro corazón, entre nuestras múltiples voces interiores, la que debemos aprender a reconocer y a escuchar.
A partir de esa etapa, puede legítimamente evocarse un caminar anclado en la fe. Se habla también de ciencia de la certeza, porque el corazón comprende entonces las cosas con certeza. Los atributos de esa alma inspirada son el desapego, el contentamiento, la ciencia, la humildad, el arrepentimiento, la paciencia, el aguante de las dificultades y del mal.
El ojo del corazón: el alma apaciguada
Si el corazón tiene ahora la capacidad de comprender intuitivamente ciertas cosas, el alma sigue no obstante a veces turbada y agitada por las diferentes influencias a que está sometida. La etapa siguiente será, pues, la apertura de lo que se llama el ojo del corazón, capaz de ver esas cosas directamente. Cuando Abraham pide a Dios que le muestre cómo devuelve la vida a los muertos, Este lo interroga: «¿Es que no crees?». Y Abraham responde: «Sí, creo, pero es para que mi corazón se apacigüe» (Corán II, 260). Ya no se trata aquí, pues, de fe, de imân, sino bien de ihsân, de excelencia. Se pasa a otro nivel: ya no se trata de la ciencia de la certeza, sino bien del ojo de la certeza. Cuando el ojo del corazón se abre, se habla entonces de alma apaciguada, o pacificada, porque el corazón queda apaciguado por esa visión directa. Ya no hay duda posible, y su tendencia es a la unión. Sus características son el don, la entrega confiada en Dios, las sabidurías, el reconocimiento hacia Dios, la satisfacción del querer divino (y no del propio, por supuesto).
El alma satisfecha o complaciente
Una vez pacificada, el alma, purificándose y simplificándose aún, puede renunciar a sus propias pasiones, a sus propios intereses, y comenzar ya no simplemente a aceptar, sino realmente a desear lo que le ocurre. Se dice que el alma se vuelve satisfecha (de Dios), o complaciente. Ya no camina «con» Dios, sino realmente «en» Dios, porque puede por fin vivir permaneciendo constantemente abierta sobre Su Realidad. Su tendencia es entonces el contentamiento; sus cualidades son el ascetismo, la sinceridad, la piedad, la renuncia a toda cosa que no la concierne, la lealtad.
Hacia la perfección: el alma agradada por Dios
Acercándose aún más a Dios, el alma acaba por comulgar con el Espíritu y por apagarse en Dios. Como una ola que se reúne con el océano, abandona entonces toda voluntad autónoma, distinta de la voluntad divina. Se la nombra el alma agradada por Dios. A ese nivel, ya no hay solo más duda, sino ni siquiera más pregunta: las cosas son, simplemente, y esto no da lugar a ningún cuestionamiento. Ello, sin embargo, no suprime la perplejidad, quizá porque esa misma extinción no permite la comprensión de los fines últimos. Tras la ciencia y la visión, el alma alcanza aquí la verdad de la certeza y la plenitud de la excelencia del comportamiento (ihsân). Sus atributos son la excelencia del carácter, el abandono de todo lo que es otro que Dios, la delicadeza hacia las criaturas, la búsqueda de más proximidad con Dios, la meditación sobre la magnificencia divina y la satisfacción de lo que Dios le ha otorgado.
El alma perfecta
En fin, en el nivel más alto, se define el alma como perfecta. Después de la extinción en Dios viene la subsistencia por Dios. El hombre ya no camina más que por Él, y se ha vuelto capaz al mismo tiempo de reconocer la unidad a través de la multiplicidad, y de distinguir la multiplicidad en el seno de la unidad. Sus cualidades son todas las que han sido citadas para las otras estaciones. ¡Y Dios es más sabio!
El caminar en el hadiz qudsî
Un célebre hadiz qudsî afirma: «Mi siervo no se acerca a Mí por algo más agradable a Mis ojos que el cumplimiento de lo que le he prescrito. Y Mi siervo no cesa de acercarse a Mí por obras supererogatorias hasta que Yo lo amo. Y cuando lo amo, Me convierto en el oído por el que oye, la vista por la que ve, la mano por la que coge y el pie con el que marcha. Y si Me dirige una demanda la satisfago, y si invoca Mi protección se la concedo».
Se reencuentra, pues, aquí a la vez la noción de caminar del hombre, o del alma, hacia Dios, y ese destino de retorno a nuestros orígenes, a nuestro Creador. El caminar está claramente explicitado por una puesta en práctica de las obras, primero obligatorias y luego supererogatorias. Después viene un encuentro, que no depende más que de la gracia divina: le es dado primero al humano oír, luego ver, luego tomar, y luego ir más lejos aún. Todo su ser queda transformado por ese encuentro: su alma, por supuesto, puesto que ese encuentro implica no solo una visión directa, que remite a la estación del alma apaciguada, sino también un recubrimiento de la voluntad humana por la voluntad divina, que corresponde al estadio del alma agradada. Se dice también que el cuerpo entero queda habitado por Dios: no es apartado del caminar, no es superado, es transformado. Sus cualidades humanas quedan recubiertas por las cualidades divinas, sus sentidos mismos están en cierto modo «espiritualizados» por ese encuentro. El amor que se evoca aquí está más allá de toda dualidad y no puede florecer más que en la unión, la reunión podría decirse, de la criatura y de su Creador. A ese grado, en la unidad recobrada, cuerpo, alma y espíritu participan de la misma realidad y ya no pueden realmente ser distinguidos. Y esto sigue siendo posible en esta misma vida.
Maryam y Hussein Dassa, texto extraído de la obra «Corps, âme, esprit, par une musulmane et un musulman» (éd. Mercure dauphinois).





