La Noche del Destino, perla del mes de Ramadán
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Acaba de terminar el mes del ayuno de Ramadán, el de la bajada del Corán revelado como guía para los hombres: «El Corán fue revelado durante el mes de Ramadán. Es una Dirección para los hombres, una manifestación clara de la Dirección y de la Ley» (Corán II, 185). El nombre divino Ramadán expresa bajo este aspecto la unidad principial en la sucesión temporal del día y de la noche, del ayuno y de la vigilia (véase «El Ramadán»). El sentido del versículo según Ibn ’Arabî es que el Corán descendió por medio del ayuno propio de este mes. Según la tradición, esa revelación se produjo durante la Noche del Destino. Durante esa noche, el Corán descendió desde la Tabla guardada hasta el más bajo de los cielos.
La Noche del Destino se sitúa en el interior del mes de ayuno y se conmemora en la vigesimoséptima noche. Las interpretaciones son numerosas y versan en particular sobre la traducción de la palabra «qadr»: destino, hado, decreto. Toma su sentido y su amplitud por su lugar dentro del mes de Ramadán, donde puede ser meditada y ser objeto de oraciones o de ayuno por toda la comunidad.
Esa noche, esencial, que vale más que mil meses (Corán XCVII, 3), resume en un sentido, condensa, el significado del ayuno. En efecto, el Corán fue revelado en varias ocasiones según las circunstancias, según los acontecimientos, pero la Noche del Destino es la de la revelación primordial, originaria: la de la bajada de la madre del Libro, increada, en el corazón del Profeta.
Esa noche, preciosa entre todas, es aquella en que lo sagrado inviste la tierra, en que lo Divino toma posesión de la comunidad de las almas humanas, del suelo, del territorio. Es el encuentro entre lo que está más allá y lo que está presente para nosotros.
Más allá de la ascesis
Desde un punto de vista espiritual, no es la ascesis en sí la que importa: el imâm Mâlik dice que sin la intención y la puesta en estado de pureza del alma, el ayuno no tiene otro efecto que dar hambre y sed. El abandono del beber y del comer no es más que un medio para permitir la concentración en lo esencial, verdadera significación del ayuno.
Esa concentración en el Único esencial es la verdadera significación del abandono del alimento de este mundo. Pero se abandona bien otra cosa todavía. Hay que prescindir de pensamientos frívolos, de acciones fútiles, y desapegarse del ir y venir de la vida cotidiana que, el resto del año, aparece como importante y que, en el momento en que el alma se concentra en el ser, aparece sin consistencia. Entonces, poco a poco, se abandonan las gesticulaciones de la vida en este bajo mundo, los malos pensamientos y los rencores, y finalmente todas las pasiones.
La actitud buscada es la de una limpidez tan absoluta como sea posible hacia los otros seres: no se trata de pasión por los seres, sino de un estado más fuerte aún que la compasión, que el amor de los seres, un estado indiferenciado, de equilibrio y de concentración en lo esencial.
Por eso la Noche del Destino, noche de concentración por excelencia, noche del encuentro entre lo Divino y lo cotidiano, noche de la revelación, remata y da su plena significación al mes del ayuno. Así, al cabo de veintisiete noches, se abre simbólicamente el ojo del corazón, cuya visión supera la del ojo de carne, coronando magistralmente el mes de Ramadán.
El corazón de la creación
Se podría, y algunos lo han hecho, comparar la Noche del Destino con ese momento de la oración que es la prosternación. Se comienza de pie, en la más bella de las posturas, puente entre cielo y tierra, y se termina prosternado, la frente contra el suelo, apagado a este mundo, y luego se reemprende el ciclo. El momento de la prosternación representa a la vez el instante de inmovilidad y de humildad absolutas, pero también el instante de concentración y de espera suprema. Es así que la Noche del Destino, tejida dentro del mes de Ramadán, simbolizando y recordando la revelación hecha al hombre, tiene una significación que conmueve al creyente.
La Noche del Destino es una noche en que se supone que todo se detiene: no petrificado, inerte o muerto, sino detenido por exceso de vitalidad, exceso de vida. Esa vida es vitalidad, pero ante todo espiritualidad. Toda la naturaleza se detiene en el estado en que estaba el primer día de la Creación. Así somos animados unos instantes, en esa noche sagrada, por la energía vital, por la novedad, por la bendición del primer día de la Creación que repite la Noche del Destino.
El ayuno es un retorno al estado adámico. Olvidadas las luchas, las rivalidades, lo político, las esperanzas, las decepciones, por un tiempo. Cada uno se recoge en torno al solo hecho de ser una conciencia, de estar creado.
El escritor André Malraux gustaba de inspirarse en el último versículo de la azora «al-Qadr» (97), el que todo creyente puede recitar, y en el momento en que lo dice participa de una realidad interior que es más interior a él que él mismo: «¡Y si esta noche es una Noche del Destino: bendición sobre ella, hasta la aparición de la aurora!».
Alain Galindo, según una conferencia de Nadjm oud-Dine Bammate.




