La peregrinación perpetua (1/2): La Meca, centro del mundo

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«¡Sé en este mundo como un extranjero o un viajero que pasa su camino!». Esta palabra del Profeta Muhammad da el tono del desapego que debe animar al fiel musulmán; más allá, hace de la vida una peregrinación permanente, un viaje sin fin. La peregrinación (hajj), rito abrahámico según el islam, consagra en el plano ritual esa necesidad del desplazamiento, puesto que se trata de su quinto pilar.

De Adán a Muhammad

El islam se presenta como quien recapitula y sintetiza las revelaciones anteriores. Entre los ciento veinticuatro mil profetas que Dios ha suscitado para nuestra humanidad, Adán, Moisés, Abraham y Jesús ocupan un gran lugar en la perspectiva islámica. En lo que concierne a la peregrinación a La Meca, su doctrina y sus ritos son el fruto de tres etapas, ligadas a tres profetas: Adán, Abraham y Muhammad. Leyendas musulmanas afirman que Adán, expulsado del paraíso, cayó primero en la India, y luego se dirigió a Arabia. Eva, por su parte, se encontraba en Yeda: el nombre de esa ciudad vendría del árabe jadda, «la abuela», es decir, Eva. Uno y otro se habrían conocido de nuevo, o reconocido (ta’ârafâ en árabe), en uno de los sitios esenciales de la peregrinación: la llanura de ’Arafa, precisamente. La Meca (Makka en árabe) llevaba entonces el nombre primordial de Bakka, como atestigua el Corán: «El primer templo que fue fundado para los hombres es, en verdad, el de Bakka. Es bendito y sirve de dirección a los mundos» (III, 96).

Para apaciguar la tristeza de Adán tras su caída, dice la tradición, Dios le envió del paraíso una tienda de rubíes, así como la Piedra, que era entonces un diamante deslumbrante de luz. Adán instauró el rito celeste de la circunvalación alrededor de la Piedra, la cual se volvió progresivamente negra a causa de la idolatría de los hombres. Siempre engastada en uno de los ángulos de la Kaaba (literalmente «el cubo»), esa Piedra negra es un signo tangible de la alianza establecida entre Dios y la humanidad. Tras la muerte de Adán, la tienda celeste fue elevada al cielo. Sus hijos construyeron una casa sobre el emplazamiento de la tienda, pero el diluvio sumergió esa casa y los hombres olvidaron su emplazamiento.

Según el Corán, el propio Dios mostró a Abraham ese emplazamiento (XXII, 26). En el Libro santo, el padre del monoteísmo desempeña un papel determinante en la consagración del templo de La Meca al culto de la unicidad divina. Es él quien, con la ayuda de su hijo Ismaíl, habría construido la Kaaba en su estado actual (Corán II, 125-127), y establecido la peregrinación anual. Correspondió a Muhammad restaurar el monoteísmo adámico y abrahámico, en particular revivificando el sentido y los ritos de la peregrinación: esta era observada antes de la aparición del islam, pero la mayoría de los árabes de la época, vuelto idólatras, habían perdido la conciencia de la unicidad divina. Abraham sigue presente en la peregrinación, puesto que el fiel, tras haber cumplido sus vueltas alrededor de la Kaaba, efectúa una oración en el Maqâm Ibrâhîm, o Estación de Abraham. Una roca conserva allí las huellas de los pies del patriarca y marca así el límite del estado humano.

En cuanto al aspecto femenino del Principio divino, está ilustrado por la mujer de Abraham, Hâyar. Esta, abandonada en pleno desierto por su marido por orden divina, buscaba una fuente para desalterar a su hijo Ismaíl. Recorrió siete veces seguidas la distancia que separa los dos montículos Safâ y Marwa, desde lo alto de los cuales escrutaba el horizonte. Surgió entonces el pozo de Zamzam, situado en el corazón del santuario mequí, que abreva aún hoy a los peregrinos. Estos actualizan la búsqueda de Hâyar efectuando una séptuple carrera entre las dos colinas (al-sa’y).

El eje del mundo

Para los musulmanes, La Meca es el centro del mundo. Identificada con el «ombligo de la tierra» (surrat al-ard), La Meca tiene por nombre coránico Umm al-qurâ, es decir, «la Madre de las ciudades», la ciudad primordial que está en el origen de todas las ciudades del mundo. En cuanto a la Kaaba, que se encuentra objetivamente en el centro de La Meca, se sitúa sobre el eje del mundo. No representa más que el sustituto terrestre de las Kaabas celestes, y sobre todo del Trono divino que domina y engloba a la vez todos esos santuarios. Las Kaabas celestes simbolizan los estados múltiples del ser producidos por la manifestación universal axial. Del mismo modo, las vueltas rituales (tawâf) de los peregrinos alrededor de la Kaaba no hacen más que reproducir las vueltas que los ángeles cumplen en permanencia alrededor del Trono. Uno de los espectáculos más impresionantes que se ofrecen en el santuario de La Meca es ese movimiento circular incesante de los peregrinos alrededor de la Kaaba: continúa día y noche, puesto que la circunvalación forma también parte de la pequeña peregrinación (’umra), la cual, a diferencia del hajj, puede efectuarse durante todo el año.

No se accede al centro del mundo sin provocar una ruptura con la vida profana. El estado de sacralización (ihrâm) sustrae al peregrino de su condición ordinaria para reponerlo en armonía con la del estado primordial, materializado por el territorio sagrado (haram) que rodea La Meca. La entrada en estado de ihrâm se hace en uno de los puntos precisos situados sobre el perímetro de ese territorio, en función del origen geográfico. Para ello, el peregrino se purifica por una ablución completa y reviste una vestidura particular, sin costura y de color blanco. A partir del momento en que el peregrino ha formulado su intención (niyya), se prohíbe ciertos actos, como las relaciones sexuales o el corte del pelo y de las uñas.

Durante las oraciones rituales que se desarrollan alrededor de la Kaaba, sobre todo durante la peregrinación donde la densidad humana es extremadamente grande, se siente el flujo de las oraciones de todos los musulmanes del mundo que converge, en permanencia, hacia La Meca: debido a los desfases horarios, las cinco oraciones por día se vuelven multitud. Se percibe entonces la unidad de la comunidad musulmana y, más allá, de la comunidad humana.

Puesto que los peregrinos provienen de todas las regiones del mundo, y luego vuelven a ellas, algo del centro es así diseminado hacia la periferia. Por esa acción repetida cada año, la totalidad de la comunidad musulmana se encuentra purificada. Una palabra del Profeta Muhammad ilustra esa difusión concéntrica de la baraka de la peregrinación: «Ningún peregrino, afirmaba, pronuncia la talbiya, respuesta a la llamada divina, sin que las piedras, los árboles y los terrones de tierra que se encuentran a su derecha y a su izquierda pronuncien también ellos la fórmula consagrada hasta los confines de la tierra». Todo lugar sobre la tierra está, en efecto, vinculado de manera inmediata al centro mequí: es en ese sentido que Muhammad decía «Dios ha favorecido a mi comunidad dándole como santuario la superficie de la tierra entera».

Eric Geoffroy, publicado con la amable autorización de la revista «Parfaire l’homme». Continuación: La peregrinación perpetua (2/2).

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