Los tres grados de la Revelación

Índice

Modalidades de la transmisión espiritual, según palabras de Amadou Hampâté Bâ.

Abordar la noción de «profecía» en nuestros días no es cosa fácil. En efecto, la definición misma de la palabra «profeta» merece que nos detengamos en ella, a fin de percibir su sentido profundo tal como es entendido en las tres religiones llamadas monoteístas procedentes de Abraham (judaísmo, cristianismo, islam). Según la tradición islámica, resultante del Corán y de las palabras del Profeta Muhammad, se distinguen tres categorías de hombres que se diferencian de los demás hombres por un grado de elevación espiritual notable y por una función bien específica.

Los Mensajeros

En la cima de la jerarquía de la Revelación se sitúan los rasûl, literalmente los «Mensajeros» de Dios o los Grandes Enviados. Todo rasûl es elegido por Dios, por un acto de Su gracia, para ser el instrumento de una Revelación mayor de parte de Dios. Esa Revelación está generalmente destinada o bien a un pueblo muy numeroso, o bien a la humanidad entera. Dios revela a Su Enviado Su Palabra, que se convierte en un Libro sagrado para los hombres, que contiene los mandamientos de Dios, una santa Ley relativa al comportamiento exterior e interior de cada uno, así como los medios para que cada hombre y cada mujer emprendan el retorno hacia su Señor.

Esos Grandes Enviados son muy raros y ejercen su misión en un momento particular del ciclo de la humanidad. Su aparición marca una nueva etapa de la Revelación y, por consiguiente, de la evolución humana. Cada nueva «bajada» de la Revelación divina a través de ellos viene a la vez a confirmar las revelaciones precedentes y a completarlas, a perfeccionarlas en ciertos puntos, y a adaptarlas a las nuevas condiciones del tiempo. La tradición islámica cuenta seis Grandes Enviados: Adán, que descendió a la tierra «con las Palabras de Su Señor», Noé, Abraham, Moisés, Jesús y Muhammad. Se los llama a veces «Enviados legisladores», porque cada uno de ellos recibió una Ley nueva, adaptada a las necesidades del tiempo. Muhammad es el último Mensajero para nuestro ciclo: es en eso que el islam es la tradición espiritual que representa la síntesis de las precedentes.

El caso de Jesús es bastante particular: si vino a aportar flexibilizaciones a la Ley judaica inicial, no tenía por función abrogar las prescripciones reveladas a Moisés: «No penséis que he venido a abrogar la Ley (traída por Moisés): no he venido a abrogarla, sino a cumplirla» (Mateo V, 17). Entre los Grandes Enviados, Jesús es el que debe volver a la tierra para cerrar el ciclo de la humanidad presente.

La Providencia ha querido que los seis rasûl, o Grandes Enviados de Dios, pertenezcan a una rama específica de la humanidad: la rama semítica. Se podría casi decir, por lo demás, que son «salidos unos de otros». La Revelación tuvo, pues, su cuna en el Próximo Oriente, en Palestina y en la península Arábiga. Con cada uno de esos Grandes Enviados, una comunidad se constituyó y una religión nueva apareció, aunque en realidad esos Enviados predicaron siempre una sola y eterna religión: la del Dios Uno y Eterno.

Los Profetas

El segundo tipo de Enviados viene dado por el término árabe nabî, que se traduce literalmente por «profeta». Se trata de hombres santos que han recibido igualmente una revelación divina, de la que se hacen los humildes servidores. A diferencia del rasûl, su mensaje está destinado en general solo a un pequeño grupo de hombres, y a veces incluso deben mantenerlo casi secreto. Pueden ser nabî manifestados o no manifestados exteriormente, a diferencia del rasûl, que siempre está manifestado.

El nabî, cualquiera que sea la revelación que está encargado de transmitir, permanece colocado bajo la legislación aportada por el rasûl que lo precedió. En efecto, nunca aporta una «Ley» nueva para la humanidad. Tal es por ejemplo el caso de los profetas de la Biblia, que exhortaban al pueblo judío a volver a la pura Ley de Moisés.

La tradición islámica refiere que hubo 124 000 nabî, entre los cuales algunos están citados en el Corán. Muchos de ellos procedían del Próximo Oriente. Solo cuatro vinieron de Arabia. No se puede decir dónde y cuándo aparecieron los otros.

Los santos

A fin de vivificar de manera permanente la Tradición, Dios envía cerca de los hombres a los walî, a quienes se llama corrientemente los «santos de Dios». En realidad, la palabra walî significa «el que está cerca» de Dios, en unión con Él y viviendo en Su Amor. No se conoce el número de walî que han residido en la tierra, pero su presencia entre los hombres es necesaria en todos los tiempos y cerca de todas las comunidades. La degradación de las disposiciones espirituales de la humanidad en el curso de los últimos siglos está ligada al hecho de que el número de walî entre los hombres se ha reducido considerablemente.

Un nabî, es decir, un profeta, es siempre un walî, que recibe además una misión particular. Paralelamente, el rasûl (Gran Enviado) es siempre igualmente un walî revestido de la cualidad de nabî, es decir, de la dignidad profética, y que recibe además la grandiosa misión de revelar la Palabra de Dios a los hombres. Hay que subrayar bien, pues, que la cualidad de profeta o de Gran Enviado aparece en el corazón mismo de la cualidad de walî: Santo y Sabio de Dios que vive por y para el Amor de Dios, en el círculo misterioso de la «proximidad divina». Es así como en el seno del sufismo se distinguen para los walî tipologías de realización espiritual que se refieren a una coloración propia de tal o cual Gran Enviado: se evocará una realización abrahámica, mosaica, crística o muhammadiana.

Entre los walî se encuentran los guías espirituales auténticos, que se llaman shaykh o pîr en la tradición sufí, que tienen una autorización divina para transmitir una enseñanza en el seno de una tradición particular. Esos santos de Dios son la actualización de la presencia profética en un período dado. En las condiciones presentes de la humanidad, es cerca de los shuyûj que los aspirantes a la proximidad divina deben volver la mirada, porque son ellos los depositarios del espíritu y del soplo inicial presente en la Revelación. A través de ellos se establece el encuentro entre la naturaleza humana y la misericordia divina.

La Revelación coránica

El Mensajero recibía los fragmentos del Corán en estados segundos que sumergían su individualidad. Los fenómenos que acompañaban las Revelaciones eran impresionantes. Cuando Muhammad las sentía venir, se estremecía y temblaba, se hacía generalmente cubrir con un velo o un manto (Corán LXXIII y LXXIV) bajo el cual se le oía soplar, gemir, lanzar gritos roncos bajo el efecto de una tensión muscular intensa. Salía de ello sudando, con una pesadez de cabeza que trataba con cataplasmas. Tras el sermón solemne de la peregrinación del adiós, el último versículo revelado descendió e hizo plegar las rodillas de la camella sobre la que el Profeta estaba montado. Las Revelaciones se interrumpían a veces; el Profeta las esperaba para responder a preguntas o para dar indicaciones a su comunidad. Hacía una neta diferencia entre las Revelaciones que provenían del Más Allá y lo que venía de su propia inteligencia consciente, incluso inspirada. Se han conservado numerosos hadices en los que el Profeta actúa y habla, y algunos incluso en los que Dios habla en primera persona. Esos hadices, que constituyen la sunna, no forman sin embargo parte de la Revelación coránica.

Había varios modos de recepción de los versículos. A veces, el Profeta oía rumores, tintineos y un discurso del que captaba plenamente el sentido cuando los ruidos cesaban. A veces, el ángel Gabriel aparecía bajo forma humana, hablaba distintamente y se hacía comprender a medida de las palabras. A veces, el Profeta tenía una percepción más directa. El Corán recomendó al Profeta: «No agites la lengua leyendo el Corán como si quisieras apresurar la Revelación» (LXXV, 16). Los fragmentos recibidos eran retenidos por el Profeta y los compañeros, de los que algunos sabían de memoria lo máximo posible. Se escribían sobre pieles, palmas, cerámicas, omoplatos de oveja. En Medina, Muhammad tuvo secretarios que los transcribían enseguida. Esos fragmentos fueron agrupados en capítulos o azoras, que fueron clasificadas más o menos por orden de longitud: las más cortas, y a la vez a menudo las más antiguas, al final. El primer califa, Abû Bakr, hizo transcribir el conjunto. ’Uthmân, el tercer califa, fijó una versión de referencia definitiva, según los ejemplares confiados a Hafsa, viuda de Muhammad e hija de ’Umar.

¡Oh Allah! Ora sobre nuestro señor Muhammad, sobre Adán, Noé, Abraham, Moisés y Jesús, sobre todos los demás profetas y mensajeros. Que las oraciones de Allah y Su saludo sean sobre todos ellos.

Caligrafía

Para ir más lejos