El sufismo es un sabor
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El sufismo se inscribe en una de las tres grandes tradiciones abrahámicas, el islam, y como cada una de esas tradiciones, parte de un acto de fe. Pero, al inscribirse en esa tradición, es también y esencialmente una vía de conocimiento, de transformación interior.
Esa transformación es posible gracias a una orientación interior, que consiste en no tener otro fin que el de ser conforme a la realidad en uno mismo.
Esa orientación interior se sitúa primero en el nivel del pensamiento, antes de convertirse progresivamente en un estado de ser, una realidad vivida de manera espontánea y natural. Al mismo tiempo, esa orientación sigue siendo insuficiente para alcanzar una conciencia real y viva de la presencia divina. No es el hecho de trabajar y de sembrar la tierra, dicen los sufíes, lo que hace caer la lluvia.
Se trata simplemente de prepararse para recibirla. La presencia no es, pues, nunca la consecuencia de una técnica cualquiera, sino la de una gracia y un don divino. En la meditación se encuentra una presencia viva por la que uno se ve de entrada transportado más allá de sí mismo, de sus límites habituales. Es en ese sentido que se habla de arrobamiento interior. El momento de presencia es también un momento de honda conciencia, de conocimiento; pero un conocimiento por el que comprendemos con todo nuestro ser, directamente, de modo intuitivo, más allá del proceso abstracto de la razón.
La presencia divina
La presencia divina puede manifestarse como sensación espiritual intensa, por la revelación de significados espirituales, o también como iluminación interior.
En realidad, esos elementos, que separamos para poder hablar de ellos, constituyen a menudo aspectos diversos de una única y misma experiencia. Es esa experiencia la que se manifiesta sobre todo en los movimientos extáticos de los sufíes a los que se llama la presencia, la plenitud, la embriaguez espiritual o también el arrobamiento interior.
El movimiento del cuerpo no es más que un reflejo, una consecuencia natural y espontánea de ese «movimiento» del alma en el que esta se transforma al elevarse hacia su principio divino. En efecto, el influjo espiritual que se siente a través de las invocaciones de los nombres divinos se vive como una realidad que, sin ser material, es una realidad tangible, concreta y viva.
Los velos del ego
Al principio, nos hallamos forzosamente en los límites de lo que los sufíes llaman los velos del yo o del ego, hechos del conjunto de nuestras representaciones mentales. Pero a medida que nuestra conciencia se clarifica y que nuestro espíritu se retira de su implicación en el mundo de los sentidos, bajo el efecto de la concentración en el dikr, invocación y recuerdo de Dios, esos velos se disipan por obra de un brotar de luces. Esas luces son al principio esporádicas; se comparan a relámpagos súbitos y efímeros en nuestra noche interior.
Pero después, un cierto estado de iluminación interior se convierte para nosotros en un estado de conciencia real y duradero, antes de llegar a ser él mismo un velo y una limitación que sentimos como tales bajo el efecto de la presión de nuestra energía espiritual, que conduce por una necesidad interior a la superación de ese límite.
Belleza y Majestad
El levantamiento de los velos nos hace descubrir a Dios bajo dos aspectos esenciales: Belleza y Majestad. Los nombres o cualidades divinas (el dikr que se practica) están a su vez divididos en atributos de Belleza y atributos de Majestad.
Por ejemplo, el atributo del Misericordioso es un atributo de Belleza, mientras que el atributo del Todopoderoso es un atributo de Majestad. Cuando en la meditación la presencia divina se revela bajo los aspectos de la Majestad, hace nacer en nosotros el sentimiento de un temor reverencial, o también el de nuestra nadería ante el vértigo del infinito divino. Bajo ese aspecto, Dios se nos revela en Su trascendencia absoluta. Cuando por el contrario se revela bajo el aspecto de la Belleza, ello produce en nosotros una dilatación, una alegría y un amor intenso. La cualidad divina de la Belleza es entonces percibida como la esencia perfecta de todo.
En la poesía y los cantos, esta se simboliza a menudo por un personaje femenino: Laylâ, Mâyâ… La experiencia del amor y de la belleza que se descubre en uno mismo en la contemplación interior es un conocimiento esencial de las cualidades del ser divino, que repercutirá forzosamente en vuestra contemplación del mundo.
Al mismo tiempo, la oposición aparente entre los atributos de Belleza y los de Majestad crea en el corazón del meditante esa perplejidad liberadora por la que el espíritu se eleva, más allá de la dualidad aparente, hacia la unidad esencial que es la del ser divino.
El papel del maestro
Solo un maestro auténtico puede, por su enseñanza, que es solo muy secundariamente de orden verbal, hacer nacer en el discípulo esa energía espiritual que lo lleva a desprenderse de todas sus realizaciones interiores, que entonces percibe como otros tantos velos o ídolos que lo separan de la realidad divina. El maestro espiritual es aquel que ha pasado por los diferentes grados del ser, o mundos, para llegar finalmente a la apertura suprema que es el conocimiento de la realidad divina. En la meditación, el conocimiento de sí es una mirada hacia sí a partir de ese arrobamiento, de esa superación de los límites habituales de nuestro ego que suscita el amor divino. Mirándonos en cierto modo desde dentro, tomamos conciencia de los defectos de nuestro ego, que solo viven de restos ocultos escondidos a la percepción ordinaria.
Es también en virtud de ese conocimiento de sí por Dios que el alma del discípulo adquiere las cualidades para avanzar por el camino que lleva a la realidad divina. Porque esa mirada interior no es solo la que desvela, sino también la que transforma.
Así, la humildad, por ejemplo, es el resultado de esa percepción interna, y no el de una toma de posición mental o ética. El desprendimiento interior, tampoco él es posible más que porque el corazón encuentra en la contemplación de los atributos de la Belleza divina un goce infinitamente superior al mundo y a lo que contiene.
El goce del mundo procede a su vez de esa percepción interior que transforma nuestra mirada, y no del mundo tal como se percibe de manera ordinaria. En esta vía del conocimiento, los sufíes han desarrollado una tipología extremadamente precisa de los diferentes estados o grados del alma en su viaje interior hacia la realidad divina.
Hablan de ellos como de otros tantos sabores, en referencia a la experiencia transformante del gusto. Al final del camino, amor y conocimiento se reencuentran y se unifican, pues como dice un hadiz (palabra del Profeta): «Quien se conoce a sí mismo conoce a su Señor.»
Faouzi Skali



