A propósito del Sello de los santos (Jatm al-awliyâ')
Índice

El Sello de los santos1, del célebre místico del Jorasán Hakîm Tirmidhî (fallecido en 898), está justamente considerada una obra original que figura entre los primerísimos monumentos de la literatura mística del islam. El libro desarrolla la cuestión fundamental de la realización espiritual según sus dos modos distintos: el sidq (el esfuerzo humano sincero) y la minna (la acción de la gracia). El autor expone esta idea maestra valiéndose de todos sus conocimientos, psicológicos, teológicos y metafísicos a la vez. De paso se abordan varios problemas relativos a la mística: la ciencia de los santos (awliyâ’) y sus vínculos con la ciencia profana, el factor tiempo y su papel en la experiencia espiritual, la naturaleza de la santidad y la de la profecía, sus relaciones mutuas, la distinción entre contemplación y acción, la recompensa de los actos y la de la progresión de los corazones…
La experiencia espiritual y sus diferentes modos
Para Hakîm Tirmidhî, la realización mística se lleva a cabo según dos modos netamente distintos: el basado en la regla del sidq y el basado en la acción de la gracia. La distinción así establecida corresponde a la naturaleza misma y al fin perseguido por cada uno de estos dos modos de vida espiritual, que ocupan ambos su lugar en la jerarquía de los grados de la esfera de la santidad. Los términos que definen los múltiples estados de la realización espiritual adquieren bajo la pluma de Tirmidhî una gran precisión, la que revela una experiencia vivida: la de un fino psicólogo y de un metafísico.
El santo según la ley de Alá es quien sigue la regla del sidq. Esta regla se realiza en dos operaciones complementarias. Primero, el aspirante a la vía, consciente del sentido de su vida humana, de su destino, impone a sus miembros la estricta observancia de los ritos. Es la fase preliminar: el cumplimiento perfecto y escrupuloso de los mandamientos de la ley establecida. A esta fase sucede la operación interior, que consiste únicamente en vigilar y enderezar el alma individual, pivote de la regla del sidq. Tirmidhî describe la lucha desgarradora y dramática que el hombre espiritual debe librar contra su alma carnal para matar sus deseos pasionales y sus inclinaciones. […] Para él, el alma carnal es el principio del mal, la fuente de todas las desviaciones. Por eso el hombre espiritual ha de librar contra ella una lucha sin cuartel y extirpar de raíz las pasiones que suscita. Vigilancia de los miembros exteriores, dominio del ser interior: dos operaciones sucesivas que ilustran la lucha del cuerpo y del espíritu para restaurar una armonía destruida en la multiplicidad de la vida corriente.
El fin último del que realiza el sidq es el cumplimiento de su individualidad y de su salvación personal. En términos religiosos: la conformidad a las obligaciones del culto aquí abajo, a cambio del estado paradisíaco en el más allá.
La experiencia espiritual basada en la acción de la gracia descansa también sobre el dominio de los miembros exteriores y del alma pasional, pero la perspectiva es otra. El ser tocado por la gracia es, más que ningún otro, consciente de la necesidad de purificar su ser interior y de dominar sus miembros. A medida que la gracia lo irradia con su luz, el ser responde con una mayor purificación de su alma, una conciencia más profunda de sus deberes, un esfuerzo más ardiente de sinceridad, precisamente para ser digno de llevar el depósito divino y de reflejar la luz del cielo. Pero mientras el ser del sidq queda aplastado bajo el peso de la lucha contra su alma carnal, absorbido por entero en las observancias que debe cumplir, el ser tocado por la gracia se libera de sus lazos corporales y ve facilitada su tarea. Y mientras el ser del sidq queda en cierto modo determinado por sus dimensiones individuales (que no llega a superar), el ser de la gracia se remonta por encima de los límites de su individualidad y alcanza la liberación total.
Los seres del sidq son los obreros de la vida espiritual. Persiguen la recompensa inmediata y el provecho; la acción los absorbe por completo. No tienen acceso a la contemplación pura ni pueden superar de ningún modo los límites de la individualidad, porque en el más allá no aspiran sino al estado paradisíaco. Los tocados por la gracia, en cambio, son llamados los Libres, los Nobles. Su fin es la liberación total, la superación de la condición individual. Su aspiración se orienta hacia Dios solo, y desdeñan la recompensa de las delicias paradisíacas. Ya aquí en la tierra viven en el vasto campo de la unicidad divina, y en el fondo de su corazón reside el trono señorial.
Para Tirmidhî, el ser del sidq no puede escapar por completo al dominio de su alma individual. Quizá llegue a desprenderse de los placeres del pecado, pero jamás borrará de su alma las dulzuras del culto. Y es que las dulzuras del culto, lo mismo que los placeres de los pecados, son la manifestación concreta de la presencia del alma individual. El ego se niega a morir y ejerce su autoridad de forma sutil e indirecta. El hombre del sidq, aunque alcance un cierto grado de perfección espiritual, no está por tanto al abrigo de la influencia de su alma carnal: sigue expuesto a sus tentaciones y a su traición.
Si el ser favorecido por la gracia llega a liberarse de su alma, es porque una fuerza superior, la del Todopoderoso, se opone a la fuerza de su ego. La experiencia del ser de la gracia se diferencia de la del ser del sidq en que llega a vivir aquí abajo, íntegramente, todas las posibilidades de la existencia, no por su propio esfuerzo, sino por Dios. Tirmidhî comenta a este respecto, de manera admirable, el célebre hadiz qudsí recitado y meditado por tantos maestros espirituales del islam:
Y cuando amo a Mi fiel,
soy el ojo con el que ve,
el oído con el que oye,
la mano con la que palpa,
el corazón con el que medita.
Es por Mí que ve,
por Mí que oye,
por Mí que palpa,
por Mí que medita.
Se trata, en cierto modo, de un acto de identificación del ser con Dios o, más exactamente, de un acto de trascendencia del ser por el Principio. Su vida se convierte así en expresión del amor, de la fe, del conocimiento.
Santidad y profecía
La santidad es a la vez presencia e intimidad con Dios. Podría representarse como una esfera donde la totalidad de los creyentes viene a alinearse por orden jerárquico. Hay, en efecto, una santidad de orden general y una santidad de orden particular. En el plano general, la santidad abarca a la gran familia de los creyentes, cuya relación con Dios se realiza por la enunciación de la shahada. Es el vínculo común de todo fiel que cree en el mensaje de Dios y en Su presencia entre nosotros. En el plano particular, en cambio, la santidad está reservada a las élites de Dios, a Sus íntimos, que comunican con Él por medio de la unión efectiva y trascendente. Estos seres son los del coloquio, de la comunicación y de la paz profunda (sakîna). Acceden libremente a los consejos divinos y hablan con Dios cara a cara.
Estos dos planos o condiciones de la santidad expresan, en cierto modo, la distinción entre lo virtual y lo real. Mientras el simple creyente lleva en sí los gérmenes de una realización futura por la fe, el santo propiamente dicho realiza efectivamente, por la gracia santificante, la intimidad y la proximidad divinas, en una palabra, la vida en Dios. El problema de la liberación y de la visión beatífica queda así resuelto por anticipado para el santo, aquí abajo, mientras que sigue pendiente para el simple creyente en la vida del más allá.
La esfera de la santidad no engloba solo al conjunto de los creyentes: también a los profetas y a los apóstoles, que llevan en sí mismos, además de su función particular, la santidad. La personalidad del apóstol, igual que la del profeta, comporta múltiples funciones: se presenta bajo una forma exterior, la profecía, y bajo una forma interior, la santidad. Todo profeta o apóstol es santo, no a la inversa. Puede ocurrir, no obstante, que Alá conceda a un santo favores que niega a un profeta o a un apóstol. Son los casos, por ejemplo, de Salomón y su compañero que detenta la ciencia (Corán XXVII, 40), y de Moisés y Jidr (Corán XVIII, 65-82).
En sí misma, la santidad es pues superior a la profecía y al apostolado. Por un lado, porque es común a enviados, profetas y santos; por otro, porque su naturaleza es intemporal: unión íntima y trascendente con Dios.
La profecía es de naturaleza escatológica, determinada por el ciclo existencial. El apostolado es de naturaleza social. Profecía y apostolado se sitúan pues en un plano temporal, mientras la santidad se sitúa en un plano divino donde es atributo y perfección. Entre los atributos y nombres divinos figura, por lo demás, el de walî y no el de nabî o el de rasûl… Pero la primacía de la santidad sobre la profecía y el apostolado no significa que el santo sea superior al profeta o al apóstol, pues estos son igualmente santos.
El profeta y el apóstol están protegidos del error por la virtud de la Revelación; el santo, por la virtud de la verdad (haqq) y de la sakîna. La función del profeta, sin embargo, es salvadora: exige la adhesión de las criaturas, y quien rechaza su mensaje es considerado infiel. Para el santo, aunque todo el universo cante su santidad, la adhesión no se exige, solo se solicita. Quien se niega a reconocer al santo no incurre, cierto, en pena formal, pero se priva así de la luz divina.
Del mismo modo que la profecía, representada simbólicamente como una esfera donde se alinean los profetas, culmina con el «Sello de los profetas», así la santidad, que se manifiesta en la escena de la historia por la figura luminosa de los santos, culmina con el «Sello de los santos». La santidad, igual que la profecía, encuentra su pleno florecimiento en el Sello. Pero mientras la profecía queda sellada con el último profeta, Muhammad, la santidad brota hasta el fin de los mundos2.
Por Osman Yahia, doctor de la universidad al-Azhar de El Cairo y maître de recherche del CNRS. Este artículo apareció inicialmente en la revue de l’École pratique des hautes études, section des sciences religieuses, 1959 (www.persee.fr).

Para saber más
Footnotes
-
Jatm al-awliyâ’, traducción de Slimane Rezki, ed. Albouraq. ↩
-
Ibn ’Arabî (1165-1240) y el emir ’Abd al-Qâdir (1808-1883) distinguen tres «sellos de la santidad»: el «Sello de la santidad universal», encarnado por Jesús; el «Sello de la santidad muhamadiana», encarnado por el propio Ibn ’Arabî; y el «Sello de los hijos de Adán», que será el último santo del ciclo de la humanidad. ↩



