La vida del Profeta Muhammad (6/11): la emigración (hégira)
Índice
La emigración (hégira)
A partir de 615, el número de convertidos no dejaba de crecer. Los mequíes, inquietos, decidieron pasar a las represalias: encarcelaron a algunos y a otros, como Bilal, los torturaron. El Profeta de Dios reunió entonces a sus fieles y les pidió que, si podían, se dispersaran y se exiliaran, sobre todo a Abisinia, gobernada por Nayashi (el negus), un rey cristiano piadoso y tolerante. Tras un viaje arriesgado, perseguidos por los coraichitas, los convertidos desembarcaron en Abisinia, donde los súbditos del rey los acogieron bien. Eran once hombres y cuatro mujeres, solos o con sus hijos. Entre estos primeros emigrantes estaban Uthmán ibn Affán, con su esposa Ruqayya, segunda hija del Profeta y de Jadiya, y también ’Abdallah ibn Mas’ud, el futuro embajador del Profeta en Medina ante los primeros conversos de al-’Aqaba. A él se le encomendaría enseñarles el Corán y la Sunna del Profeta para difundir el Mensaje de Dios; así se preparaba la acogida del Profeta de Dios con la conversión de numerosos «auxiliares», los Ansar: (IX, 100) «En cuanto a los primeros entre los emigrantes y los auxiliares del Profeta, y a quienes los siguieron en el bien: Dios está satisfecho de ellos y ellos están satisfechos de Él».
El pacto de lealtad (bay’a)
Al mismo tiempo, y respondiendo al deseo íntimo de los creyentes, tomó forma la noción de «pacto» (bay’a): un juramento de lealtad o de fidelidad que se constituyó muy pronto en el islam, a partir del vínculo de autoridad espiritual que el Enviado de Dios establecía con Él frente a los nuevos entrantes en el islam: (XLVIII, 10) «Los que te prestan juramento de lealtad no hacen sino prestar juramento a Dios (yubâyi’ûna’Llâh); la mano de Dios está posada sobre sus manos (yadu’Llâhi fawqa aydîhim)». Para los creyentes se trata, en este punto, de cumplir la segunda parte de la shahada. Y el Corán asienta esta institución ancestral sobre dos elementos fundadores.
La institución, que forma parte del recuerdo de la Verdad inmutable, se apoya en una realidad presente en cada uno de nosotros al nacer. Dios, desde la preexistencia de la humanidad, puso en guardia a los hombres contra sí mismos: les hizo atestiguar solemnemente (mîthâq) su vinculación a Él. (VII, 172) «Cuando tu Señor extrajo una descendencia de los lomos de los hijos de Adán, les hizo testificar contra sí mismos (ashhadahum ’alâ anfusihim): ¿No soy yo vuestro Señor? Dijeron: ¡Sí, lo atestiguamos (shahidnâ)! Y ello para que no dijerais el día de la resurrección (yawm al-qiyâma): Hemos sido sorprendidos». Es esa primera atestación, inscrita en cada uno de nosotros, la que permite al hombre percibir la necesidad de renovar el pacto inicial con quien, en su tiempo, Dios envía hacia ellos.
Los pactos de al-’Aqaba
En cuanto a esta renovación, lo primero es lo que se conoce como el primer pacto, llamado de ’Aqaba, por un lugar situado en la ladera de una montaña: al-’Aqaba. Un pacto que en realidad se desarrolló en tres tiempos y bajo dos formas. Primero, en junio de 620, cuando seis hombres de la tribu de los Jazray, de la ciudad de Yathrib, la futura Medina, aceptaron el Mensaje de Dios transmitido por su Profeta. Al año siguiente, en 621, volvieron al mismo lugar con otros siete hombres, entre ellos dos miembros de la tribu de los Aus, para confirmar el mismo juramento. Esta era la primera forma del pacto, que en realidad no era más que un simple reconocimiento. Uno de los compañeros del Profeta, Mus’ab1, volvió entonces con ellos a Yathrib para enseñarles el islam y el Corán. Por último, con ocasión de la peregrinación del año siguiente, en 622, se celebró lo que se conoce como el segundo pacto de al-’Aqaba, en el que los hombres se comprometieron esta vez a combatir y a defender al Profeta de Dios. Eran 73, de las dos tribus, y entre ellos dos mujeres que pronunciaron el simple juramento de reconocimiento del año anterior, sin esa nueva dimensión de compromiso y sacrificio físico. Así quedó establecido el primer pacto, el llamado pacto de al-’Aqaba, que mucho más tarde sería sellado definitivamente en el pacto de lealtad de la Complacencia (bay’at ar-ridwân), en Hudaybiyya, al que remite el versículo XLVIII, 18: «Dios estaba satisfecho de los creyentes cuando te prestaban juramento bajo el árbol. Conocía el contenido de sus corazones. Hizo descender sobre ellos la sakina. Les recompensó con una victoria próxima».
La huida hacia Medina
Todo ello anunciaba la decisión del Profeta de Dios de emprender su propia emigración a Yathrib, llamada desde entonces Madînat an-Nabî: Medina.
Muchos musulmanes ya habían emigrado, pero Muhammad permaneció todavía un tiempo en La Meca con su amigo Abû Bakr, que lo había prometido a su hija ’Â’isha. Una noche de septiembre del año 622, mientras sus enemigos conspiraban para asesinarlo, el ángel Gabriel advirtió al Profeta de lo que se tramaba contra él. Dejó en su lecho, para despistar, a su primo ’Alî, y logró huir en compañía de Abû Bakr; pasarían tres días escondidos en una caverna cercana a La Meca.
Ibn Sa’d cuenta: «Una araña tejió una tela justo a la entrada de la caverna. Por la gracia de Dios, un arbusto creció ante la abertura de la gruta y dos palomas salvajes anidaron plácidamente en sus ramas florecidas».
Los coraichitas, al ver la tela de araña intacta y las dos palomas a la entrada de la gruta, se dieron la vuelta, convencidos de que aquel refugio estaba sin duda deshabitado. Los dos compañeros escaparon así de la muerte y decidieron abandonar el lugar, rendidos y devorados por el hambre. Camino de Medina, lejos de las rutas frecuentadas, se encontraron con una vieja beduina, Umm Ma’bad, que poseía una cabra famélica. El Profeta de Dios, con permiso de la anciana, se puso a ordeñarla. La cabra estiró entonces las patas y mostró unas ubres henchidas de leche en abundancia. El Profeta sirvió a sus anfitriones: primero a Umm Ma’bad, luego a Abû Bakr, y él se sirvió el último. Por la noche, el marido de la beduina regresó al campamento y ella le contó el episodio milagroso de aquel hombre que había sacado leche abundante de su cabra. Él le pidió que se lo describiera físicamente y ella le dijo:
«Tiene un rostro luminoso, agradable y afable que expresa alegría y felicidad. Es bueno, amable y nada glotón. No es ni alto ni bajo. Su estatura es mediana pero robusta; su cuello, alargado. Su voz es musical, pero no aguda. Tiene grandes ojos negros, cejas espesas y el cabello negro. La barba y el cabello, abundantes. Su discurso es muy expresivo, muy dulce, bello como un collar de perlas. Es muy sereno e inspira respeto a sus compañeros, que obedecen sus mandamientos».
A lo que el hombre respondió: «Es sin duda el hombre que buscan los coraichitas. ¡Por Alá! Si me lo hubiera encontrado, lo habría seguido, y lo haré si se presenta la ocasión».
Por Michel Abdallah Grimbert, discípulo de la Tariqa Qadiriya Boutchichiya.
Para saber más
- La vida del Profeta Muhammad (5/11): el viaje nocturno
- La vie du Prophète Muhammad (7/11) : l’installation à Médine
Footnotes
-
Jálid Muhammad Jálid: «Mus’ab ibn ’Umayr, el primer embajador del islam», extracto de su libro sobre los compañeros del Profeta de Dios: «Riyâl hawla ar-rasûl, Hombres en torno al Profeta», ed. Maison d’Ennour. ↩



