La vida del Profeta Muhammad (5/11): el viaje nocturno
Índice

El viaje nocturno: al-Isrâ’ wa al-Mi’râj, del Profeta hacia Dios, en Dios, y su regreso hacia los hombres
Este episodio, milagroso en el sentido propio del término, es emblemático de la realización personal del Profeta de Dios, que en verdad recubre el conjunto de las realidades de todos los mundos. ¿Acaso no fue enviado como misericordia para los mundos? (Corán XXI, 107): «Solo te hemos enviado como misericordia para los mundos». La vida del Profeta comporta así multitud de indicaciones sobre los otros mundos a los que accede de modo directo y claro, sin que ello le impida participar totalmente, y con la máxima adecuación, en el nuestro. Y cada cual siguió desde entonces su «rastro» y puso sus pasos en sus «huellas», portadoras de trascendencia.
Se refiere que, mientras el Profeta descansaba o velaba en el Hijr, lugar dentro del recinto circular de la Kaaba originaria, rastro de la tienda (khayma) de Adán durante su presencia sobre la tierra, el ángel Gabriel vino a él, le hizo levantarse y le condujo hasta un animal alado llamado al-Burâq. Este le llevó primero de la mezquita sagrada (Masjid al-Harâm), en La Meca, a la Masjid al-Aqsâ’ de Jerusalén (al-Isrâ’), donde rezó con los profetas que le precedieron. Esa translación nocturna, denominada Isrâ’ (de sa-ra-ya, viajar de noche), aquí de una mezquita a otra, implica que se trata en realidad de la misma realidad esencial e indivisa: el Espíritu de Dios (Rûh) que reside en cada una de ellas. Y confirma que el viaje está guiado por el Espíritu divino, en las condiciones nocturnas propicias a la presencia del otro mundo, fuera de las condiciones diurnas de este mundo de aquí abajo.
El Corán describe esa realización en la azora al-Najm («La estrella», LIII, 1-18), y abre así su descripción: «v.1 ¡Por la estrella cuando desaparece!». Es decir: abandonamos las condiciones del orden del cosmos y vamos más allá. El Texto sagrado afirma a continuación que, aunque arrebatado (jadhaba) a la condición terrestre, «v.2 vuestro compañero no está descarriado ni en el error; v.3 no habla bajo la pasión (hawâ)». Pasiones del alma nacidas, como se sabe, de sus lazos con el cuerpo, aquí trascendido.
La ascensión a través de los siete cielos
Luego el Profeta de Dios accedió a la Presencia divina y atravesó sucesivamente los siete cielos que marcan las realidades espirituales propias de cada una de las siete realidades proféticas (al-Mi’râj): Adán, luego Jesús y Juan Bautista, José, Idrís, Aarón, Moisés y, por último, Abraham. El Corán prosigue su descripción (LIII, 4-16):
«v.4 No es sino una Revelación (wahî) que le ha sido inspirada. v.5 El Poderoso, el Fuerte se la hizo conocer. v.6 El que posee la fuerza se mantuvo en majestad, v.7 cuando se hallaba en el horizonte supremo (bi-l-ufuqi al-’alâ); v.8 luego se acercó y quedó suspendido. v.9 Estaba a una distancia de dos tiros de arco, o menos aún, v.10 y reveló a Su siervo lo que le reveló. v.11 El corazón (fu’âd) no inventó lo que vio. v.12 ¿Vais, pues, a elevar dudas sobre lo que ve? v.13 Le vio, en verdad, otra vez, v.14 junto al azufaifo del límite (sidrat al-muntahâ), v.15 cerca del cual se halla el Jardín de la Morada; v.16 en el momento en que el azufaifo estaba envuelto por lo que lo cubría.»
El ángel Gabriel se apartó entonces, sin proseguir su acompañamiento del Profeta de Dios, que accedía a realidades muy por encima de los estados angélicos. En el punto culminante de la ascensión se alzaba el «Loto del límite» (sidrat al-muntahâ), antes del Absoluto: (LIII, 17-18) «Su mirada no se desvió ni fue engañada. Vio entonces la más grandiosa de las maravillas de su Señor (Laqad ra’â min âyâti rabbihi al-kubrâ)».
La reacción de los mequíes y el regreso hacia los hombres
Cuando el Profeta refirió ante los coraichitas que se había trasladado a Jerusalén (al-Isrâ’) durante la noche, el relato del «viaje nocturno» fue acogido con reservas, cuando no con burlas y la incredulidad más total. Tales fueron las primeras reacciones, salvo la de su compañero y amigo íntimo Abû Bakr, que afirmó: «Si él lo dice, es que es verdad», lo que le valió el sobrenombre de as-Siddîq, «el que da testimonio de la verdad». Más tarde, caravaneros que le habían visto de regreso de Jerusalén confirmaron sus palabras ante los mequíes. En adelante no hablaría ya de su ascensión al cielo (al-Mi’râj) más que a sus compañeros más cercanos.
Más allá de esta ascensión propiamente dicha, que otros profetas realizaron, como Elías (Ilyâs o Il-Yâsîn, XXXVII, 123) o Jesús (’Isâ), el aspecto más notable es el descenso, el regreso del Profeta de Dios hacia los hombres. Debía ser seguido, primero, por su emigración de La Meca a Medina, luego por la reconquista del santuario antiguo de La Meca, en adelante definitivamente purificado y consagrado al islam. Para comprender bien esta serie de acontecimientos aparentemente negativos ligados a la hégira (el Profeta obligado a huir del lugar y del entorno familiar que le vieron nacer, crecer y afirmarse, hasta el momento en que sobrevino la Revelación que la mayoría de sus conciudadanos rechazó), hay que ver que ese exilio, por negativo que sea y parezca, le constriñe provisionalmente a convencer y conquistar primero a las demás tribus de Arabia en nombre del islam, antes de poder regresar victorioso a La Meca con su apoyo (los llamados Ansâr, «los auxiliares»), contra sus enemigos mequíes, los coraichitas, a quienes había tenido que dejar a su pesar porque el Mensaje del que era portador de parte de Dios no era escuchado y era fieramente combatido. Era el precio a pagar por la reconquista definitiva de la Casa sagrada. Debía morir entre los suyos, tras haberles transmitido la Realidad muhammadiyya que reúne la realización ascendente hacia Allâh y la descendente hacia los hombres, a imagen de la atestación de la fe: «Lâ ilâha illâ Allâh wa Muhammad rasûl Allâh». Volveremos sobre estos puntos.
Por Michel Abdallah Grimbert, discípulo de la tarîqa Qadiriya Boutchichiya.



