La Burda: la casida del imam al-Bûsîrî a la gloria del Profeta
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Extraído de la obra Al-Burda*, de Hassan Boutaleb, ed. Albouraq.*
La Burda es un poema cantado al Profeta (la paz y la salvación sean con él) que todavía se recita con frecuencia en las cofradías sufíes. La obra del imam al-Bûsîrî ha atravesado siglos y continentes. Los sabios más diversos la han comentado en todas las lenguas del islam (árabe, persa, turco, indio, urdu y diferentes dialectos), y ha conocido traducciones al chino, al ruso, al alemán, al inglés, al francés, al italiano y al español: el interés que suscita no ha decaído jamás. La belleza de esta oda excepcional es sencillamente sobrecogedora. Su autor consiguió describir las etapas más importantes de la vida del Profeta y sus milagros más señalados en versos asombrosos uno tras otro, con un estilo conciso y perfecto, en el árabe más sutil y refinado que existe, sin conceder nada a la cadencia sublime de los grandes compositores de casidas de todos los tiempos.
La vida de al-Bûsîrî
Su autor, el imam al-Bûsîrî, nació en el Alto Egipto en el año 608 de la hégira (1211).
Recibió la educación tradicional de su época: memorización del Santo Corán, estudio de la tradición profética, de la lengua y de la gramática árabes.
Deja su aldea natal para irse a El Cairo, donde continúa sus estudios junto a prestigiosos sabios y se familiariza con la historia, la biografía del Profeta, la literatura y las ciencias religiosas. Conocemos también su inclinación por la poesía y su facilidad natural para componer versos, cualidades adquiridas muy pronto que le valieron ser admitido en la corte de unos príncipes ávidos de elogios y de prosas.
Ejercía el oficio de calígrafo, y después de inspector de mercados, cuando un día le alcanzaron los fuegos del amor al Profeta. Le invadió entonces un deseo ardiente por el señor de los hombres, una pasión irrefrenable que encendió todo su ser y le llevó a renunciar a la prosa profana: desde entonces, el imam de los poetas dedicaría su talento innato al Profeta y le compondría himnos prodigiosos.
La noche de la Burda
Al-Bûsîrî explica las razones de aquel vuelco con un testimonio estremecedor:
Tras visitar a un notable de la ciudad, en el camino de regreso me crucé, cerca de mi casa, con un sabio de bello aspecto y edad madura, que me interpeló así: «¿Serías tú quien ha visto al Enviado de Dios esta noche en sueños?». Respondí: «No, no he visto al Profeta esta noche». Las palabras del sabio me conmovieron y llenaron mi corazón de amor y de deseo ardiente por el Profeta. Volví a acostarme. Vi entonces en sueños al Enviado de Dios rodeado de sus compañeros. Parecía el sol en medio de las estrellas. Me desperté con el corazón palpitante, colmado de amor y de alegría. El amor por aquella luz no abandonó jamás mi corazón, y me puse a componer himnos a la gloria del Profeta, como la Hamziyya y la Mudriyya. Más tarde me acometió un mal terrible que me paralizó la mitad del cuerpo y me impedía moverme. Se me ocurrió entonces componer una obra que tratara de los méritos del Profeta y rogar, a través de ella, a Dios que me curara. Una vez compuesta, me dormí, y he aquí que se me apareció en sueños el Profeta. Le recité mi obra entera, y él acarició con su noble mano bendita las partes paralizadas del cuerpo del humilde e ingrato siervo que soy. Al despertar estaba completamente restablecido y ya no sentía dolor alguno.
Al salir de casa a la mañana siguiente me encontré con el shaykh Abû ar-Rajâ’, un amigo, que, para gran sorpresa mía, me dijo: «Dame la casida que compusiste en honor del Profeta».
Seguro de no haber hablado de ella a nadie, le repliqué: «¿De qué casida hablas? He compuesto tantas a su gloria, ¿cuál quieres?». Me dijo: «La que empieza por Amin tadhakkurti…». Estupefacto, le pregunté: «¡Oh, Abû ar-Rajâ’!, ¿de quién lo has sabido? Aún no se la he recitado a nadie». Me respondió: «Te he oído declamarla ante el Enviado de Dios anoche. Tan encantado quedó que su cuerpo se animó con un movimiento semejante al de las ramas cargadas de frutos cuando las acaricia la brisa». Se la di, y la noticia corrió con rapidez entre la población.
Desde aquella noche hasta nuestros días, esa casida que atravesó los siglos y los continentes sigue declamándose por todo el mundo. Todos los pueblos del islam la conocen, y su prestigio es tal que la han comentado un gran número de sabios, y no de los menores.
Después de consagrar el resto de sus días a cantar y a loar las virtudes del Profeta, el imam de los poetas falleció a los 87 años en Alejandría, donde su cuerpo reposa junto al del shaykh Abû al-’Abbâs al-Mursî (sucesor del shaykh Abû al-Hasan al-Shâdhilî), quien confesó al final de su vida: «Lleva 40 años sin que ningún velo me haya impedido, ni siquiera un parpadeo, acordarme del Enviado de Dios. Si hubiera quedado velado de él un solo instante, ya no me contaría entre los musulmanes».
La estructura de las diez secciones
La Burda se compone de 160 versos (o 162), que los comentaristas dividieron en diez grandes secciones de distinta extensión:
- Un preludio melancólico de 13 versos, en el que el autor dialoga con su alma y esta, que rechaza los reproches, confiesa su llama por el huésped (el Profeta) que habita sus pensamientos.
- Una segunda sección de 16 versos en la que el autor describe las debilidades y los deseos del alma y exhorta a desconfiar de ellos.
- Una tercera sección donde el autor entra en el meollo del asunto: en 29 versos, uno más bello que otro, exalta las virtudes del Profeta.
- Una cuarta sección de 13 versos que trata del nacimiento del Profeta y de los signos que acompañaron a ese acontecimiento crucial y central de la historia de la humanidad.
- Una quinta sección de 16 versos que refiere los milagros del Profeta.
- Una sexta sección de 17 versos que exalta la nobleza y las virtudes del santo y glorioso Corán.
- Una séptima sección de 13 versos que relata el viaje nocturno y la ascensión celeste del Enviado de Dios hacia el Señor de los mundos.
- Una octava sección de 22 versos en la que el autor relata las batallas libradas por el Profeta y sus compañeros.
- Una novena sección de 12 versos en la que implora al Profeta, intercesor de la comunidad, que interceda en su favor.
- Una décima y última sección de 9 versos, que son otras tantas oraciones sobre el Profeta y súplicas.
Este maravilloso himno suele cerrarse con otros siete versos atribuidos al autor, en los que evoca la satisfacción divina sobre los cuatro más grandes compañeros del Profeta, sobre su familia y sobre sus allegados, e implora al Altísimo que le conceda, a él y a todos los musulmanes, Su infinito perdón.
Desde hace más de siete siglos, los versos del imam al-Bûsîrî siguen sacudiendo las conciencias y no cesan de hacer vibrar los corazones de los enamorados de «la más perfecta de las criaturas de Dios».
Que Dios le cubra y le recubra de Su amor, de Su misericordia y de la de Su Bienamado, y que haga que sus obras maravillosas le conduzcan a la proximidad de aquel a quien expresó su amor con tanta pasión, tanta sabiduría, tanta luz y tanto respeto. ¡Amín!




