La vida del Profeta Muhammad (1/11): la estirpe hachemí
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Este ensayo tiene por objeto esencial ofrecer una biografía del Profeta del islam que permita a cada cual, a partir del desenvolvimiento divinamente dispuesto de los acontecimientos de su vida, enraizar en su corazón la luz de la certeza de que era el Mensajero de parte de Dios y el excelente modelo, la guía que encarnaba, con vistas a nuestra edificación personal1. Esta vida luminosa se basta a sí misma, como cada cual podrá apreciar, en toda verdad.
La estirpe hachemí del Profeta
Durante el período precedente al islam, llamado al-yâhiliyya, que significa «ignorancia», la península arábiga, donde el cielo estrellado se confunde con los oasis terrestres, estaba entregada, en lo esencial2, según las solas pasiones humanas, a la anarquía y al desorden. En esa época, cada grupo, clan o tribu tenía sus dioses a los que adoraba bajo el aspecto de ídolos esculpidos en la piedra. Las tribus de la península estaban continuamente en guerra para apoderarse de las mujeres, del ganado y demás botín; y la sociedad estaba dominada por una aristocracia de ricos comerciantes, esencialmente los coraichitas instalados en La Meca, centro antiguo de peregrinaciones que agrupaba en particular, en esas ocasiones, las caravanas en tránsito. El Texto sagrado da cuenta muy claramente de esa situación en los versículos siguientes: (Corán V, 50) «¿Aspiran a volver al dominio del tiempo de la ignorancia? ¿Quién otro que Allâh tiene mejor dominio que sobre quienes poseen la certeza?». Y: (XLVIII, 26) «Cuando los incrédulos pusieron en sus corazones el furor de la ignorancia, Dios hizo descender su sakîna sobre Su Profeta y los creyentes».
Hâchim, antepasado epónimo de la estirpe hachemí, todavía presente en el reino de Jordania actual, cuyo nombre significa «el que desmenuza el pan», debe ese nombre a una acción de bravura de su parte destinada a alimentar a la población de La Meca hambrienta3. El tatarabuelo del Profeta era conocido por su carisma, su generosidad y su elevación moral. Hacía que todas las caravanas venidas de los imperios vecinos: Persia, Turquía, Yemen, Siria, Bizancio, Etiopía, pudieran circular por Arabia con toda seguridad. Desde entonces, a los ojos de los mequíes, los descendientes directos de Hâchim, entre los que figuraba ’Abd al-Muttalib, el abuelo de Muhammad, adquirieron simpatía y respetabilidad, y fueron investidos de funciones sacerdotales prestigiosas. Así, ’Abd al-Muttalib ejercía las funciones de administrador del templo sagrado: la Kaaba, portadora de la Piedra negra descendida del Paraíso, que remonta según la tradición a Adán, primer lugar que ocupó sobre la tierra tras su «Caída» y donde reencontró a Eva; y que fue restaurada por Abraham y su hijo Ismael, el antepasado de la estirpe profética propia de los árabes.
No lejos de la Kaaba se encuentra otro don de Dios: el pozo milagroso de Zamzam, aparecido para desalterar a Ismael y a su madre Hâyar4 durante su carrera por el desierto entre Marwa y Safâ5, y que, con el tiempo, se había enarenado. Un ángel vino entonces a visitar a ’Abd al-Muttalib y le ordenó poner al día la fuente seca, que acabó por brotar de nuevo para felicidad de los peregrinos hasta nuestros días. ’Abd al-Muttalib fue entonces encargado de su uso junto a los peregrinos. A fin de permanecer en la estirpe profética que se portaba sobre él, ’Abd al-Muttalib, por recomendación de un adivino versado en las Escrituras antiguas, concluyó para su hijo preferido ’Abd Allâh un matrimonio con Âmina, la futura madre del Profeta. En ese día de bodas, ’Abd Allâh, el padre del Profeta, tenía, según el testimonio de Qutayla6, hermana de un hanîf renombrado, Waraqa, la frente aureolada de una luz radiante que, una vez consumado el matrimonio, había desaparecido para pasar a las entrañas de Âmina. Poco después, antes incluso del nacimiento del Profeta, ’Abd Allâh fue llevado, de regreso de un viaje, por una enfermedad brutal, dejando a su hijo huérfano de padre.
Respecto al nacimiento de su hijo, Âmina decía: «Mientras estaba encinta del Enviado de Allâh, no sentí ninguna molestia, hasta el momento en que lo di a luz. En cuanto salió de mi vientre, emitió una luz que iluminó todo lo que se encontraba entre Oriente y Occidente… Mi hijo nació puro y sin manchas como un cordero, circunciso, y con el cordón umbilical ya cortado por el arcángel Gabriel».
Por Michel Abdallah Grimbert, discípulo de la tarîqa Qadiriya Boutchichiya.

Para ir más lejos
- La vida del Profeta Muhammad (2/11): la primera infancia
- Las conveniencias espirituales (adab) en la relación de los creyentes con el Profeta
Footnotes
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En este trabajo hemos seguido el plan del libro de Zidane Meriboute, basado en la recensión de Ibn Sa’d: Une nouvelle vie du Prophète Muhammad, ed. Erick Bonnier; completado por las obras de Étienne Dinet y El Hadj Slimane ben Ibrahim, Muhammad Hamidullah, Mohammed el-Khudhary y Martin Lings. La traducción del Texto sagrado elegida es la de Denise Masson: Le Coran, ed. Gallimard, completada por las de Jacques Berque y Muhammad Hamidullah. ↩
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Con todo, los creyentes vueltos hacia Dios el Único no estaban totalmente ausentes en Arabia antes de la aparición del islam. Comunidades árabes cristianas estaban presentes en particular en el oasis de Nayrân, tribus judías en Yathrib, pero también árabes llamados hunafâ’ (sing. hanîf) que, individualmente, habían conservado el monoteísmo legado por Abraham. Los árabes estaban a la espera de su Revelación e interrogaban ese cielo sin fondo, a la medida de su esperanza. ↩
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En efecto, en un período de hambruna había ido a aprovisionarse de pan cocido hasta Siria para permitir a la población de La Meca alimentarse, y sacrificó luego sus camellos con el mismo fin. Ese acto de bravura hizo desde entonces de él el verdadero héroe de La Meca. ↩
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Tras el nacimiento de Isaac, nacido de Sara, esta, celosa, obligó a Abraham a expulsar a Hâyar y a su hijo al desierto. ↩
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Corán II, 158: «As-Safâ y al-Marwa cuentan verdaderamente entre las cosas sagradas de Dios». ↩
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Además de Qutayla, numerosas mujeres, como Âmina, la madre del Profeta, o Jadîya su esposa, vieron, mucho antes que los hombres, esa luz profética de la que era portador Muhammad. ↩



