Ghani Alani: la caligrafía como recorrido iniciático

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Ghani Alani, auténtico maestro calígrafo formado en la escuela de Bagdad y doctor en derecho, transmite su saber a discípulos de todo el mundo desde hace muchos años. Enseñó su arte en la facultad de letras de Aix-en-Provence y después en Langues orientales de París, donde reside. No publica y rara vez vende sus obras. Desde hace treinta años organiza exposiciones en Europa y en los países arabomusulmanes, acompañadas de conferencias y talleres, y ha intervenido con frecuencia en centros escolares y socioculturales. Las palabras que intercambia en las líneas siguientes pueden leerse como un verdadero recorrido iniciático cuyo soporte privilegiado sigue siendo la letra.

¿Cómo descubrió usted la caligrafía?

Nací con las letras, con ellas alabé y oré a Dios. Tracé las primeras en mi cuaderno de escolar, como todos los niños de mi edad, en la escuela coránica (el equivalente en Europa de la escuela infantil) durante las vacaciones. El curso de escritura coránica es por definición caligrafía, pues concreta lo que es el Verbo divino. A ese curso le seguía inmediatamente uno de salmodia coránica (el tajwîd), lo que me movió a aproximar ambos artes. ¿No dice acaso un hadiz: «Quien magnifique la basmala irá al paraíso»? Cabe preguntarse si la palabra se refiere a la escritura o a la salmodia, o quizá, ¿por qué no?, a las dos cosas. Fue entonces cuando empecé a establecer un paralelo entre lo oral y lo escrito: la letra escrita con perfección, bien proporcionada, es portadora del soplo justo.

Nunca aprendí la caligrafía como se aprende un oficio. De hecho, me había preparado para una carrera de derecho. Fueron mis estudios de caligrafía con mis maestros los que me abrieron el camino de la vida interior. A los trece años, el primer encuentro con mi maestro Hashem al-Baghdadi al-Khattât (1917-1973) fue para mí la promesa de realizar aquel sueño, que solo cobró verdadero impulso con la enseñanza del shaykh Haydar al-Jawâdî, con quien estudié filosofía musulmana y, en particular, a Avicena.

¿Cómo se desarrollaba la enseñanza inicial?

Mi maestro Hashem me trazó primero un modelo de las letras según las reglas de la proporción perfecta, tal como las establecieron los Hermanos de la Pureza y, en el siglo XI, Ibn Muqla: reglas que concernían a todas las creaciones del espíritu, incluida la caligrafía. El punto sirve de unidad de medida para trazar el alif, por ejemplo. En el estilo naskhî, ese mismo alif tiene cinco puntos de altura. Igualmente, en la salmodia, el alif mide la prolongación. Mi maestro nos enseñaba también que para las letras redondas había que observar la curvatura del cuerpo de los pájaros.

El propio Profeta (la paz y la bendición sean con él) era analfabeto, y sin embargo se le reveló en la azora XCVI: «Iqra’» («Lee», o «Recita»). Hay que tomar la palabra iqra’ en sentido amplio: ese mandato de leer no se reduce a un simple descifrado, sino que convoca a una interpretación mucho mayor. Se pueden leer tanto «los rostros de los creyentes» («Sus signos están en sus rostros», Corán) como los rasgos de un rostro o las huellas de los criminales.

La verdadera lectura va mucho más allá de los textos. En el fondo, ¿le estaba enseñando la apertura al mundo?

Sí, el mundo es una fuente inagotable de enseñanza. Por eso me gustaba mirar trabajar a los artesanos cuando cruzaba el zoco camino de la escuela. Aprendía la composición de los colores observando la naturaleza, el amarillo con la corteza de las granadas, por ejemplo, y las decoraciones de ebanistería que sin duda influyeron en mi actual trabajo de iluminación. Aprendía a fuerza de escrutar sus gestos y beber sus palabras, aunque en el momento no comprendiera su sentido oculto. Tenía muy buena memoria, y esos recuerdos pudieron resurgir mucho después para entregarme entonces su significado profundo. Aquello fue para mí un curso de arte práctico y vivo.

¿Cómo prosiguió esa enseñanza?

Era adolescente y necesitaba encontrar un maestro, porque «quien no tiene maestro tiene a Satanás por maestro». Tuve que tomar una de las decisiones importantes de mi vida: ser un simple pintor de letras para ganarme la vida o, como elegí, hacerme calígrafo al entrar al servicio de un maestro y aceptar sus pruebas iniciáticas. Durante los tres primeros años no tuve otra ocupación que trazar las letras del alfabeto. A los tres meses, juzgó que mi compromiso era total y decidió quedarse conmigo.

Visitaba a mi shaykh antes de la oración del viernes. Tenía autorización para escuchar a Hâchem Muhammad al-Baghdâdî, gran maestro de los maqâm musicales. Fue allí donde encontré a mi segundo maestro: yo quería estudiar derecho y él podía enseñarme la lógica, que era entonces una filosofía, igual que el tasawwuf. Ser sufí no era un título sino una disciplina. Los verdaderos sufíes no lo decían.

No había, pues, barreras ni dicotomía entre las enseñanzas. Todo mi entorno estaba impregnado de espiritualidad: en mi barrio estaban la escuela coránica, la mezquita y el cementerio adonde, cada jueves por la noche, la gente acudía a leer el Corán, que aprendí de memoria. De niños jugábamos en torno a la tumba de Hallâj, un cuadrado cerrado por cuatro muros. ¡Incluso muerto lo metieron en prisión!

Más tarde, en 1970, fue caligrafiando la obra poética completa de Hallâj, el «Dîwân», como la aprendí de memoria. Las cuatro letras de «Allâh» inflamaron su corazón: el alif es el amigo; el lâm, la proporción entre lo horizontal y lo vertical; duplicado, expresa el espejo; y el hâ’ es la respiración y la unidad divina. La caligrafía me permitió así memorizar numerosos textos (lo mismo ocurre, naturalmente, con el texto coránico). Recuerdo que en Bagdad, en la mezquita ’Abd al-Qâdir al-Jîlânî, hay caligrafiada en el suelo una frase que me interpeló de verdad y que tuve que reproducir una y otra vez: «Formo parte de esos hombres cuyos discípulos no temen las vicisitudes del tiempo. Es más, no conocen el miedo. El sol de quienes nos precedieron se ha puesto, mientras el nuestro jamás desaparece del horizonte».

¿Asistió usted a una sesión de invocaciones (dhikr)?

Sí, mi padre me llevaba, y comprendí entonces la noción de movimiento, la espiral común al dhikr y a la caligrafía, en la manera de hacer girar el cuerpo como se hace girar el cálamo. ¿No se dice, por lo demás: «El corazón del creyente está entre los dedos de Dios, que lo hace girar como el cálamo gira entre las manos del calígrafo, según Su voluntad…»?

¿Cómo se llega a ser un calígrafo consumado?

La caligrafía exige mucho tiempo y muchos ejercicios. Se empieza imitando al maestro; se estudia el alfabeto, las letras aisladas y luego compuestas en palabras y frases, en todas las formas de caligrafía: thuluth, naskhî, persa, dîwânî. Cuando el maestro constata que su alumno puede progresar, le propone emprender una investigación personal para otorgarle una especie de diploma que lo instala en la estirpe de los calígrafos. Fue mi caso hacia 1967. Soy, pues, heredero de la escuela de Bagdad, que remonta a los fundadores. El maestro solo concede su diploma (ijâza) a uno de sus alumnos. Esa ijâza recuerda a la tarîqa, la vía en el sufismo. Una segunda ijâza me fue concedida por el maestro turco Hâmid al-Âmidî, de modo que también soy heredero de la escuela turca.

¿Cómo introdujo la iluminación, que ocupa un lugar tan importante en sus caligrafías?

Si mi padre me «insufló», por así decirlo, la noción de caligrafía, a mi madre le corresponde el mérito de haberme animado hacia la iluminación. Cuando le mostraba una caligrafía, me decía que era bella pero que le faltaba algo. En 1962, un gran maestro de la escuela turca, Tahsin Aykut Alp, vino a Bagdad a enseñar iluminación en Bellas Artes. Aquel año seguí sus cursos y, cuando le llevé a mi madre una caligrafía acompañada de iluminaciones, me dijo: «Hace veinte años te decía: “A tu trabajo le falta algo”. ¡Era esto!» Comprendí entonces que la iluminación es en realidad la parte femenina del arte musulmán. Son, por lo demás, las dos artes mayores de ese arte, capaces de reunir todas las culturas, árabes y no árabes.

Para saber más sobre Ghani Alani, véase también: «Ghani Alani, la caligrafía árabe: su transmisión de maestro a alumno a lo largo de los siglos», en Horizons maghrébins*, n° 35/36, 1998, p. 87-99.*

Caligrafía de Ghani Alani

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