Eva por ella misma: el sueño de la tumba y el samâ' de Konya

«Sería formidable si usted hubiera sido una discípula de Rûmî sentada a sus pies…»
Cuando di mis primeros pasos hacia el islam, tras leer el libro de Iqbâl, se imaginarán que no resultó fácil. Había sido educada en la religión católica por una abuela de origen anglicano. Mi marido era judío. Sentía que cometía una locura, y a veces me encontraba tanto más perdida cuanto que nadie podía guiarme. Ocurría entonces que pedía en la oración: «¡Decidme lo que debo hacer! ¡Enviadme una señal»…
Esa señal llegó en forma de sueño. Soñé que me habían enterrado y, por una suerte de desdoblamiento, veía mi tumba, una tumba como jamás había visto, en la que mi nombre de pila, Eva, estaba escrito en caracteres árabes o persas, lo que daba Hawa. Me parecía extraño y, aun dormida, me decía: «Pero si no estoy muerta». Para convencerme mejor, movía los dedos de los pies.
Al despertar, recuerdo que me dije: «¡Vaya, pequeña! Pediste una señal y aquí la tienes: te enterrarán como a una musulmana».
Olvidé aquel sueño y, con toda naturalidad, proseguí mi camino en el islam. Quince años después hice mi primer viaje a Estambul. Allí me encontré con uno de los derviches giróvagos que unos años antes había hecho venir al teatro de la ciudad con el acuerdo de la UNESCO. Era arquitecto de profesión pues, como sabrán, los derviches, lejos de ser monjes, llevan la vida de todo el mundo: tienen familia y oficio. Aquel amigo me dijo: «Usted, que tanto se interesa por Rûmî, debería venir a ver las obras que dirijo en una antigua casa de retiro de derviches convertida en museo». Fui, y tuve que caminar sobre montones de escombros, inmundicia y hierro oxidado. Mi amigo tuvo que tenderme la mano y lo escalamos todo. La gran verja estaba rota y, al fondo de una especie de patio, había un pequeño pabellón que los obreros estaban restaurando. Estaba un poco inquieta, lo confieso, pensando en no romperme las medias y en no torcerme el tobillo, cuando de pronto el corazón se me paró. Justo frente a mí vi la piedra de la tumba con la que había soñado. Exactamente la misma, salvo que mi nombre no estaba grabado en ella. Pregunté al arquitecto: «¿Qué es esa piedra tan extraña?» Me respondió que era una lápida de mujer. «Lo que sacamos aquí a la luz, añadió, es el cementerio de las mujeres que fueron, en vida de él, discípulas de Rûmî y quisieron ser enterradas en este lugar. Llevaba siglos abandonado. Vamos a pasar el bulldozer y a poner flores.»
Un día, nada más llegar a Konya, me precipité a ver un samâ’. Tenía lugar en un gran gimnasio alumbrado con neón, y a la entrada había gente bebiendo coca-cola mientras otros intentaban vender pequeños derviches de latón dorado. El samâ’ en sí era tan hermoso como siempre, pero en fin, no era eso. Se me apretó el corazón y me marché antes del final. Al entrar en mi habitación de hotel, me oí a mí misma murmurar, como si hablara con Rûmî: «De verdad, quisiera ver algo distinto de esta caricatura»; en ese mismo instante sonó el teléfono: «Señora, la reclaman». Respondí que era imposible, pues no había anunciado mi llegada a nadie, pero la telefonista insistió en que pedían a la doctora Eva. Oí entonces la voz de uno de mis amigos derviches: «¿Así que así se nos planta en pleno samâ’?» Le conté lo que llevaba en el corazón y me contestó: «¿Cree usted que nos hace gracia hacer de folclore? Venga, le haremos un samâ’ para usted sola.» Así fue como a las dos de la mañana pude asistir a un samâ’ que era la verdadera danza cósmica querida por Rûmî, la ronda vertiginosa de los átomos y los planetas.
Extractos de Eva de Vitray-Meyerovitch, Islam, el otro rostro*, Le Seuil, 1995, p. 55-56 y p. 77.*





