Un pedazo de oro puro: Maabal, discípulo de Tierno Bokar
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Todos somos portadores, en lo más profundo de nosotros mismos, de ese pequeño pedazo de oro puro recubierto por múltiples velos. Cuando tomamos conciencia de ello, cuando nos despertamos, el maestro no está lejos…
De él solo se conocía su nombre, Bahamma, y su apodo: Maabal. Llevaba entonces una vida disoluta, pasaba las noches en los antros cantando y bebiendo, estaba casi siempre borracho y frecuentaba a los chicos malos. La gente de Mopti lo llamaba «ese vago de Maabal».
El encuentro en Mopti
Tierno Bokar1 no abandonaba casi nunca su centro espiritual de Bandiagara. No obstante, una o dos veces al año, sobre todo antes de las grandes fiestas, se dirigía a caballo a la gran ciudad de Mopti para aprovisionarse… Aquella noche, Maabal, que volvía del río, divisó a lo lejos a Tierno. Intrigado por esa presencia inusual, lo siguió hasta el patio de su casero, lo ayudó a bajar del caballo, desensilló al animal y lo llevó para lavarlo a orillas del Níger. Tras haberlo almohazado y curado como conviene, lo devolvió al patio, le dio de comer un manojo de hierba que había recogido en el camino, y vino a instalarse espontáneamente no lejos de Tierno. Este, que estaba sentado sobre una estera de piel, le ofreció el lugar situado a su derecha.
En cuanto los discípulos de Tierno que habitaban Mopti acudieron a saludarlo, las exclamaciones brotaron enseguida: «¡Pero cómo, Tierno! ¿Aceptas que ese Maabal, ese vago que pasa todo el día bebiendo y que es el chico más disoluto de Mopti, se siente ahí, a tu derecha? ¡Ah! Si hubiéramos estado, ¡jamás habría entrado en tu casa!». Tierno los miró a todos largamente. Maabal no había emitido ninguna reacción: estaba allí, impasible, como si se tratara de otro. «Mis queridos amigos, dijo entonces Tierno, ¡permitidme deciros que os equivocáis! Este hombre que está a mi lado, yo no lo veo como vosotros. Para mí, Maabal es un pedazo de oro puro envuelto en un trapo sucio que ha sido arrojado sobre un montón de basura. Ni lo que envuelve el oro, ni el lugar donde se encuentra, pueden disminuir su valor, porque son elementos exteriores a él mismo».
La palabra de Tierno no había caído en oído de sordo. Maabal había sido profundamente removido…
Cien kilómetros a pie hacia Bandiagara
Algunos días más tarde, cuando Tierno ya había vuelto a su casa de Bandiagara, Maabal sintió en él una llamada irresistible y se puso en camino para reunirse con quien ocupaba todos sus pensamientos. En unos días recorrió a pie los cien kilómetros que separan Mopti de Bandiagara, y se presentó en casa de Tierno poco después de la oración de la tarde. El maestro estaba en su vestíbulo, rodeado de sus discípulos, enseñando. Tras el intercambio de los saludos de rigor, Tierno entabló la conversación:
«¡Eh, Maabal! ¡Bienvenido! ¡Y gracias de nuevo por haber cuidado tan bien de mi caballo el otro día!»
«Tierno, respondió Maabal, he venido a verte con una intención bien precisa. Ya no querría vivir donde tú no estás. Quiero vivir a tu lado, estar contigo constantemente. Porque solo el hombre cuyo ojo ha sabido discernir el pedazo de oro puro bajo un trapo sucio arrojado sobre un montón de basura tendrá la mano capaz de rasgar el trapo y de hacer aparecer el oro. Es por eso que he venido hacia ti».
«Me alegro, hijo mío, y acepto tu demanda. ¡Bienvenido! Viviremos pues juntos… Sin embargo, no soy yo quien hará el trabajo: le toca a Dios rasgar el trapo para que el oro aparezca. Solo sé que hay oro, pero para que aparezca, es cuestión de tiempo… ¿Tienes un oficio tradicional?»
«Sí, soy tejedor, e incluso un buen tejedor…»
Tierno envió entonces a alguien a buscar un telar. Lo hizo instalar en el patio, contra el muro que hacía frente a su propia choza de oración, de tal suerte que cada vez que Maabal levantaba la cabeza, veía a Tierno, y que cada vez que Tierno levantaba la cabeza, veía a Maabal.
Tres meses más tarde, la poesía
Tres meses pasaron. Maabal trabajaba en su telar, oraba, miraba a Tierno y escuchaba su enseñanza. Y una mañana, Maabal el iletrado, Maabal que ni siquiera había frecuentado la escuela coránica, Maabal que nunca había leído nada, se puso a cantar y ya no se detuvo. Visitado por una inspiración irresistible, improvisaba en lengua fula largas odas místicas, cuyo esplendor poético y cuya elevación de pensamiento estupeficieron a todos los que las oían, empezando por los marabutos de Bandiagara. Y sus poemas, apenas cantados, eran retomados y pregonados a través de la ciudad…
Una nueva embriaguez se había apoderado de Maabal, la del amor de Dios: «El amor de Dios ha penetrado en mí. Ha ido a alojarse hasta el interior de mis huesos y ha agotado su médula, de tal modo que me he vuelto tan ligero como una hoja que el viento balancea entre tierra y cielo…». Desde aquel día, Maabal no cesó de componer. Se había convertido así en uno de los más grandes poetas fula de su tiempo…
La transformación fulgurante de Maabal y los altos conocimientos espirituales de que daban testimonio sus poemas llenaban a los marabutos de asombro: ¿cómo un hombre que jamás había estudiado podía conocer, o presentir, tales realidades de orden superior? De hecho, Maabal hacía mejor que presentirlas: como dicen los sufíes, las «gustaba».
En menos de tres años, Maabal había sido tan consumido desde dentro que toda envoltura material se había vuelto para él transparente. Acostado en su choza, podía ver el estado del cielo a través del tejado. Podía también ver a las gentes acercarse a su choza como si los muros no existieran. Se había vuelto bien «tan ligero como una hoja que el viento balancea entre tierra y cielo».
Sorsorewel, poema de Maabal
Estoy sumergido por un mar
y mi amor acecha la aparición de la luna,
¡ojalá sea escuchado y pueda exclamar: «Oh creciente,
por fin visible y cargado de toda belleza!»
En el instante en que ordenaste un centelleo,
la tienda de las tinieblas fue arrancada,
la fortaleza del libertinaje se derrumbó,
y un fuego brillante brotó, por todas partes.
Mis ojos parpadearon
mientras estaba embriagado,
mi espíritu se apartó
de todas las vías de este mundo.
Desde entonces el Enemigo de Dios ha huido,
dejándome en paz.
Descargado de mis pecados, estoy en la alegría,
¡alabado seas por todos Tus dones!
Estoy en prosternación
para dar gracias al Amante,
al Socorrible, al Único.
¿Cuándo querrá hacerme volver enteramente a mí?
Un beneficio ha sido derramado,
las tinieblas han sido disipadas,
Maabal ha sido «aproximado»,
con todos los amigos de Dios.
Mi pecho está cargado
del peso de mi amor por Ahmed.
Un perfume súbito se ha exhalado,
que no puedo comparar con nada más.
¡Oh Rey Altísimo!
Tan pronto a la misericordia,
el Sabio y el Prudente,
que vela por el cumplimiento de toda cosa.
¡Hazme salir de esta fortaleza de piedra!
¡Hazme entrar en la «Barca sagrada»!
¡Despójame de la túnica «manchada»!
¡Purifica totalmente mi ser interior!
Tú has llamado y hemos respondido.
No digo que fuera por un sonido articulado,
sino por un efecto de Tu voluntad,
¡oh Creador de todas las criaturas!2
Amadou Hampâté Bâ (1901-1991), autor de «Amkoullel, el niño fula», 2 tomos, Actes Sud, 1991 y 1994.





