La doctrina de Junayd
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La vía del amor puro, abierta por Rabi’a al-’Adawiyya (713-801), tuvo numerosos adeptos. Entre ellos, algunos vivieron estados de éxtasis que los sumergieron en el mundo de la proximidad divina, hasta el punto de descuidar los preceptos de la Ley (sharî’a). La ortodoxia musulmana se insurgió contra tal situación. Los doctores del islam fueron apoyados en ello por grandes místicos, como Abû-l-Qâsim al-Junayd (830-911), que buscaban conciliar el arrobamiento de una experiencia extática con la aplicación normativa de los principios de la Ley. En ese contexto, el aporte de Junayd es fundamental: permitirá no solo teorizar los principios generales del sufismo, sino también elaborar las bases del sufismo sunní, socialmente aceptable.
La escuela de Bagdad
Apodado por sus contemporáneos «el señor de la asamblea espiritual», Junayd nació en Bagdad. Tras la muerte de su padre, sobrevenida cuando era aún niño, fue tomado a cargo por Sarî al-Saqatî (772-867), su tío materno. Saqatî era considerado el fundador de la escuela sufí de Bagdad, conocida por su desarrollo de la noción de unicidad divina (tawhîd). Junayd prosiguió sus estudios en Bagdad y se hizo discípulo de varios grandes maestros sufíes, siendo los más influyentes Saqatî y el sabio al-Muhâsibî (781-857). De su tío retendrá la sobriedad exterior, una práctica ascética y la doctrina del conocimiento de la unidad divina. De Muhâsibî retomará la importancia del examen de conciencia y de la vigilancia respecto del ego.
Junayd buscó siempre mantenerse lejos de los debates políticos, pero no pudo evitar entrar en la refriega que oponía a los sufíes y a sus detractores. En efecto, a raíz de las palabras excesivas de místicos arrebatados por el amor divino, y a pesar de la gran apertura doctrinal del islam de la época, los sufíes fueron sometidos a las violentas ataques de adversarios fundamentalistas influyentes. Acusados de herejía, amenazados de muerte, debieron hacerse cada vez más discretos. Brillante jurista, dotado de un conocimiento profundo del derecho canónico y de la teología, Junayd respondía a las acusaciones malintencionadas mediante la jurisprudencia y los versículos del Corán, con una lógica irrefutable que le atrajo incluso el respeto del califa. Se cuenta que había granado hacia él una estima y un amor tales que más de sesenta mil personas formaron el cortejo en sus funerales.
Sobriedad y embriaguez
Para Junayd, si algunos místicos habían atraído sobre sí la condena, la causa era su negligencia hacia las obligaciones religiosas. Una práctica espiritual desligada de una práctica cultual no podía, según él, conducir más que al extravío. Un acontecimiento mayor vino a confirmar su posición y la necesidad de establecer claramente los fundamentos doctrinales del sufismo. En efecto, Mansûr al-Hallây (857-922), que había sido su discípulo durante veinte años, escandalizó a la sociedad de la época proclamando públicamente: «¡Yo soy la Verdad!». Hallây era la figura por excelencia del «arrebatado en Dios», aniquilado en la Presencia divina. En realidad, no reivindicaba la divinidad para sí: despojado de toda individualidad, anegado en el océano del amor divino, hablaba de Dios y de ningún otro. Junayd lo sabía y, cuando Hallây fue detenido por las autoridades en el año 909, aquiesció a esa condena, subrayando con todo que solo su comportamiento exterior merecía la desaprobación.
Así, en tiempos de Junayd, dos vías de acceso a la realización espiritual se dibujaban: la de la mística extática de la «embriaguez», y la del sufismo «sobrio». Hallây era el prototipo de la primera, Junayd el de la segunda. La adhesión de Junayd a un sufismo sobrio, que tenía por corolario el equilibrio entre esoterismo y exoterismo, hizo el sufismo aceptable a los ojos de los ortodoxos. A propósito de la sobriedad, daba este consejo: «¡Oh amigos! Si es la religión lo que os importa, ¡sed prudentes! Si es Dios quien os importa, ¡volved la mirada hacia la vía! Y si queréis conservar la cabeza sobre los hombros, ¡mantened confidencial vuestro estado interior!».
En cuanto al equilibrio que preservar entre la dimensión exterior normativa del islam y su dimensión interior iniciática, Junayd hablaba así: «En este camino de la vida, hay que sostener con la mano derecha el Libro que nos ha enviado el Señor y, con la mano izquierda, los preceptos tradicionales del Profeta. Quien marcha a la luz de esas dos lámparas jamás se apartará del buen camino».
La necesidad de un guía
La doctrina de Junayd se funda en el conocimiento de la unicidad divina, fin y finalidad de la búsqueda espiritual. Los místicos coincidían en que ese conocimiento no podía realizarse más que a condición de romper los lazos con todo lo que se ama, hasta que el ser divino haga las veces de todo. Mientras los primeros ascetas se aplicaban a renunciar a todo bien material, Junayd insistió en la renuncia interior, única verdadera forma de renuncia a sus ojos; de ella se sigue el desapego, y no la eliminación, de los bienes materiales, desapego que solo él puede conducir a la realización espiritual. Retomó entonces una expresión del Profeta Muhammad: la «gran yihad», es decir, la lucha contra el yo, por un trabajo profundo de purificación del ser. «El sufismo, decía, es que el Ser divino te haga morir a ti mismo y te haga vivir en Él».
Junayd describió el camino de la purificación interior en términos de una multitud de estaciones por recorrer, que conducen del estado de ignorancia espiritual al de la perfecta realización. Ese recorrido está jalonado de trampas y no puede emprenderse con seguridad más que con el acompañamiento de un ser que ya lo ha cumplido, es decir, un ser «realizado». Como lo recuerda en una respuesta hecha a un amigo a propósito de los peligros en la vía espiritual: «Sabe, amigo mío, puesto que me interrogas a este respecto, que habrá, en el curso del caminar hacia el término, etapas desérticas peligrosas y oasis mortales, que solo se recorren con un guía y que solo se franquean con perseverancia y cabalgando una buena montura».
El conjunto de los principios doctrinales puestos en pie por Junayd contribuirá a la eclosión de las cofradías en tierra de islam y permitirá a todos los musulmanes que lo deseen hacer la experiencia del sufismo de manera viable, «sin perder la cabeza», y prosiguiendo su vida cotidiana en el mundo. En cuanto a su método de educación espiritual, será durante varios siglos el modelo de referencia clásico de la educación sufí. Sin embargo, debido a su austeridad, ese método se hizo cada vez más difícil de aplicar en las nuevas condiciones de vida impuestas por el mundo moderno. Sin que los fundamentos del sufismo se vieran modificados por ello, una renovación de los métodos de enseñanza iba pronto a imponerse para los tiempos actuales.
Karim Ben Driss





