El don del guía, la receptividad del discípulo

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El Kitâb al-Ibrîz, o «el libro del oro puro», recorre la enseñanza espiritual así como la biografía del maestro espiritual marroquí ’Abd al-’Azîz al-Dabbâgh. Esta obra, escrita por Ibn Mubârak al-Lamtî, uno de los discípulos del gran sufí del siglo XVII, arroja una preciosa luz sobre el sentido profundo del esoterismo musulmán y la realidad profunda de la iniciación en el islam a través del sufismo.

La lectura de esta obra, que tuve la dicha de traducir, permite aclarar los fundamentos y el misterio de la relación de amor profundo que se instaura entre un discípulo y su guía espiritual. No se trata en efecto ni de una idolatría ni de una amistad en el sentido común, sino de aquello que imanta hacia el Absoluto al buscador de verdad, a través de un ser humano retornado a la fuente de toda cosa.

El guía espiritual es en efecto un ser realizado, como se percibe en esta cita a través de las pruebas de una ciencia venida del corazón:

«Sabe que nuestro shaykh es extraño y que su caso es extraordinario. Sus semejantes no tienen necesidad de demostraciones milagrosas, porque él mismo, en su totalidad, es un milagro. Se adentra en las ciencias que desalientan a los caballos de pura sangre espirituales, y da de ellas demostraciones conformes a la razón y a la tradición, si bien era iletrado, no conocía de memoria el Corán y no podía ser descrito como alguien que se entregara a ciencia alguna. Jamás se le vio en una sesión de estudio, ni en su tierna edad ni en su edad adulta».

La misión de shaykh es también llevar al discípulo al grado de la sinceridad; su conocimiento profundo de la naturaleza humana y su propia experiencia del caminar espiritual riegan la enseñanza que dispensa a sus discípulos:

«Cuando encontré a nuestro shaykh, mi corazón estaba preocupado por las cosas de este bajo mundo, como la labranza, el comercio y otras cosas de ese género. A tal punto que yo estaba en un estado de pena y de cansancio. El bajo mundo era la meta, y el otro no más que un sueño. Yo era de aquellos a quienes Dios ha concedido alguna ciencia; me aprestaba a unirme a la comunidad de los notarios, o a seguir la vía de la magistratura. Dios me hizo misericordia cuando hice el encuentro del shaykh. Purificó mi corazón con la bendición del shaykh y la eficacia de su método. Cuando lo encontré y me puse entre sus manos, y vio lo que había en mí como un mal profundo, me ordenó vender lo que poseía como bueyes de labranza y hacer de ello tal y tal cosa. Mencionó para mí una cosa que no está en contradicción con el trabajo lícito, cuando en verdad quería borrarla de mi corazón. ¡Dios! ¡qué juicioso era ese guía! ¡y qué bueno su método! Me desplazaba de cualquier mal estado sin que yo tomara conciencia de ello, hasta que me encontraba en un estado mejor y aparecía manifiestamente el mal primer paso con sus tinieblas. Tal era la costumbre de ese gran maestro conmigo y con el conjunto de los discípulos. Si te encuentra en un mal estado, no te dice francamente que dejes esa cosa, ni te reprime por ello, ni te amenaza si no la dejas, porque quizá el alma lo rehúse y sea empujada a la desobediencia; sino que es compasivo contigo y te conforta en tu estado de cierta manera. Entonces te inicia poco a poco, hasta que te encuentras en un nuevo estado y aborreces, con dicha y alegría, tu antiguo estado. Cuando me ordenó vender los bueyes, permanecí algunos días, y Dios lavó mi corazón del amor de la agricultura; más aún, me puse a detestarla. Me ordenó entonces vender todo lo que poseía como libros, y hacer de ello algo que mi corazón amaría y de lo que mi alma estaría gozosa. Después de eso conocí la codicia de las gentes y la envidia de lo que poseían. Entonces me elevó hasta el punto en que ya no observaba en las gentes ni bien ni mal, y menos aún los codiciaba».

Así, la educación del guía espiritual es bien diferente de un aprendizaje por la razón. Se trata de un acompañamiento movido por una relación de corazón a corazón, que provoca un retorno del alma sobre sí misma, un retorno sobre sí que permite percibir los contornos del ego y sus mecanismos.

¿Existe todavía la iniciación?

En su infinita misericordia, nunca habrá una época durante la cual Dios prive a los hombres de una posibilidad de retorno hacia Él, y por tanto de iniciación. Un doctor de la Ley preguntó al shaykh si era verdad que la iniciación espiritual ya no existía. Formuló así su pregunta:

«Se ha referido que el shaykh Zarrûq dijo que la iniciación espiritual, en su contenido convencional, ya no existe, y que no queda más que la iniciación por el soplo interior y el estado extático (hâl). ¿Se aplica eso solo a su época, o vale hasta la bajada de nuestro señor Jesús? Si decís que ha sido interrumpida, decidnos por qué; y si afirmáis que existe siempre, ¿cuál es el maestro que merece que le sea dado el espíritu del aspirante, para que actúe según su voluntad?»

El shaykh ’Abd al-’Azîz al-Dabbâgh respondió que el fin de la iniciación espiritual es la purificación del ser y su liberación de sus frivolidades, de modo que pueda contener los secretos de Dios.

Ello no puede hacerse más que desembarazándolo de las tinieblas, y apartando de su dirección los lazos de la vanidad. En el caso de los creyentes de los tres mejores siglos del islam, la purificación del ser venía directamente de Dios, sin intermediario, en el origen de su naturaleza.

Así, durante los tres primeros siglos, la iniciación espiritual no era necesaria. El maestro encontraba a su aspirante, el heredero de su secreto, le hablaba al oído y el aspirante conocía la iluminación solo con eso, porque los seres eran puros, las razones claras y sedientas de realización.

Después, los esfuerzos del maestro y su intervención se hicieron necesarios a fin de eliminar las tinieblas del cuerpo del aspirante. Esto comenzó después de los tres mejores siglos, porque las razones se apegaron a este bajo mundo; y el maestro que posee la visión interior, viendo que la razón de su aspirante, heredero de su secreto, estaba apegada a lo falso y a la satisfacción de las pasiones, podía prescribirle el retiro, el recogimiento espiritual, a fin de que se cortara de los falsos, que están en el número de los muertos.

En efecto, si el aspirante llega a esa pureza, a esa claridad, su ser se vuelve capaz de contener el secreto: es lo que los maestros esperan de la iniciación espiritual.

Las cosas permanecieron así hasta que la verdad se mezcló con lo falso, y la luz con las tinieblas. Las gentes de lo falso comenzaron entonces a educar a quienes venían a ellos, haciéndolos entrar en retiros e iniciándolos en los nombres divinos, animados de malas intenciones y de designios contrarios a la verdad.

Añadían a ello su iniciación en las formulaciones mágicas y en prácticas dudosas que relevan del charlatanismo y que conducen a sufrir la cólera de Dios el Altísimo y Sus estratagemas. Esto se acentuó en las épocas que conoció el shaykh Zarrûq y sus maestros; les pareció necesario aconsejar a las gentes que renunciaran a esa iniciación, en la que el número de falsarios se había vuelto demasiado grande. Sus palabras eran del orden del consejo y de la advertencia: no querían romper definitivamente con la iniciación espiritual verdadera.

En cuanto a saber cuál es el maestro que merece que le sea dado el espíritu del aspirante para que actúe según su voluntad, es aquel que conoce los estados espirituales del Profeta y que ha sido gratificado por Dios con la fe perfecta y el conocimiento puro. Su amor es recomendado y su frecuentación es provechosa, porque une al siervo y a su Señor.

El amor, fuente de la relación

La fuente vivificante de esta relación de maestro a discípulo es sin duda el amor. Pero lo que marca la diferencia es bien el grado de amor del discípulo por su guía:

«De no ser por la pureza del ser del discípulo, la claridad de su razón, la aceptación del bien por su alma y su amor atractivo, el maestro no podría nada. Si fuera el amor del maestro el que fuera provechoso, todos los que se hubieran vuelto sus alumnos llegarían, y alcanzarían lo que han alcanzado los hombres».

Si hay pocos auténticos maestros educadores en nuestra época, los discípulos verdaderos son aún más raros: tal es el oscurecimiento de nuestro mundo. Es difícil hacerse discípulo. Por eso, en estos tiempos de oscurecimiento, la vía viva se ha adaptado.

La prueba ya no está de rigor: el mundo es ya una prueba, y el simple hecho de ponerse en búsqueda es una forma de sinceridad que deberá afirmarse con la práctica de la invocación. A ese maestro que da sin cesar, hay que saber aportar una determinación, una paciencia, una asiduidad, una obstinación sin fisuras.

Así, el guía vigila el caminar de cada discípulo. Vela por la eclosión del estado de discípulo, prerrequisito indispensable para la recepción de las luces del secreto:

«Yo velo por el caminar de cada discípulo. Sé lo que se encuentra en su interior y en su exterior, pero lo cubro y lo protejo hasta que progrese y camine de un grado a otro» (Sidi Hamza al-Qâdirî al-Bûtshîshî).

Zakia Zouanat

Zâwiya

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