El estado de discípulo

Mezquitas del sultán Qaytbay y del sultán Barquq en El Cairo

Para el discípulo, más que actuar y hacer, se trata ante todo de ponerse en disposición de recibir. Para ello, es necesario desarrollar en sí un verdadero estado de discípulo, que es la actitud justa para quien desea recibir: «porque es para los pobres que son las limosnas», como recuerda un versículo del Corán. Si se utiliza el término fuqarâ’ para designar a los discípulos de una vía espiritual, término que significa «los pobres», es para mostrar la absoluta necesidad de ese estado de pobreza. El versículo del Corán «¡Oh hombres! Vosotros sois los pobres ante Dios, y Dios es el Rico, el Glorioso» hace eco a la frase del Evangelio «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos». Para realizar ese estado de pobreza espiritual, hay que aprender primero a renunciar en nosotros a nuestro estado de amo. Nuestro amo actual es el ego, nuestro yo despótico. Volverse pobre es deshacerse de ese yo ilusorio. A menudo, el hombre no tiene conciencia de sus tendencias egoicas y las atribuye a todo tipo de circunstancias exteriores. Volverse discípulo es comprometer ese gran combate contra el conjunto de las tendencias negativas del alma. Se trata de unificar las diferentes tendencias que nos gobiernan, de simplificar nuestro ser concentrándolo, es decir, en fin de cuentas, de redescubrir lo que siempre ha estado presente en el fondo de nosotros. No se trata de construir un ser nuevo, sino de llegar a ser nosotros mismos. Para ello, hay que tomar primero conciencia de los propios límites y de la necesidad de un trabajo interior. Hay que liberarse de ese sentimiento de «yo» que ocupa todo nuestro espíritu, que tomamos por nuestra verdadera identidad, y abandonar esa pretendida riqueza para tomar el camino del conocimiento interior, que releva de la intuición y del desvelamiento. Porque, como subraya un maestro sufí, «no se acuerda de Dios quien no se olvida a sí mismo». A medida que la emprise del ego desaparece, aparece la realidad divina.

El primer discípulo es el shaij. Quien guía a los otros es ante todo quien ha realizado plenamente en él la condición de discípulo. La guía no hace lo que quiere; no es más que el instrumento de la realidad universal. Totalmente borrado en ella, no puede hacer sino lo que debe ser hecho, en el momento en que debe ser hecho. Es por ese borramiento ante la realidad divina que lo habita que su enseñanza puede ser realmente operativa, y transformarnos. Se dice a menudo que el sufí es quien no posee nada, y quien no es poseído por nada. El secreto espiritual no es propiedad de la guía, que pudiera utilizarlo y distribuirlo a su gusto: ella no es más que su depositaria. Si en el momento en que es llamada a reunirse con su Señor ninguna persona de su entorno ha alcanzado el estado de despojamiento necesario para poder recoger ese secreto, este no puede ser transmitido, y la cadena iniciática se detiene ahí. La vía se vuelve entonces una vía de bendiciones. Es por esta razón que un shaij a punto de morir dijo un día a los discípulos que esperaban saber quién sería su sucesor: «Devuelvo las llaves al propietario». El sirr pertenece solo a Dios. La guía es simplemente, por la transparencia particular que es la suya en razón de su despojamiento interior, una llamada, y una puerta que permite entrar en la casa.

Del mismo modo, se trata de comprender que no se posee nada, que no se da nada: se deja pasar. Ciertas cosas pueden pasar a través de nosotros, si Dios quiere, pero no nos pertenecen. El Profeta decía: «Si no existiera el pecado, temería para los hombres peor aún». Ese peor aún es el orgullo, ese sentimiento de riqueza que es uno de los principales obstáculos a la progresión espiritual. La humildad es quizá la única cosa absolutamente necesaria para quien pretende seguir una vía. Ponerse en disposición de recibir es aceptar la idea de que nada nos pertenece, pero que todo puede sernos dado. Es aprender a escuchar y a recibir, antes de querer dar y actuar. Es no buscar tomar, hacer, sino más bien leer los signos que nos son enviados. Es aceptar lo que viene, lo que nos ocurre. Es ponerse a disposición de lo que recibimos, porque lo que nos es enviado es siempre más importante que lo que deseamos hacer.

Volverse discípulo es también hacer lo que nos parece justo, pero aceptando por adelantado que el resultado de nuestros actos sea diferente del que esperábamos. Ese desapego de los frutos de la acción tiene por efecto pacificarnos interiormente y enseñarnos poco a poco a confiar en Dios para guiar nuestras vidas. Ocurre a menudo que deseemos ardientemente ciertas cosas y que, cuando por fin se producen, no sintamos la felicidad esperada. O inversamente, que temamos ciertas cosas y que resulten finalmente benéficas. El hecho de actuar sin apegarnos al resultado de nuestros actos nos permite permanecer disponibles a cada instante. En lugar de crisparnos sobre lo que hemos decidido, permanecemos abiertos a todas las demás posibilidades que podrían sobrevenir. Es en ese sentido que se habla en la vía de la importancia del soltar. Y esto no tiene estrictamente nada que ver con el dejar hacer.

En la perspectiva sufí, la cualidad de los actos trasciende al individuo que los cumple y repercute directamente en el plano del ser: «El sufismo es todo él excelencia del comportamiento (ihsân). Quien te supera en excelencia del comportamiento te supera en sufismo». Y el Profeta decía: «No he sido enviado sino para perfeccionar la nobleza de los comportamientos». Así, toda la ciencia del conocimiento de Dios puede resumirse en la excelencia del comportamiento, esa búsqueda de la actitud que conviene a cada momento, a cada persona y a cada situación. Situándose en la óptica de una transformación interior, la vía espiritual no puede evidentemente dejarse encerrar en el círculo de la simple moral. Trasciende esa moral, sin negar sus virtudes sociales. La excelencia del comportamiento no es una norma social, sino un medio de educación espiritual, y a la vez una puesta en conformidad con el mundo que nos rodea. Por eso se dice que es a la vez germen y fruto de la vía. Lo importante no es lo que se sabe, sino lo que se pone en práctica.

Algunos han podido definir el sufismo como el hecho de «ser recto, sin esperar de los otros que lo sean también». En efecto, es una tendencia marcada de nuestro ego exigir de los otros lo que nosotros mismos logramos hacer. El ego tiene dificultad en aceptar que no todo el mundo haga como él, y atribuye a menudo eso a incapacidad, cuando no a mala voluntad. Porque él es para sí mismo su propia norma, y pretende juzgarlo todo y a todos según sus propios criterios. En la vía espiritual, se trata de no dejarse perturbar por lo que vemos a nuestro alrededor, sino de llegar a ser un hombre, sencillamente. Lo esencial es la relación que nos une a Dios. Cada cosa tiene su razón de ser, en el lugar que es el suyo. La propensión a juzgar es una de las características mayores del ego. Sidi Hamza nos dice: «El defecto y la fealdad no están en las cosas y en los seres, sino en la impureza de la mirada que ponemos sobre ellas. Cuanto más apaciguada, perfecta y pura sea el alma, más dispuesta estará a ver en todo ser una manifestación de la Luz divina: todo es bello, solo el corazón no pulido del discípulo vuelve feas las cosas». Y nos exhorta a «romper la balanza» que está en nuestras cabezas. Mientras se siga juzgando, sean hombres o situaciones, se permanece en la esfera limitada del ego. Este proyecta sobre cada cosa su propia experiencia, sus propios valores, sin darse el trabajo de descubrirla de verdad, en la realidad que es la suya. En lugar de enriquecernos con la experiencia del otro, nos empobrece porque la reduce a lo que ya conoce de ella. El no-juicio no tiene, pues, nada que ver con la moral: se trata de abrirse a otra forma de conocimiento.

En la misma óptica, el camino espiritual conduce poco a poco a magnificar a todos los seres. Magnificar no significa perder la capacidad de apreciar la justeza de un comportamiento, de un dicho o de una situación. La magnificación no consiste en idealizar a los otros esforzándose en ver la grandeza donde no está, sino en darse cuenta de que cada cosa, y cada uno de los seres creados, es una manifestación de la Realidad divina. Se trata de llegar a ser testigo de lo que los seres son verdaderamente, es decir, los rostros por los que Dios se manifiesta a nosotros.

La excelencia del comportamiento consiste igualmente en ponerse lo más a menudo posible al servicio de los otros, y en practicar la generosidad hacia el prójimo.

Por supuesto, todas esas virtudes espirituales no son innatas. Cualesquiera que sean las predisposiciones espirituales de cada cual, son objeto de un profundo trabajo sobre sí mismo, y la clave de la respuesta se encuentra en particular en la práctica de la invocación.

Colectivo de discípulos de la vía Qadiriya Boutchichiya.

Capítulo anterior: el islam; capítulo siguiente: el trabajo espiritual.

Véase también: Encontrar un maestro sufí en Francia, cómo reconocer una vía auténtica.