Apuntes sobre la juventud de Ibn 'Arabî (1): Fâtima de Córdoba
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Primera parte: la enseñanza de Fâtima de Córdoba
La existencia terrenal de Abû Bakr Muhammad ibn al-’Arabî (nombre que se abrevia en Ibn ’Arabî) comenzó en Murcia, al sureste de España, donde nació el 17 de Ramadân de 560 de la hégira, correspondiente al 28 de julio de 1165. Los sobrenombres de Ibn ’Arabî son bien conocidos: Muhyîddîn, «vivificador de la religión»; al-Shaykh al-Akbar, «el mayor de los maestros»; Ibn Aflatûn, el «hijo de Platón» o el Platónico. A la edad de ocho años, el pequeño se instala en Sevilla, hace allí sus estudios, crece, se hace adolescente, lleva la vida feliz que su familia, noble y acomodada, podía asegurarle, y contrae un primer matrimonio con una joven de la que habla en términos de una devoción respetuosa, y que parece haber ejercido en efecto una influencia real en la orientación de su vida hacia el sufismo.
La visión de la azora Yâ-Sîn
Es en esa época cuando se manifiestan ya las aptitudes visionarias de Ibn ’Arabî. Cae gravemente enfermo; la fiebre acarrea un estado de profunda letargia. Lo creen muerto, mientras él, en su universo interior, se ve asediado por una tropa de personajes amenazantes, de aspecto infernal. Pero he aquí que surge un ser de una belleza maravillosa, de suave perfume, que rechaza con una fuerza invencible a las figuras demoníacas.
«¿Quién eres?», le pregunta. «¡Soy la azora Yâ-Sîn!», oye como respuesta.
En efecto, su desdichado padre, angustiado junto a su lecho, recitaba en ese instante esa azora (la 36ª del Corán), la que se salmodia particularmente junto a los agonizantes. Que el Verbo proferido emita una energía suficiente para que tome cuerpo, en el mundo intermedio sutil, la forma personal que le corresponde, no es en modo alguno un hecho insólito para la fenomenología religiosa. Marca aquí una de las primeras penetraciones de Ibn ’Arabî en el ’âlam al-mithâl, el mundo de las imágenes reales y subsistentes, mundo de los cuerpos sutiles y de las apariciones.
Fâtima de Córdoba, madre espiritual
El hecho no tarda en reproducirse. Los recuerdos de adolescencia de Ibn ’Arabî parecen haber quedado especialmente marcados por dos amistades espirituales femeninas, una doble amistad filial por dos venerables mujeres sufíes, dos shaykha: la una fue Yasmine de Marchena, la otra Fâtima de Córdoba. Esta fue para él una madre espiritual, cuya enseñanza tendiente a la vida de intimidad con Dios nos reconstituye con devoción1. Sus relaciones se envuelven de un aura extraordinaria. Esta venerable shaykha, a pesar de su edad muy avanzada, era aún de una belleza y de una gracia tales que se la hubiera podido tomar por una muchacha de catorce años (sic), de modo que el joven Ibn ’Arabî no podía defenderse de sonrojarse cuando debía mirar de frente su rostro. Tenía numerosos discípulos y, durante dos años, Ibn ’Arabî fue de los suyos.
Entre otros carismas que el favor divino había impartido a Fâtima de Córdoba, tenía «a su servicio» la azora Fâtiha (la que abre el Corán). En una circunstancia urgente, en la que había que prestar una ayuda misericordiosa a una mujer en apuros, Ibn ’Arabî y Fâtima recitan juntos la azora Fâtiha y le dan así su forma consistente, personal y corpórea, aunque sutil y etérea. La azora cumple su misión, tras lo cual la santa mujer Fâtima recita una oración de una profunda humildad. La explicación de estos hechos, Ibn ’Arabî nos la dará él mismo en páginas que describen los efectos de la energía creadora producida por la concentración del corazón (la himma). Conviene también recordar este episodio al estudiar el «método de oración teofánica» de Ibn ’Arabî, ese diálogo de una oración que es creadora porque es a la vez oración de Dios y oración del hombre.
«Soy tu madre divina»
A menudo la venerable shaykha decía a su joven discípulo: «Soy tu madre divina y la luz de tu madre terrestre». En efecto, cuenta aún él, «habiendo venido mi madre a hacerle una visita, Fâtima llegó a decirle: ¡oh Luz! este es mi hijo (designando a Ibn ’Arabî), y es tu padre. ¡Trátalo con una piedad filial, no te apartes nunca de él!».
Son estas mismas palabras las que oiremos aún, aplicadas a la descripción del estado del alma mística, a la vez madre e hija del Dios presente en su éxtasis. Es la cualificación misma, «madre de su padre» (umm abî-hâ), que el Profeta Muhammad dio a su hija, Fâtima al-Zahrâ, Fâtima la resplandeciente. Para que la venerable shaykha de Sevilla, homónima de la hija del Profeta, saludara así a la madre de Ibn ’Arabî, era preciso que tuviera el presentimiento del destino espiritual sin par reservado a su joven discípulo.
Henry Corbin
Este artículo fue publicado en junio de 1958 en el nº 126 de la revista «La Table Ronde» (ediciones Plon), con el título «Ibn ’Arabi et les funérailles d’Averroès».

Para ir más lejos
- Apuntes sobre la juventud de Ibn ’Arabî (2): el encuentro con Averroes
- La azora Ya-Sin según Ibn ’Ajîba (1): las trabas del alma
Footnotes
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Véase a su respecto: Ibn ’Arabî, Los sufíes de Andalucía, ed. Alianza. ↩




