Apuntes sobre la juventud de Ibn 'Arabî (2): Averroes

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Segunda parte: el encuentro con Averroes

En el momento en que puede darse a sí mismo testimonio de su entrada definitiva en la vía espiritual y de su iniciación a los secretos de la vida mística, Ibn ’Arabî roza su vigésimo año. He aquí que llegamos al episodio que se nos aparece investido de una función simbólica inapreciable. En realidad, la totalidad de este episodio se descompone en dos momentos, separados por un intervalo de varios años. Entre el encuentro juvenil y el día de las funerarias, Ibn ’Arabî no volvería a ver, al menos en el mundo físico sensible, a Averroes, el gran filósofo de Córdoba. El propio Ibn ’Arabî nos hace saber que su padre, aún vivo, era un amigo íntimo del filósofo. Eso es lo que facilitó la entrevista deseada por este, cuyo recuerdo debiera haber quedado memorable para nuestra historia de la filosofía y de la espiritualidad. Bajo un pretexto cualquiera, su padre lo envía a casa del filósofo, curioso por conocer al adolescente del que se contaban muchas cosas. Para el relato de las relaciones entre el maestro aristotélico y el joven que sería llamado «hijo de Platón», hay que dejar la palabra a este1.

«Sí y no»

«Me dirigí, pues, un buen día, en Córdoba, a la casa de Abû’l-Walîd Ibn Rushd (más conocido con el nombre de Averroes). Había manifestado el deseo de conocerme personalmente, porque había oído hablar de las revelaciones que Dios me había concedido en el curso de mi retiro espiritual, y no había ocultado su asombro ante lo que se le había referido. Por eso mi padre, que era uno de sus amigos íntimos, me envió un día a su casa con el pretexto de un recado cualquiera, en realidad para permitir a Averroes mantener una conversación conmigo. Era yo entonces un adolescente imberbe. A mi entrada, el filósofo se levantó de su sitio, vino a mi encuentro prodigándome las muestras más demostrativas de amistad y de consideración, y finalmente me abrazó. Luego me dijo: “Sí”. Y yo, a mi vez, le dije: “Sí”. Entonces su alegría creció al constatar que lo había comprendido. Pero a continuación, tomando yo mismo conciencia de lo que había provocado su alegría, añadí: “No”. En el acto, Averroes se contrajo, el color de sus rasgos se alteró, pareció dudar de lo que pensaba. Me planteó esta pregunta: “¿Qué clase de solución has encontrado por la iluminación y la inspiración divina? ¿Es idéntica a la que nos dispensa a nosotros la reflexión especulativa?”. Le respondí: “Sí y no. Entre el sí y el no, los espíritus emprenden el vuelo fuera de su materia, y las nucas se desprenden de sus cuerpos”. Averroes palideció, lo vi temblar; murmuró la frase ritual: no hay fuerza más que en Dios, porque había comprendido a qué aludía yo.

«Más tarde, tras nuestra entrevista, interrogó a mi padre acerca de mí, a fin de confrontar la opinión que se había formado de mí y saber si coincidía con la de mi padre o, por el contrario, difería. Es que Averroes era un gran maestro en reflexión y en meditación filosófica. Dio gracias a Dios, me dijeron, por haberlo hecho vivir en un tiempo en que pudiera ver a alguien que había entrado ignorante en el retiro espiritual y que había salido de él tal como yo había salido. “Es un caso, dijo, del que yo mismo había afirmado la posibilidad, pero sin haber encontrado todavía a nadie que lo hubiera experimentado de hecho. ¡Gloria a Dios que me ha hecho vivir en un tiempo en que existe uno de los maestros de esta experiencia, uno de los que abren las cerraduras de sus puertas! ¡Gloria a Dios que me ha hecho el favor personal de ver a uno de ellos con mis propios ojos!”

El velo y el contrapeso

«Quise tener otra vez una nueva entrevista con Averroes. La misericordia divina me lo hizo aparecer en un éxtasis, bajo una forma tal que entre su persona y yo mismo había un ligero velo. Lo veía a través de ese velo, sin que él mismo me viera, ni supiera que yo estaba allí. Estaba, en efecto, demasiado absorto en su meditación para percatarse de mí. Entonces me dije: su proyecto no lo conduce adonde yo mismo estoy.

«No tuve ya ocasión de encontrarlo hasta su muerte, que sobrevino en el año 595 de la hégira (1198) en Marrakech. Sus restos fueron trasladados a Córdoba, donde está su tumba. Cuando el ataúd que contenía sus cenizas hubo sido cargado al flanco de una bestia de carga, se colocaron sus obras del otro lado para hacer contrapeso. Yo estaba allí, de pie, parado; había conmigo el jurista y literato Ibn Jubayr, secretario del príncipe almohade Abû Sa’îd, así como mi compañero Abû’l-Hakam, el copista. Entonces Abû’l-Hakam se volvió hacia nosotros y nos dijo: “¿No observáis lo que sirve de contrapeso al maestro Averroes sobre su montura? De un lado el maestro, del otro sus obras, los libros compuestos por él”. Ibn Jubayr le respondió: “¿Dices que no lo observo, oh hijo mío? Claro que sí. ¡Bendita sea tu lengua!”. Recogí entonces en mí esta frase de Abû’l-Hakam, para que me fuera un tema de meditación y de rememoración. Soy ahora el único superviviente de aquel pequeño grupo de amigos, Dios los tenga en Su misericordia, y me digo entonces a este propósito: “De un lado el maestro, del otro sus obras. ¡Ah! ¡Cómo querría saber si sus esperanzas han sido colmadas!”»

¿No está ya todo Ibn ’Arabî en este extraordinario episodio, este triple encuentro con Averroes? En una primera ocasión, es ya «el discípulo de Khadir»2 quien rinde testimonio, aquel que no debe a una enseñanza humana su saber de experiencia espiritual. En una segunda ocasión, es ya el autor del Libro de las teofanías3 quien habla, aquel a quien está ampliamente abierto el mundo intermedio suprasensible, ’âlam al-mithâl, donde la imaginación activa percibe directamente, sin el auxilio de los sentidos, los acontecimientos, las figuras, las presencias. Por último, conmovedora de sencillez, con la muda elocuencia de los símbolos, la escena del retorno de los restos mortales a Córdoba. Al maestro cuyo proyecto esencial había sido restaurar en su pureza el aristotelismo integral, le rinde un último homenaje el «hijo de Platón», el contemporáneo de los platónicos de Persia (los Ishrâqiyyûn de Sohrawardî4), que todos juntos inauguran en el islam, sin que Occidente lo haya presentido, algo que se anticipa a los proyectos de un Gemisto Pletón o de un Marsilio Ficino y los desborda. Y ante la escena de simbolismo no premeditado, el peso de los libros equilibrando el de un cadáver, la interrogación melancólica: «¡Ah! ¡Cómo querría saber si sus deseos han sido colmados!».

«Cómo querría saber»

Es el mismo voto: «Cómo querría saber…», el que subirá a los labios del «intérprete de los ardientes deseos»5 cuando, algunos años más tarde, en una noche de melancolía pensativa, efectúe las circunvalaciones en torno a la Kaaba. ¿Rito físicamente cumplido o visión mental? La precisión es ya superflua. Es de esa misma noche de donde recibirá la respuesta, por los labios de Aquella que quedará desde entonces para él, en este mundo, como la figura teofánica de la Sophia aeterna. Esa respuesta le enunciará el secreto del que depende que se realicen los votos del hombre de deseo, porque él es él mismo el respondiente para ese Dios que comparte su destino en cuanto consiente en su Dios; y de ese secreto depende que el alba de la resurrección levantada sobre el alma mística no se invierta en el lúgubre crepúsculo de las dudas, en la alegría cínica de los ignorantes ante la idea de una «sobrexistencia» por fin vencida. Entonces, sí, a los supervivientes momentáneos no les quedaría más que ese espectáculo irrisorio: un paquete de libros equilibrando un cadáver.

Pero ese triunfo, Ibn ’Arabî sabe que no se obtiene ni por el esfuerzo de la filosofía racional ni por el alistamiento a lo que su léxico designará como un «Dios creado en los dogmas». Depende de un cierto encuentro decisivo, enteramente personal, irreemplazable, apenas comunicable al alma más fraternal, y menos aún traducible en un cambio cualquiera de obediencia exterior, de calificación social. Fruto de una larga búsqueda, obra de toda una vida: toda la vida de Ibn ’Arabî fue esa larga búsqueda. El encuentro decisivo se operó y se renovó para él bajo figuras cuyas variantes no dejan de remitir a la misma persona. Ha leído masas de libros, lo sabemos. Es la razón misma por la que el inventario de sus «fuentes» quedará quizás como empresa desesperada, sobre todo si uno se obstina en hablar de sincretismo, en no tomar la medida real de ese genio espiritual que solo recibe lo que está a la medida de su cielo interior, y que es ante todo su propia «explicación».

Henry Corbin

Este artículo fue publicado en junio de 1958 en el nº 126 de la revista «La Table Ronde» (ediciones Plon), con el título «Ibn ’Arabi et les funérailles d’Averroès».

Manuscrito

Para ir más lejos

Footnotes

  1. Véase: Ibn ’Arabî, Las iluminaciones de La Meca, traducción de M. Chodkiewicz. El pasaje citado aquí ha sido traducido por Henry Corbin. ↩

  2. Es el iniciador oculto que encuentra, entre otros, Moisés en la «confluencia de los dos mares» (Corán XVIII, 60-82). ↩

  3. Editado en Ediciones del Cerf. ↩

  4. Véase a su respecto: H. Corbin, Sohrawardî y los platónicos de Persia. ↩

  5. Referencia al libro de poemas escritos por Ibn ’Arabî a la memoria de Nizâm, su inspiradora: Ibn ’Arabî, El intérprete de los deseos. ↩