Revivificar la fe: la letra y el espíritu

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El sufismo es intrínsecamente una espiritualidad: no reviste un nombre, una forma, más que por necesidades pedagógicas. En los primeros tiempos del islam, las reglas gramaticales de la lengua árabe, que habían servido de soporte a la Revelación, no habían sido formalizadas.

Se revelaron necesarias cuando el islam ganó países no arabófonos como Persia. La codificación apareció entonces con fines pedagógicos. Así, lo implícito debió hacerse explícito. Ahora bien, lo implícito es lo que vivifica, como el espíritu para la religión; la explicitación, en cambio, puede volverse, al fijar lo que pretende demostrar, una forma sin espíritu.

Ocurre incluso a veces que cofradías sufíes pierden ese sentido profundo. Mantenerlo implica una actualización permanente, viva e inspirada. El sufismo es entonces la explicitación del espíritu implícito en el mensaje originario del islam.

Así, el sufismo no es una rama del islam, sino su corazón. Es un estado de espíritu, la interioridad espiritual del islam. Toda tradición religiosa, el islam incluido, tiene un lado exterior y un lado interior. Hay «la letra» y hay «el espíritu». Por la historia de las religiones sabemos que la conjunción de esos dos aspectos es importante. Cuando uno se aleja del espíritu, la letra mata, como evoca Jesús en los Evangelios cuando reprocha a los fariseos haber olvidado el espíritu de la Ley. Hay pues que tener en cuenta ese doble aspecto en la búsqueda espiritual.

El sufismo consiste en favorecer la apertura del corazón, la visión del espíritu, en comprender las cosas en una perspectiva espiritual. Visión necesaria en una tradición, sin la cual esta pierde su sentido. Los sufíes han simplemente recordado esa verdad esencial bajo formas diferentes según las épocas: esa perspectiva espiritual sin la cual las religiones no serían más que especies de identidades culturales, sociales o políticas.

El ejemplo de Ghazâlî

Personalidades como Ghazâlî ilustraron por su propia vivencia esa realidad. En el siglo XII de nuestra era, a los 33 años, Ghazâlî había llegado a la cumbre de la ciencia de su época. Era un gran teólogo, un gran erudito de la universidad Nizâmiyya, amigo personal del califa. Podía discurrir sobre todo lo que se quisiera, como él mismo decía. Se le planteaba cualquier cuestión sobre la metafísica, la teología especulativa, y respondía con mucha soltura. Luego llegó un momento en que se preguntó: «En definitiva, ¿de qué estoy realmente seguro?». Fue presa de una especie de duda racional, hasta una crisis total: podía convencer a los demás sobre numerosas cuestiones, pero ya no era capaz de responderse a sí mismo. Esa crisis lo empujó a huir lejos de la sociedad, donde se sentía desde entonces como un extranjero. Durante once años viajó, encontró gentes que muy a menudo tenían un saber menor que el suyo, pero de quienes aprendía la sabiduría. Le enseñaban lo que es de otro orden que el saber: el conocimiento puro es el del corazón, esa experiencia interior que hace la espiritualidad. Volvió luego a la escritura y publicó libros fundamentales como la Revivificación de las ciencias de la religión. En ella llamaba a la vigilancia, a no equivocarse sobre la realidad de las cosas, a no confundir la técnica religiosa con la sabiduría y la espiritualidad. Para él, las ciencias religiosas eran necesarias para resolver ciertos aspectos «técnicos», pero no reemplazaban de ninguna manera a la ciencia espiritual. Ghazâlî constataba que en su época las gentes habían invertido esas realidades, y lamentaba que quienes más sabían, desde un punto de vista exterior, fueran considerados como los más importantes. Quiso pues contribuir a restablecer la perspectiva espiritual y mostró cómo el sufismo era la puerta de acceso a esa perspectiva.

El espíritu de los ritos

La espiritualidad es un estado de espíritu. Es muy diferente orar o ayunar con la conciencia del sentido de los propios actos, y cumplir un ritual de manera mecánica. Una tradición del Profeta dice: «Algunos ayunan y no cosechan de su ayuno más que sed y hambre; algunos oran y no cosechan más que gesticulaciones». El lado formal, institucional, puramente exterior, prevalece entonces hasta el punto de volver a veces la dimensión espiritual perfectamente inaccesible.

Si oramos a Dios pensando en nuestras actividades cotidianas, nuestras citas, nuestros proyectos, lo que llega muy fácilmente, estamos en una práctica conforme a la letra, pero desprovista del espíritu mismo que debe vivificar ese acto. Ahora bien, estamos tan solicitados, nuestra atención tiene tanta tendencia a dispersarse en lo cotidiano, que la mecánica se instaura en detrimento de la intención, del espíritu. Hoy, jamás tantas personas riñen durante el día como durante el mes de ayuno, cuando la gente debería en principio estar en el recogimiento, la solidaridad, la fraternidad. ¿Dónde está pues el espíritu del ayuno? En buen número de casos, privado del espíritu que lo anima, se vuelve una simple práctica social. Felizmente, numerosas personas aprovechan ese período para retirarse de los sentidos exteriores a fin de ir hacia la esencia interior: lo que es la significación más profunda del ayuno, un repliegue de lo exterior que permite una conexión mucho más profunda con la Presencia divina.

El hecho de que la práctica esté privada del espíritu no es sin consecuencia. El sentido de esa práctica se ve completamente cambiado; esta ya no tiene entonces nada que ver con aquello para lo que fue instituida. Es por esa razón que personas han tenido por función crear espacios en los que una acuidad espiritual más intensa va a ser desarrollada. Una enseñanza espiritual puede ser dispensada en ellos; prácticas como el dikr o la escucha de poesía mística nutren el alma y favorecen su acercamiento hacia la Presencia divina. El amor místico y la embriaguez espiritual despiertan los corazones y permiten reencontrar el espíritu que preside la oración, el ayuno, el espíritu original. Se percibe entonces mejor que una religión vivida en su aspecto puramente exterior y formal no tiene nada que ver con una religión vivificada por el espíritu, nutrida por su sentido original.

Una letra donde sopla el espíritu

Esa dialéctica entre el espíritu y la letra atraviesa la historia de todas las religiones. A veces, seres encarnan la conjunción de los dos. Al-Shâdhilî, al igual que Ghazâlî, fue por ejemplo a la vez un gran teólogo y un gran místico. Esa conjunción fundó la sociedad tradicional musulmana. En Fez, por ejemplo, se manifestaba en las corporaciones de oficio, que podían ser también lugares de iniciación espiritual, como fue igualmente el caso en Oriente Medio y en Asia central. A menudo, el maestro artesano era también un maestro espiritual. En otros casos, hoy los más frecuentes, los artesanos van a rehacerse en el seno de cofradías espirituales fuera de su actividad profesional. Las afiliaciones se hacen a menudo en función del oficio, los artesanos de tal corporación afiliándose más a tal cofradía. Esa configuración tradicional, esa cohesión, se nutría de la conjunción entre el espíritu y la letra.

Hubo períodos de ruptura, denunciados por lo demás por Ghazâlî, caracterizados por una intolerancia formalista que favoreció un espíritu de inquisición y consideró todo lo que no es normativo como heterodoxo y herético. El caso de al-Hallây ilustra ese tipo de períodos. Louis Massignon, orientalista francés familiar de las realidades del islam y del sufismo, escribió una bella tesis sobre ese gran sufí, crucificado en el siglo X de nuestra era por teólogos inquisitores que lo convencieron de herejía, cuando gozaba de una extraordinaria popularidad a causa de su profunda espiritualidad. La vía iniciática de al-Hallây conocerá por lo demás un desarrollo hasta China.

Situar las cosas en una perspectiva espiritual permite evitar lo que causa problema a nuestra época: la instrumentalización de las religiones. El sufismo sitúa las cosas en su finalidad espiritual. Si se pierde esa finalidad, la religión se vuelve un instrumento de poder, cuando es un medio de transformación de sí en una finalidad espiritual. La letra, sin el espíritu, mata.

Faouzi Skali, extracto del diálogo «Quelle sagesse pour le XXIe siècle», entre Faouzi Skali y Ghaleb Bencheikh.

Retrato de Faouzi Skali

Retrato de Ghaleb Bencheikh

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